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Brandsen o la imagen como falso ready-made

En Brandsen de Marcel Pla (Blatt & Ríos, 2013) asistimos a una densidad narrativa que, en el devenir interrumpido de imágenes, da lugar a un nuevo género posible.

 

….Brandsen
….Marcel Pla
….Blatt & Ríos, 2013
….ebook

 

 

 

 

 

 

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Brandsen es una novela que se aproxima a la idea de libertad narrativa desde un ángulo sorprendente, para no decir antagónico: el de la reminiscencia cinematográfica, cuando no a veces el del cliché –algo que, después de todo, está íntimamente ligado a toda memorabilia cinematográfica–. Pero no se trata de un ejercicio de malabarismo más o menos virtuoso en el que el autor pretende administrar una colección de citas y otras alusiones destinadas a caber todas –pase lo que pase– dentro de los anaqueles del texto. Si es cierto que en cada una de sus páginas tenemos la impresión de pisar un terreno que podríamos conocer (acaso por haberlo visto desplegarse en una pantalla), no lo es menos el hecho de que esta sensación, lejos de cerrar el sentido y clausurar el imaginario del lector, invita a abrirlo cada vez más. Brandsen, en otros términos, es una novela embebida por un clima cinematográfico sin resultar en ningún momento una novela “sobre” cine, puesto que, a fin de cuentas no habla de otra cosa que de literatura.

El poder de atracción de la novela de Marcel Pla nace de su capacidad para armar imágenes que ilusoriamente parecen remitir a otras (que no están hechas de palabras), otorgándoles así más potencia de seducción. El cine como arte de la ilusión, a medio camino entre una sospechosa suspension of disbelief y el acartonamiento, se ve allí puesto en escena tanto como artificio necesario del relato sin el cual nada sería posible –pero bien expuesto a la vista– que como un “deber ser” de los personajes. Brandsen, el asesino a sueldo; Mica, la mujer que lo ama y que se pasa la vida esperándolo; Iván el gaucho misterioso y huérfano… Todos parecen obedecer a una especie de patrón inverificable, a veces escurridizo, pero cuyo fantasma no deja nunca de merodear por los vericuetos del relato. Incluso Ignacio, este joven vagamente ingenuo que parece vagar por la historia porque no tiene nada mejor que hacer. Lo mismo se podría decir de los escenarios. Brandsen es, entonces, una especie de paseo pausado por una serie infinita de moldes que, como cajas chinas, parecen siempre dispuestos a contener más (y a veces lo contrario) de lo que uno en un primer momento creía que eran capaces de contener.

La novela tiene lugar en una provincia confusa hundida en un clima de catástrofe permanente, casi como si estuviera enterrada bajo una densa capa de cenizas volcánicas. Todo ahí se parece a un páramo, pero un páramo escalofriante en el que, pese a todo, se vive. Puesto a hablar de cine, podríamos imaginar una especie de argentina rural y crepuscular filmada por los hermanos Coen (que rodaron películas como Fargo). Aunque en el mundo que despliega Brandsen encontramos menos crueldad, menos idiotez y más fantasía y ternura; lo lúgubre en sus páginas nunca se cierra completamente sobre sí, sino que, precisamente en tanto lúgubre, parece dispuesto a estallar y volverse otra cosa, otro disfraz hasta prorrumpir en aparentes desvaríos. Esta novela se vive como un paseo siempre renovado, que muchas veces toma el golpe de efecto no como herramienta narrativa sino como mero abalorio inevitable, algo que ocurre tanto como el resto y que no tiene por qué destacarse. Verosímil e inverosímil se cruzan, mezclan y anulan porque de lo que se habla ahí es de otra cosa. Del amor, por ejemplo; del color y la densidad del cielo; de armar metáforas justas y extrañas; del arte de la frase como arte de la novela.

El pueblo principal, perdido en el medio de esta pampa-catástrofe derruida y corroída por la ceniza, se llama Mansilla. Esta excursión tiene algo que ver con aquella a los indios ranqueles, aunque las criaturas con las que nos cruzamos a veces no poseen su contundencia histórica. El malón, ahí, es una vieja tradición que permanece en el ambiente, un molde más, y los toldos tienden a perderse de vista bajo la ceniza. Brandsen nos presenta una especie de lejano oeste argentino con olor a azufre, donde todo parece obedecer a leyes distintas, un mundo algo bruto y salvaje, donde la violencia puede estallar en cualquier momento. No solamente la de las armas de fuego, esa de los viejos westerns, sino también una violencia más moderna, más horrífica si se quiere, la de las mutaciones genéticas, la de las experimentaciones ilegales sobre humanos. Algunos seres curiosos reptan por estas páginas; extrañamente sexuados, se los apoda “huelepedos” y no carecen de parentesco con esos bichitos por excelencia lamborghinianos llamados tadeys.

No obstante, cuando la violencia estalla finalmente, es como si no estallara del todo. Es que aquí, en el modo de narrar y de encarar la necesidad novelesca del acontecimiento, reina cierta forma de languidez, un dejarse estar, una manera de perder el tiempo, de dejarlo fluir. Por más que no rehúye del absurdo o a veces del disparate, esta novela no se construye sobre el patrón de un ir hacia adelante. Su densidad narrativa y lo que hemos llamado su clima de catástrofe permanente se ve contrariado por cierto dandismo escriturario. Algunos de los momentos de acción más densa se ven resumidos en algunas pocas palabras, como si el autor ahí se aburriera o no quisiera incurrir en lo demasiado obvio. Brandsen es, así, una novela de acción que busca eludirla, puesto que lo único que le interesa son las imágenes y su poder de insinuación. Con ella Marcel Pla ha inventado, acaso, un nuevo género posible: la novela-paseo, la novela-muestra donde el festival ininterrumpido de imágenes, como ready-mades tramposos (vistos de cerca no son tan “ready”, ni tan “made”, sino más bien todo lo contrario), apunta hacia lo único que importa después de todo: la experiencia poética.

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