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Diario de domingo

A partir de la experiencia de la lectura del diario dominical en un bar, con sutileza e ironía, el filósofo y ensayista arriba a conclusiones sobre el estado actual de la cultura.

Tengo una afición nada original: leer el diario los domingos por la mañana mientras desayuno en un bar. Un pequeño gran placer que debe ser común a muchos porteños –aquí cabe ser políticamente incorrectos, ¿o también en este terreno vendrán las/los feministas a discutirnos? No señor, se trata de un placer MASCULINO, que puede disfrutarse incluso en compañía de una bella mujer–. Aunque no es exclusivo de los porteños, pues algo así he visto por ahí en otras ciudades dentro y fuera de nuestro país, y algo similar imagino que ocurre en las ciudades que no conozco.

No se trata solamente del tiempo y la tranquilidad de los que se dispone un domingo a diferencia de los días de la semana, pues lo que a mí me pasa es que esa lectura ritual es ocasión para sumirme en hondísimas reflexiones sobre el sentido de la vida –de la mía sobre todo– o sobre cuestiones filosóficas de detalle que de golpe se me instalan como moscas o abejas que me zumban adentro del mate.

Especialmente estimulante me resulta la lectura del suplemento cultural, no por lo que encuentro positivamente en él sino porque casi siempre salgo de esa lectura detestando a lo que se suele llamar cultura: ¿Está bien formado el grupo de escritores que viajaron a la feria del libro de París? ¿Era importante ir o no ir? ¿Es importante la feria? Después de este muestrario de cuestiones tan fundamentales de nuestra cultura, ¿cómo no terminar añorando irse a vivir lejos de la ciudad, fuera del mundo, entregado a meditaciones que volcaría en un diario que no debiera publicarse sino después de… (¿Leería aún el diario del domingo en esa imaginada isla más o menos desierta?).

El último domingo estaba sumido en uno de esos problemas filosóficos extraños. Me preguntaba cuál era el tratamiento adecuado para el nombre de Dios, si la designación rígida kripkeana, el sentido fregeano o una síntesis de ambos. Recordé entonces un excelente libro de Leonard Linsky que tal vez pudiera ayudarme con esto y me lo llevé al café por si no conseguía el diario.

Fue un acierto ya que todos los diarios estaban ocupados. Confié en el mozo –grave error– para que estuviera atento y me trajera alguno cuando se desocupara, mientras me sumergía en la lectura de Linsky. Al rato me resigné a seguir en ello, al observar que otro parroquiano se apropiaba directamente del diario que había dejado una mujer –sí, una mujer, la excepción que confirma la regla–.

Pero enseguida mi lectura fue interrumpida por el siguiente diálogo: –“¿hoy es domingo?” preguntó un anciano habitué de ese bar, a lo que alguien le respondió desde otra mesa: “sí, todo el día”. El anciano continuó: “así está el país. ¿Hoy hay diario?”. “Sí”, fue la respuesta de su ocasional interlocutor. “Ah”, remató el anciano, “entonces me mintieron, me dijeron que no había”.

¿Para qué volver a la lectura del ciertamente complejo libro que tenía entre mis manos? ¿No tenía acaso en ese diálogo más de lo que mi ocio dominguero podía pedir? Miren cuántas cuestiones salieron de inmediato como pájaros en bandada: ¿cómo sabemos cada día en qué día estamos? ¿Cómo pasó el anciano de “hoy es domingo” a “así está el país”, caso de que no fuera una ironía? ¿Cuál es el análisis correcto de “este día es este día todo el día” o, específicamente, de “hoy es domingo todo el día”? ¿Son equivalentes estos dos últimos enunciados?

Para algunas de esas preguntas tengo respuestas pero le dejo al lector el dudoso entretenimiento de encontrar las suyas sin contarle las mías. Lo cierto es que por este rodeo volví recargado a mis reflexiones sobre la cultura, el sentido de la vida y el nombre de Dios. La sensación con la que volvía a mi casa, sin leer el diario en el café, era muy parecida a la que tuviera tantos domingos después de la lectura del diario, un primer momento pesimista, un segundo de satisfacción y un dolor final.

Para compartir esa secuencia de sensaciones van estas tesis que resultaron como conclusiones:

1. La cultura, hoy, es una distracción inútil, en constante declive;
2. todo está atrapado en la sociedad del espectáculo;
3. “Dios” debiera ser el nombre de lo que escape a la sociedad del espectáculo, la última esperanza, pero en verdad oficia de fundamento o centro del espectáculo;
4. la clave está en vivir todos los días como si fueran domingo, que es el día en el que Dios descansa;
5. pero aún así, aún si viviéramos en un permanente domingo, no evitaríamos morirnos;
6. me duele saber que, presumiblemente, ya no podré disfrutar más de ese pequeño gran placer que disfruto con la lectura del diario los domingos en un café de Buenos Aires;
7. en fin, concluyo, así está el país.

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