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La esquirla retórica: Arnaldo Antunes Antiguo

Un ensayo de composición de aquello que la obra de Arnaldo Antunes da a pensar en torno a la materialidad del lenguaje: la posibilidad de una etología de la lengua.

“Sou de lugar nenhum”

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Conviven en Arnaldo Antunes un rastreador de la palabra como sustancia, y un baqueano del campo predominante de la Palabra como elemento discursivo (palabra-discurso). Antunes investiga el ser sonoro y visual de la palabra; no le interesa su “ser” verbal más que como síntoma de materialidad: ser es sustancia, palabra es sustancia también. La cópula “es” no opera nunca definitoria, predicativamente. En Antunes “es” surge literal, copulativamente, de un encuentro o relación sustancial. Tómese el ejemplo que da el propio Antunes en el ensayo “Sobre el origen de la poesía”, al final de la compilación poética Palabra desorden (ed. Caja Negra). Allí se evoca un habla sustantiva como la del piel roja, un habla que sonaría así: Mi decir palabra sustancia. No hay sujeto más que como objeto indirecto (“mi”). No hay verbos más que en su potencia absoluta infinitiva. No hay adjetivos más que en su condición sustancial: “roja” adjetiva a “piel” tanto como “piel” a “roja”; “pálida” adjetiva a “cara” como “cara” a “pálida”. Piezas como “Nome não” muestran el sentido general de esta experiencia sensible de Antunes con la palabra:
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El verbo “ser” se devela como un bicho más, suerte de palabra residual inarticulable, grano de todos esos nombres que han separado su poder de la fuerza sustancial sonora que los origina, y lo han religado entre sí en un entramado o circuito general de nombres conocido como Discurso. Ya no se trata en Antunes de predicativos obligatorios para un sujeto débil. Se trata de una sustancia fuerte que suena: son es, sones son. Suenan, son. El nombre no. Se trataría, entonces, de recuperar la experiencia sensible de nombre, su “bichidad” especifica, dando lugar a una suerte de etología de la lengua. Antunes conjura el dispositivo de Palabra-discurso para soltar la experiencia sonora y visual de las palabras que lo sostienen. Como en esas piezas que suele llamar “anti-proverbios” o “anti-slogans”: proverbios y slogans vaciados de su fuerza moral, de su moraleja. Desactivado, por ejemplo, el vector comercial (“compre X”), esa fuerza es al mismo tiempo reconducida hacia su fuente extra-discursiva. Antunes suelta lo palabra de La Palabra, dejándolo expuesto a una experiencia sensible que, a su vez, expondría al lector-oidor-espectador a que algo se suelte y desequilibre en el entramado de su propio vivir retórico estandarizado. Esquirlas retóricas del tipo “a tristeza é uma forma de egoismo”, siempre capaces de generar una reacción ética en cadena que, in extremis, daría lugar al “contato imediato”, al espacio (sideral) de la persuasión en estado puro. Esa persuasión que, como indicara Nietzsche, define a la Antigüedad griega hasta Sócrates.

Presocráticos y Nietzsche son señalados por Antunes como sus principales lecturas filosóficas. Por lo que su interés se centra, justamente, en una filosofía aún no inaugurada como Discurso o ya abandonada como tal. Los enigmas heraclíteos encantan a Antunes, tanto como la ciencia alegre y la experimentación con la lengua que lleva adelante Nietzsche en su obra. Más allá de eso, nos encontramos con el pathos del investigador, con la curiosidad del detective salvaje: estudios sobre los límites de la Palabra (vía Wittgenstein o Las palabras y las cosas de Foucault), o sobre los límites del Sonido y la Visión, sobre el entramado audio-visual en el que nos hallamos inmersos (vía Vilém Flusser). Como si, además de soltar imágenes sonoras, también fuese preciso soltar imágenes visuales del régimen de atención instalado cinematográficamente. Como si a cada suelta de una imagen-sonora correspondiera la suelta de una imagen-visual del “cuadro” en el que está inserta, del “fuera de campo” retórico hollywoodense en el que se integran esos cuadros. En este sentido “Imagem”, la pieza final del dvd Nome habrá de resultar sencillamente deslumbrante:
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Ahora bien, en Antunes esta suelta de palabras-imagen casi siempre resulta conectada simultáneamente con una regeneración sensible. Baqueano del régimen discursivo de la Palabra, tanto palabra-sonido como palabra-escritura resultan expresadas y reinterpretadas (puestas en escena) según formas de composición básicas más o menos populares: el poema, la canción y sus efectuaciones dramáticas (concierto, lecturas, videos, “performances”), por un lado; la caligrafía[1] y sus efectuaciones plásticas (escultura, pintura, video), por otra; más los inevitables cruces entre ellas.

La fuerza poiética re-encontrada no sólo redunda en mejoras para la suelta, sino también en mayor precisión para su re-composición transvalorante. Pequeños oasis, o incluso máquinas de combate frente al dominio sensible estandarizado de la Palabra retórica. Como si Antunes aspirara a la persuasión griega pre-retórica sin dejar de componerla en piezas poéticas, muchas de las cuales, en las altas cotas de precisión logradas, pueden confundirse con los estándares compositivos de la Palabra retórica según el régimen de atención vigente. Así, canciones como “Contato imediato” pueden pasar por piezas musicales (hits) análogas a las de algún buen intérprete mainstream y, al mismo tiempo, cumplir con las condiciones del himno homérico o del enigma heraclíteo[2] o de una pieza dialéctica.

El que tenga orejas pequeñas que oiga. Mientras tanto, mientras llega intempestivamente el goce del contemplador que definiera Giorgio Colli[3], queda siempre disponible, con toda su actualidad, la chance de cantar y palmear todos juntos una de Arnaldo, el antiguo.

 


[1] Típicamente la caligrafía ha sido una cuestión de Estado. Hoy día en Occidente es difícil pensar en un calígrafo que no sea Calígrafo Público. De allí la extrañeza de concebir a un Antunes calígrafo tanto como músico. La publicidad de la caligrafía de Antunes sería íntima, esto es, indetectable para la gestión caligráfica de la Administración pública.

[2] “El término ‘contacto’ puede servir, con una intención alusiva solamente, para designar la inmediatez” (Colli, Filosofía de la expresión).

[3] “El ahorro de la acción se traduce en adquisición de potencia: quien asiste a un espectáculo recibe fuerza” (ídem).

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