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Residuos urbanos

La confrontación de un relato de Max Jacob con un texto periodístico actual es ocasión para la reflexión sobre los cambios en las formas de mendicidad.

Almeida Júnior, La mendiga, 1899.

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Empiezo por citar dos textos, uno literario, el otro periodístico. Transcribo el primero sin modificación alguna. Del segundo, reordeno la información, estorbada por ripios, sintaxis y ortografía erráticas, frecuentes en los grandes matutinos porteños.

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La mendiga de Nápoles

Cuando yo vivía en Nápoles, había en la puerta de mi palacio una mendiga a la que yo arrojaba monedas antes de subir al coche. Un día, sorprendido que no me diera nunca las gracias, miré a la mendiga; entonces vi que lo que había tomado por una mendiga mas bien era una cajón de madera, pintado de verde, que contenía tierra colorada y algunas bananas medio podridas.
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Max Jacob, “Le Cornet à Dés” (1917),
incluido por Borges y Adolfo Bioy Casares en su
antología de Cuentos breves y extraordinarios.

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El “mendigo” de Buenos Aires

En Corrientes y Libertad, un hombre de unos 30 años sufrió diversas heridas tras ser arrojado dentro de un camión recolector de basura. Se hallaba en esa esquina, en situación de calledurmiendo en un container de residuos del gobierno de la Ciudad. El camión recolector, con la ayuda de dos empleados, enganchó el contenedor para arrojar la basura a la compactadora y el hombre cayó dentro del vehículo. Se salvó por cuestión de segundos ya que su presencia fue detectada por las cámaras internas del camión. Tras el episodio, el hombre fue retirado en estado de inconciencia. Fue trasladado por una ambulancia al hospital Argerich.

Las cámaras internas del vehículo lo detectaron cuando estaba a punto de ser compactado.

(La Nación, 25/04/2014)

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En el texto de Max Jacob opera la ironía: se invierte lo que sería una perspectiva convencionalmente insensible, considerar al mendigo como un desecho, al que se arrojan al pasar unas monedas, reconocimiento rápido, poco costoso de coparticipación en la especie humana, que no llega a comprometer la mirada, preservada de un espectáculo (que se supone) sórdido. Es sumamente eficaz el cierre del breve relato con la palabra más intensa –“podridas”– reforzada por la precisión del adverbio que hubiese debido mitigarla: “medio”.

En el recorte periodístico, es la persona “en situación de calle” –eufemismo que merecería una desarticulación minuciosa–, no necesariamente un mendigo, la que es incluida en la basura, recuperada in extremis por la mirada virtual de una cámara de vigilancia. El hombre “sin techo” –nos aproximamos gradualmente a la renuncia del eufemismo– ha buscado para dormir un contenedor de basura. En él ha hallado refugio, y con la basura terminó mimetizándose, hasta el punto de correr peligro de ser “compactado” –otra palabra que merece atención– con ella.

La ironía de Jacob tiene su reflejo invertido en la parquedad del informe periodístico, en la ausencia de énfasis con que relata el episodio.

Un siglo, apenas, separa estos textos. No soy devoto de lecturas historicistas. Si voy a medir ese siglo por algunos datos, lo hago como una nota al margen del texto.

En 1918 termina la primera guerra mundial, donde una crisis diplomática avivó los nacionalismos latentes, cayeron cuatro imperios y murieron en las trincheras nueve millones de civiles, arrastrados por esos mismos gobiernos que iban a caer, muchos de ellos asfixiados por los gases tóxicos que se experimentaban por primera vez.

Max Jacob, que se había convertido al catolicismo en 1915, estaba retirado en un monasterio en 1942, cuando la Francia ocupada por el nacional-socialismo impuso el porte de la estrella amarilla a los judíos; en solidaridad con dos hermanas, un hermano y un cuñado, deportados a Auschwitz, decidió coserla a su hábito. Poco después fue arrestado. En el campo transitorio de Drancy, una pulmonía terminó con él antes de que pudiese ser embarcado hacia Auschwitz, donde los adelantos de la industria química permitieron que otro gas, el Zyklon B, liquidara a los prisioneros.

En los años 1960, los Estados Unidos emplearon napalm en su guerra de Vietnam, quemando vivas a poblaciones civiles junto con guerrilleros del Viet-cong. Esa gasolina gelatinosa, ensayada en su forma experimental en 1945 en el bombardeo de Dresde y en Japón, iba a conocer una versión más eficaz, usada por Irán, Irak, Israel, Serbia, y en todas las guerras civiles que –como predijo Ernst Jünger hacia 1944– iban a suplantar a las guerras mundiales.

A fines del siglo XX y principios del XXI, no fue necesario recurrir a la química. La economía triunfante ha convertido en fenómeno masivo lo que era antes marginal: no tener techo, perder el que se tenía, vivir en la calle, convertir al individuo en residuo.

Agrego a modo de puntos suspensivos: estar a punto de ser “compactado” por un camión recolector de basura.

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