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Hebe Uhart y la literatura como ritmo vital

En esta entrevista la escritora vuelve sobre su obra y acomete los principales temas de sus libros de ficción y sus crónicas de viajes por América Latina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Leonardo Novak: ¿Es posible pensar su obra de ficción como un proyecto a largo plazo, con ciertas repeticiones de lugares y personajes que se van ensanchando con cada libro, o habría que pensar cada publicación como algo autónomo?

Hebe Uhart: En primer lugar, yo no me releo. Solamente me releo cuando algún conocido o amigo me dice que le gustó un párrafo o un cuento, y voy a ver qué es lo que le gustó. No me releo, entre otras cosas, porque recuerdo bastante. Luego, creo que el propio autor no es el más idóneo para hablar sobre su obra. Uno no suele ser buen crítico de su obra. Puedo decir que ha habido cuentos que me han gustado más. Lo que es real es que viré, y sigo virando, hacia la crónica, y por lo tanto, mis alumnos de taller también. Es un género muy lindo y estoy haciendo muchos viajes y por eso voy a hacer un libro más de crónicas. Por otro lado, no he planeado a largo plazo. Yo sé que ahora quiero hacer esto, después no sé lo que viene. Se me ocurre la idea de viajar, básicamente, porque sé que viajar me obliga a escribir. Estuve un año entero sin escribir y ahora voy a viajar para poder escribir.

LN: Tanto los cuentos, como las nouvelles, y ahora las crónicas, son narraciones de corto aliento. ¿Por qué ha preferido la brevedad a proyectos más largos?

HU: Eso no es tan proyecto. Me sale así. Laiseca escribe mucho. Yo no busco la brevedad, Lo que escribe uno son como ritmos vitales. Laiseca escribe largo porque lo necesita. Yo lo hago más breve porque se me da así. Si me preguntás qué encuentro, te digo que en el cuento siempre encontré la necesidad de comprimir. La crónica es más libre, porque me permite ir para cualquier lado. Lo veo más placentero. En el cuento hay que pensar bien los espacios, los personajes. La crónica tiene que enfrentarse a la realidad, y eso es más aleatorio. Los personajes dicen lo que dicen y no lo que uno quiere.

LN: En sus ficciones los personajes son mayormente niños y viejos. Muchas narraciones van marcando ese crecimiento, ese ascenso o progreso, que también es tema cuando el ascenso se da entre clases sociales…

HU: La idea de ascenso que aparece en las novelitas y en algún personaje tiene que ver con que en mi familia hay un abuelo inmigrante y padres de clase media, por lo tanto es una experiencia personal. Cuando tomo algún inmigrante que asciende, lo hago porque me gusta la gente que asciende, que mejora, que le va mejor, que se compra su casita. En cambio, no me gusta la gente que decae de clase. No sé porqué. Los ascensos son siempre un poco dramáticos. Existe toda una tradición en el país, y pienso desde M´hijo el dotor, donde se establece una relación de incomprensión entre el padre y el hijo. Hay un antropólogo que dice que, si los pueblos primitivos supieran la escisión que se va a producir entre padres e hijos cuando manden al hijo a la escuela, cuando lo occidentalicen, no lo mandarían jamás. Y aún ahora es un problema educativo. Si vos educás a un chico de una villa, y en la escuela le decís “así no se habla”, cuando va a la casa lo corrige al padre. Hay un drama en esas relaciones. Pero es un drama interesante.

LN: “Memorias de un pigmeo” abarca ese drama… El protagonista, que es sacado de su tribu para ser occidentalizado, sufre una especie de extrañamiento, y pareciera envilecerse sobre el final.

HU: Claro. Yo no sé si se envilece, pero se va aclimatando a cosas que no conocía. Al pigmeo le parecen raras cosas que para nosotros son normales, como las formas cuadradas en las casas y otros objetos. Le parecen cosas extrañas. Eso de “Memorias de un pigmeo” me debe haber surgido a partir de mis estudios de filosofía y alguna idea relacionada con el extrañamiento (risas).

LN: Ese personaje se va adaptando muy bien, le va muy bien en la escuela y muchos de sus cuentos también abordan la situación del aula o la relación entre la maestra y los chicos. Pero la escuela es también parte de los primeros contactos con las letras y la escritura. ¿Cómo evalúa usted la relación entre institución escolar y escritura?

HU: Depende de la institución. Hay instituciones buenas, que promueven la escritura. Depende del maestro también. Lo que sí recuerdo es que cuando empecé a trabajar a los 17 años, tenía un grado malo, de chicos muy terribles. Tenía clases de vocabulario. Le tenía que enseñar “antepasado”, por ejemplo. ¿Sabés lo que escribían? “Yo tengo un barrilete antepasado” (risas). El libro de lecturas hablaba de los héroes de la patria. Pero la forma de enseñar a leer es no tener en la biblioteca de la escuela ningún libro que sea aburrido, elegir todo bien, para tener libros amenos. No es cierto lo que dicen los maestros eso de que los chicos no leen. No leen porque les dan cosas muy aburridas. En el secundario, peor. Les dan el Arcipreste de Hita, Calderón de la Barca. No son cosas para esa edad. Entonces, la maestra se queja. Es muy interesante el tema de la educación. Yo ahora en una de las notas que voy a hacer me propongo hacer la enseñanza trilingüe en la Triple Frontera: guaraní, castellano, brasileño. Pero ahora se instrumenta eso. Es una cosa de hace 10 o 15 años. Antes a los guaraníes puros del campo les enseñaban en castellano. Es como si viniera un profesor de alemán y te enseñara a leer.

LN: En una de las crónicas de Asunción, en la de Visto y oído (Adriana Hidalgo, 2012), usted cuenta que el guaraní se le parece fonéticamente al chino. Me resulta interesante porque siempre se destacó, especialmente desde las palabras de Elvio Gandolfo sobre su obra, que uno de los elementos que define su estilo es la mirada. Pero poco se dice del sentido del oído, que es algo que usted agrega en el título del propio libro. ¿Qué lugar le da al sonido de las palabras en la percepción de los hechos, los lugares y los personajes?

HU: La crónica de un lugar consiste muy básicamente en ver y escuchar. En el nuevo libro de crónicas que tengo pactado voy a volver a Asunción, pero voy a hacer muchas cosas de calle, otros aspectos de la ciudad. ¿Pero cómo pescás a los paraguayos? Escuchándolos hablar, a través de la tonalidad. Me interesa en el lenguaje, por ejemplo, no la entonación, ni siquiera los tonos, sino la coloratura de la voz. Es muy distinta la de un peruano a la de un porteño. La voz del peruano es más espesa. Un brasileño de Río parece que hablara con la nariz. Y vas por la frontera, ya en Río Grande, y tenés como un castellano brasileño. Me interesa mucho. Los chilenos suben y les sale la voz aguda. Eso ya tiene que ver más con otra cosa. No es tan importante lo que dice la gente. Por ejemplo, en política, yo tengo amigos que leen Página/12 y otros que leen La Nación. Cada uno va a hablar desde un repertorio. Yo no tengo imaginación, ni solvencia política. Entonces yo voy a repetir lo que yo creo, que puede tener que ver con lo que yo soy, pero serán aportes muy modestos. Pero lo que me interesa de la gente es la gestualidad, y más en el Río de la Plata, donde los tonos de voz son tan importantes.

LN: ¿Cuál cree que es su relación con lo realista? Hoy hablar de realismo pareciera difícil sin poner la palabra entre comillas.

HU: Ni siquiera se sabe qué es la realidad. Si estudiás filosofía te dicen que la realidad no existe, así que el realismo… Lo que sí es verdad es esa cosa de Perogrullo de que la “realidad supera la ficción”. Si vas a hacer una crónica, escuchás cosas que decís “esto en mi perra vida me lo hubiera imaginado”. Voy al campo, veo un paisano y me dice “un caballo visto de frente es propiamente un cristiano” (risas). A mí nunca se me hubiera ocurrido que un caballo podía ser un cristiano. Lo agarro y lo tomo. De los paraguayos tomé, para hacer un cuento de una migrante, un montón de modismos. Una vez que tomás el idioma, podés hacer el personaje lo más parecido.

LN: En estos viajes que está realizando hay un largo trabajo de archivo para describir, y deja ver algunas fuentes de información y lugares privilegiados: algún viejo habitante, un escritor, un creyente cercano a una catedral, algún miembro de una universidad pública. Además, se nutre de cartelería, de graffitis, etc. ¿Hay una búsqueda de poner en tensión saberes populares con saberes instituidos?

HU: Es muy simple. Si es una ciudad grande, como Asunción, Córdoba, voy al archivo para ver el pasado que me da elementos del presente. Si es una ciudad pequeña, como Pergamino, no tengo esa necesidad. Puede ser que consulte algún archivo de diarios. ¿Cómo conjugo todas esas cosas? Te lo digo con una crónica que pienso hacer ahora sobre Tucumán. Estuve ahí dando un curso y tengo contactos que me permiten reunir material. Y veo cosas muy interesantes. Primero, en los siglos XVII y XVIII hubo inquisición con jueces locales, porque dependían de Charcas y eso estaba muy lejos. Yo no sabía. Generalmente las víctimas son mujeres. Yo puedo coordinar eso que yo sé y que leí antes con lo que puede ser la brujería y la herboristería local. Segundo, hubo en el siglo XVII carpinteros independientes, que trabajaban como autónomos, cuentapropistas que hacían algunas tareas. Entonces busco esas huellas ahora. Busco si hay carpinteros, si hay tradición oral de lo que yo vi, y ensamblo. Otra, yo tengo un libro muy lindo de los judíos italianos en la Argentina. Hubo judíos italianos, del norte de Italia, de muy buena posición económica, que pastorearon en Italia 500 años sin gueto, no como en el centro de Europa o en Rusia, sin que nadie los molestara. Hablamos de alta burguesía, profesores de la universidad, gente muy calificada. A Mussolini se le ocurre ajustarle las clavijas con cosas pequeñas, les empieza a sacar los empleos, por ejemplo. Y algunos no se dan cuenta. Los que se dan cuenta se rajan a la Argentina. Se radican en Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba, Tucumán. Mondolfo, que es un profesor importante de filosofía, se radicó en Tucumán mucho tiempo. Esos quizá tienen descendientes y yo mezclo lo que leí con la experiencia a posteriori. Pero también de un fenómeno de ahora, como puede ser la desaparición de Marita Verón, puede surgir algo. Todos los cafillos fueron perdonados. Voy a buscar algunos rasgos de la sociedad del presente. El pasado me sirve para este presente. En Asunción, lo mismo.

LN: Hablando de ese pasado, en muchas crónicas retoma escritos de viajeros del siglo XIX. El género mismo fue un puntapié importante para los orígenes de lo que podría llamarse la literatura nacional. ¿Cómo puede verse su trabajo de crónicas en relación con esa tradición?

HU: Los viajeros del siglo XIX te ponían de todo: botánica, zoología, tradición, la temperatura, el precio del trigo (risas). Eran omnipresentes y omniscientes. Yo voy y pongo lo que me interesa a mí y nada más. Había un afán didáctico, que no es el mío. El mío, es un afán… Por ejemplo, Paraguay está teniendo muy buen cine. Eso para nosotros es interesante. Lo que pasa es que Paraguay es un país ignorado y despreciado por nosotros. La gente piensa “¿en Asunción buen cine? Tienen que tener yerba y nada más”. La gente es así. El paraguayo es un pueblo inteligente. Preguntale a cualquier ingeniero de obra y te va a decir que el paraguayo es el mejor trabajador. La pregunta sería: si son laburantes, optimistas, inteligentes, resistentes, ¿por qué miércoles están tan perdidos? En América Latina están los populismos, que te pueden no gustar, pero van; por otro lado, los chilenos y los colombianos, que te pueden no gustar, pero van. ¿Adónde van estos? A no sé dónde. Entonces, voy estudiando y viendo qué les pasó. Les pasaron muchas cosas. Es muy interesante. También yo debo tener alguna vocación didáctica para que quieran más a los paraguayos (risas). Pero siguen siendo expoliados, porque el Mercosur, que yo avalo y recontra avalo, no es lo mismo para Argentina y Brasil que para Paraguay o Uruguay. Son países que necesitarían ser subsidiados, no pueden competir. Tendrían que ser apoyados. Es interesante ese país. Lo de Lugo. Sobre Lugo, aun las personas de mayor afinidad ideológica, te dicen “sí, pero Lugo tuvo 72 hijos”. Es mentira. He visto periodistas paraguayos que dicen que a una chica le das 2 pesos por decir que tiene un hijo de Lugo y te lo dice. Tienen gente de valor.

LN: Respecto de la tradición y los viajes, hay ciertos recursos digresivos que acercan sus crónicas a Lucio Mansilla…

HU: A mí me gusta mucho Mansilla. Era recontra digresivo. Pero Mansilla escribió en el siglo XIX y era de la high porteña (risas). Sí, pero es sólo afinidad.

LN: Tal vez en la forma de ensamblar una anécdota y datos científicos o reflexiones filosóficas.

HU: A veces una crónica puede perder un poco de unidad entre la parte teórica y lo que puede ser una anécdota de un personaje. Pero las crónicas y la digresión te permiten abarcar intereses muy diversos. Por ejemplo, quiero ir a los Esteros del Iberá. ¿Sabés qué quiero ver? Quiero ver, mirá qué puerilidad, dónde desembarcan los que van en los camalotes. En algún momento tienen que desembarcar. En una isla o algo. No lo voy a poder ver porque debe ser muy caro. En el verano voy a ir a ver a todos los esotéricos, a los que les gusta el tema de la armonía, etcétera. Esos tienen un lenguaje propio. Yo me sorprendí mucho con lo que encontré en el Uritorco. Pero también hay en El Bolsón, en Lago Puelo. Y otra cosa interesante es la colisión con los locales. Porque muchos se han quedado, hacen su vida particular allí. Y los jóvenes son aves de paso, nómades, no quieren luz, cloacas, no quieren nada. Pero la gente del lugar quiere luz, quiere, cloacas, todo. Quieren vacunarse ellos, vacunar a los perros. Yo llegué a ellos a través de una alumnita de taller, que era de Capilla del Monte. El lenguaje de esa gente es totalmente propio. El lenguaje revela una forma de pensar, de ser.

LN: Sobre ese lenguaje, un interés marcado en las crónicas son los dichos y refranes. Aunque también, en los cuentos o nouvelles, apela a los lugares comunes de la lengua. ¿Qué le interesa de ese lugar común como materia literaria?

HU: Muchas veces me interesa cómo suena un conjunto de palabras reunidas. Después porque la gente dice lugares comunes todo el tiempo. Geniales somos un ratito cada cinco. Todas las personas, incluso los escritores, se manejan con lugares comunes. Pero ellos, con los lugares comunes de los escritores (risas). El personaje se tiene que mostrar como tal, a través de lo que dice y lo que es. La novela de ideas es la europea. Hay muchas novelas de ideas en Europa. Thomas Mann, por ejemplo, tiene muchas novelas de ideas. Yo me siento más afín con la novela norteamericana, que muestra al personaje que va, camina, va al banco. ¿Cuándo aparece el banco, la chica que atiende en el supermercado? Aparece con la literatura norteamericana. Para novela de ideas tengo el ensayo. Me encanta el ensayo sociológico o antropológico bien hecho. De Paraguay, por ejemplo, traje el ensayo “En busca del hueso perdido”, que parafrasea a Proust (risas).

LN: ¿Sobre el supuesto hueso que le falta al paraguayo, según Rodríguez de Francia?

HU: Ése, ése. Es interesante ver cómo se dan la leña a sí mismos los paraguayos, los ecuatorianos, los peruanos. Cómo se castigan a sí mismos. No tenemos equilibrio. O son héroes inmaculados o se fustigan que da calambre. No creo que sea conducente que un pueblo se castigue tanto, como tampoco creo que sea conducente que crean los héroes de la Patria. ¿No habrá un término medio?

LN: A propósito del lenguaje, ha remarcado más de una vez la importancia del diálogo en las narraciones, incluso el hecho de que sus talleristas al leer un diálogo que nos les parece adecuado, lo reproducen a su modo…

HU: Sí, porque está en función del deber ser. Si yo veo escrito Fray Mocho, que me gusta mucho, y leo “pá” en vez de “para”, los alumnos, algunos, te leen “para”, porque suponen que “pá” no corresponde al universo literario. Y si vos leés “para” cuando ves “pá”, estás arrojando fuera de tu campo visual y tu campo de aprehensión, no sólo ese lenguaje, sino a todo ese sector que no habla correctamente, porque tienen la idea de que escribir es hablar correctamente. Por eso no dan Fray Mocho en las escuelas. Pero con ese criterio no registraríamos gente de otros sectores que no fueran los medios o los intelectuales. Y además, Buenos Aires piensa todo el tiempo en clave del deber ser. “Esto debería ser como Suecia”. Pero sin el frío de Suecia (risas). “En Suecia pasa tal cosa”. Acá se vive mucho de idealizaciones.

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