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Benjamin y Victoria

El escritor y ensayista vuelve sobre las dos visitas a la Argentina de Benjamin Fondane y recrea, en una narración que se ramifica en círculos concéntricos, su vínculo con Victoria Ocampo.

Benjamin Fondane nació como Benjamin Wechsler en Jassy, Rumania (hoy Moldavia), en 1895 y murió en las cámaras de gas de Auschwitz, Polonia, en 1944.

En dos ocasiones, en 1929 y en 1936, visitó la Argentina. Esas visitas dejaron en el país huellas discretas, poco llamativas, pero siempre en el centro de un contexto muy significativo. Me he lanzado en busca de sus rastros pues alrededor de ellos reconozco una trama de relaciones y asociaciones múltiples, elocuentes. El mapa que dibujan es el de una diseminación no programada, imprevisible, que puede entenderse como una imagen de la cultura.

Poeta francés, judío rumano de origen, Fondane fue una presencia a la vez marginal y respetada en el mundo cultural de su país adoptivo. En contacto con los movimientos palpitantes de los años 20 y 30, no fue seducido por el surrealismo, que previó precozmente fosilizado en academia, ni por un comunismo que en aquella época aún se presentaba como idealismo revolucionario. Sus ensayos −Rimbaud le voyou, La conscience malheureuse− tanto como su obra poética aspiran a superar su fuerte individualismo, a alcanzar una trascendencia próxima a la experiencia mística. En ellos se reconoce la influencia de León Chestov, el filósofo ruso que fue su mentor y amigo.

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Un día de 1929, en París, en el ascensor que lo conducía al departamento de Chestov, Fondane coincide con Ortega y Gasset y Victoria Ocampo. Una amistad nace durante esa velada entre la argentina y el rumano: la cultura francesa es la segunda patria de ambos y el personaje del poeta, a la vez cultivado y huraño, impresiona a la futura directora de Sur, proyecto en ese momento en gestación.

Fondane se apasiona por el cine y ha escrito un volumen de “ciné-poèmes”. Se gana la vida, oscuramente, leyendo guiones para la Paramount-France. Victoria Ocampo lo invita a presentar en Buenos Aires un programa de films de vanguardia, a dar conferencias sobre ése y otros temas. “Amigos del arte” auspiciará el ciclo. Una de esas conferencias aparece en el primer número de Sur, en 1931, y Mallea invita a su autor a colaborar en el suplemento literario de La Nación.

Ese primer cruce del Atlántico enriquecerá el poema donde Fondane reinterpreta la figura mitológica de Ulises. Así como para Dante Ulises prefigura el ansia de conocimiento del hombre moderno, para Fondane el navegante aparece como símbolo de una diáspora donde se resume la experiencia lingüística del poeta y cierta imagen de la identidad judía. (Años más tarde, un sobreviviente de Auschwitz, Primo Levi, desarrollará una intuición semejante alrededor de la figura de Ulises).

Durante los años 30, Ocampo y Fondane se ven a menudo cada vez que ella visita París. Impresionada por el hecho de que Eisenstein ha filmado en México un gran fresco histórico-mitolólgico (Que viva México, que debía quedar inconcluso), Ocampo tiene la idea de invitar a Fondane para que realice una adaptación de Don Segundo Sombra. Seducido por la ocasión de acceder a ese cine de creación que la llegada del sonido ha congelado en Europa, Fondane lee el libro de Güiraldes, escribe un notable ensayo sobre él, pero se siente incapaz de abordarlo en el cine. Propone en cambio un proyecto burlesco, cercano al humor anárquico de Entr’acte de René Clair.

En 1936 su sueño de filmar se cumple en la Argentina. Victoria Ocampo ha encontrado un productor debutante: el futuro magnate Miguel Machinandiarena. Tararira tiene por protagonistas a los hermanos Aguilar, cuarteto de laudistas españoles que la guerra civil convertirá muy pronto en exilados republicanos.

El resultado, inesperado, chocante, es considerado “inestrenable” y sólo fue visto en su momento por algunos invitados. El negativo, como tantos otros del cine argentino, iba a desaparecer en el incendio de un laboratorio, y al no haberse distribuido el film también ardió la única copia existente. Gloria Alcorta, invitada a una de las pocas proyecciones del film, hoy recuerda una secuencia, tal vez la final, donde el cuarteto interpreta el bolero de Ravel en la confitería Ideal: la banda sonora empieza por incorporar a la música ruidos de cubiertos y fragmentos de conversación, luego algún vaso roto, hasta llegar en un crescendo destructor a una hecatombe entre gente bien vestida.

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La filmación de Tararira ha coincidido con un congreso del Pen Club en Buenos Aires y con el estallido de la guerra civil española.

En el barco que lo lleva de vuelta a Francia, Fondane conoce a Jacques y Raïsa Maritain. El filósofo católico había sido invitado a la Argentina por grupos neotomistas y deja el país mal visto por sus anfitriones, entre otros Delfina Bunge de Gálvez: se ha declarado antifranquista; por otra parte, su mujer, aunque convertida, es una judía rusa. En esa pareja Fondane reconoce un reflejo invertido de su matrimonio con una católica francesa. La amistad de Maritain y Fondane, su correspondencia, pronto se convierte en un diálogo menos de religiones que de espiritualidad, e iba a sobrevivir a la muerte del poeta.

El ostracismo sufrido por el film Tararira no daña la amistad de Ocampo y Fondane. En 1939, sintiendo que la guerra es inminente, el poeta pide a su amiga que lleve a la Argentina, para ponerlas a salvo, las cartas que guarda de Chestov, muerto meses antes. Aunque ese temor le parece exagerado, ella acepta guardarlas.

Durante la Ocupación, Fondane no abandona París, vive semiclandestinamente, rehusa coser a su solapa la estrella amarilla, hace periodismo bajo seudónimo. Desde Buenos Aires, Victoria Ocampo intenta obtenerle una visa que le permita escapar pero el consulado argentino en París no logra dar con él. Delatado por la portera, Fondane es deportado en el último convoy que parte de Drancy hacia Auschwitz, semanas antes de la Liberación. Muy pronto, en 1945, su viuda pierde toda esperanza de volverlo a ver: un médico, sobreviviente del campo, le comunica la fecha exacta en que su marido fue llevado a la cámara de gas.

Años más tarde, C. Virgil Gheorghiu, cuya novela La hora 25 fue un best-seller en tiempos de la Guerra Fría, es invitado a dar conferencias en Buenos Aires. En un libro de recuerdos −L’Homme qui voyagea seul− no sólo intenta justificar su participación en las campañas del ejército rumano a las órdenes de la Wehrmacht; también traza un retrato burlón de Victoria Ocampo, resentida por la muerte de cierto gran poeta rumano que Gheorghiu nunca ha oído nombrar. Un amigo del autor le explica que sin duda se trata de un banquero que componía versos en sus horas libres, con “un apellido como Kaufmann o Silbermann”…

Victoria Ocampo reacciona violentamente (su artículo “Así se escribe la Historia”, de 1954, será recopilado en Testimonios, sexta serie, 1963) y denuncia el antisemitismo implícito en esas líneas, al mismo tiempo que rinde homenaje al amigo asesinado. (Gheorghiu, alojado en la residencia presidencial de Olivos por el general Perón, quien le ha confiado la redacción de su biografía para un público europeo, dejará precipitadamente el país en setiembre de 1955).

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Creo que esas dos visitas de Benjamin Fondane a Buenos Aires no se agotan en la narración que he esbozado sumariamente. Antes bien, se ramifican como círculos concéntricos, como a partir de una piedrita arrojada al agua, y van incluyendo en su radio creciente personajes, episodios, conflictos de la vida argentina.

Las copias de los films de vanguardia que Fondane llevó a Buenos Aires en 1929 quedaron en manos de los fundadores del primer cine club (Elías Lapzeson, León Klimowsky), cuyas funciones iba a albergar a partir de 1942 el Cine Arte de la calle Corrientes, luego cine Lorraine, hoy café-librería Losada. Heredadas por la Cinemateca Argentina, esas copias fueron la única ventana abierta sobre la posibilidad de un cine diferente para muchos jóvenes argentinos en tiempos anteriores al video y a los servicios culturales de las embajadas.

Es así como el autor de estas líneas pudo ver Un perro andaluz de Buñuel en 1954, cuando tenía quince años. Fue uno de los deslumbramientos fuertes de su adolescencia. No podía saber que la copia proyectada era la dejada en el país por Fondane, cuyo nombre no conocía.

El encuentro de Fondane y Maritain en 1936 es más importante. La presencia de Maritain en Buenos Aires había sido esperada por Leonardo Castellani y Julio Menvielle como un aporte importante a la anhelada intervención política de la Iglesia. En textos posteriores de esos autores se refleja la decepción ante la senda “equivocada” tomada por un católico que no advierte la nobleza de la cruzada franquista. 1936 es, también, el año en que adquiere elocuencia el discurso racista en la Argentina, liderado por Martínez Zuviría (“Hugo Wast”). Lo ataca, con tanta ironía como autoridad, en cuanto católico, nada menos que Leopoldo Lugones (evoqué este episodio en un ensayo de mi libro El pase del testigo, Sudamericana, 2001).

El diálogo, que hoy llamaríamos ecuménico, de Maritain y Fondane ilumina retrospectivamente ese momento y se ramifica más allá de la muerte del poeta. En 1945, Geneviève Fondane, al enterarse de que su marido no volverá, quiere hacerse monja. Pide consejo a Maritain, quien la disuade con afecto y sensatez: Dios no va a devolverle al ser querido, pero ella posee algo poco frecuente, invaluable: la fe. Para entrar en las órdenes se necesita algo distinto: la vocación. Le aconseja acercarse a Nuestra Señora de Sión, la orden que se dedica las relaciones entre cristianos y judíos. Geneviève Fondane trabajará como voluntaria para esa orden y sólo toma los hábitos, ya segura de su vocación, meses antes de morir víctima de un cáncer.

Fondane, atraído por el misticismo cristiano, en particular por el pensamiento “irracional” ruso de Chestov y Berdiaeff tanto como por el Talmud, permaneció toda su vida ajeno al marxismo. Estuvo, por lo tanto, largo tiempo postergado en Francia, cuyos intelectuales han sido siempre más sensibles a las sirenas de la actualidad que a las voces individuales, aisladas. Atisbos, ecos de su presencia sobrevivieron en la admiración de Cioran y de poetas como David Gascoyne y Jean Lescure.

En los años 80 se empieza a reeditar sus libros. En los 90 se crea una sociedad de estudios sobre su obra. Para el centenario de su nacimiento, diversos homenajes dirigen la atención hacia esa voz más cercana a la sensibilidad actual que a la de su tiempo. En Rumania, tras la caída de Ceaucescu, una nueva generación de universitarios recoge sus poemas de juventud, escritos en rumano; los poetas jóvenes descubren a un antepasado dos veces renegado, primero por el fascismo, después por el comunismo.

Los “paréntesis” argentinos de Fondane siguen siendo en gran parte una incógnita. Entre la primera proyección de films de vanguardia en el país, en 1929, y el artículo indignado de Victoria Ocampo en 1954, veo dibujarse una trama compleja, rica en relaciones individuales y sociales. No me parece casual que en 1960, cuando Ocampo rehúsa condenar el secuestro de Eichmann por agentes israelíes en territorio argentino, lo haga explícitamente como un gesto hacia el amigo judío asesinado por los nazis.

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