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Avellaneda: poética de una muerte joven

La autora hilvana un texto que constituye un “fresco” sobre ciertos episodios históricos que tienen como centro a la figura de Marco Avellaneda, padre del presidente argentino, a partir del “Avellaneda” de Echeverría, y sus ecos en Quesada.

Y el ayer joven de existencia oscura
Sin nombre ni prestigio,
Se levantó gigante en estatura
Para dejar de gloria hondo vestigio.

E. Echeverría

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En algo coincidieron Ernesto Quesada y Esteban Echeverría cuando perfilaron el espíritu demasiado joven del gobernador delegado Marco Avellaneda.

Avellaneda había nacido en Catamarca, en 1813. Su familia debió trasladarse a Tucumán en 1823 y, al poco tiempo, el muchacho fue enviado a Buenos Aires para que completara estudios en Derecho. Ya en aquella época sus compañeros del colegio de Ciencias Morales –Marcos Paz, Alberdi, Juan María Gutiérrez, entre otros–, lo llamaban Marco Tulio, pues su habilidad para la oratoria no tenía igual. Se dice que Avellaneda pretendió quedarse en la capital, aunque su padre, Nicolás, quien había sido gobernador de Catamarca, lo conminó a regresar prontamente a Tucumán.

Hasta aquí la historia de un niño lúcido que se convirtió en un joven destacado en el estudio y la elocuencia. En adelante, la vida de un hombre cuyas convicciones lo llevaron a la tumba en apenas 28 años.

Avellaneda era unitario. De hecho, fue él quien ideó la Coalición de Norte como una suerte de fuerza de choque enfrentada al rosismo. Luego de granjearse la confianza del gobernador federal Alejandro Heredia, que lo tenía casi por un hijo, avanzó en su carrera pública con celeridad y sin titubeos. De síndico procurador, pasó a secretario de la Junta Protectora de la Escuela de Lancaster, y a legislador, en 1835. A los 25 años de edad, según anotó Emilio Carilla, era ya presidente de la Sala de Representantes de su provincia. De ánimo incansable y vigor optimista, creó proyectos de ley innovadores mientras fue legislador y bajo el ala de Heredia dio rienda suelta a su sueño de una constitución provincial que finalmente no fue aprobada. En 1838, cuando la conjura unitaria dejó de ver con buenos ojos la política conciliadora del gobernador Heredia y se cargó su asesinato, Marco fue tildado de responsable y como tal, abrazó la causa contra la confederación. Como presidente de la legislatura, se pronunció contra Rosas, dando comienzo así a su derrotero de batallas perdidas y un intento de exilio que terminó con su vida en Metán, el 3 de octubre de 1841, a manos del sanguinario coronel Mariano Maza.

Esteban Echeverría se apuró a escribir una oda en honor de Avellaneda, tanto, que hasta se equivocó en el sitio de nacimiento del prócer y lo llamó desde el principio tucumano, cantándole al vergel que lo había visto nacer, aunque, vale decirlo, se justificó luego en las notas a su Obra Completa: ”Después de escrito este canto, hemos sabido que Avellaneda no nació en Tucumán, sino en Catamarca, cuando este territorio estaba unido al de Tucumán. Pero sus padres lo llevaron muy niño a esta ciudad, donde se crió hasta que lo enviaron a estudiar a Buenos Aires: así lo tenían todos por tucumano”[1].

El poema “Avellaneda”, ofrecido a Juan Bautista Alberdi, otro favorito del gobernador Heredia y discípulo suyo en las artes del latín, consta de tres cantos. A través de ellos, Echeverría se propone describir las peripecias del Mártir de Metán, desde su nacimiento hasta su muerte, ajustando esos 28 años al bastidor de la realidad histórica que se vivía en la tumultuosa segunda mitad del siglo XIX en nuestra nación. Su mirada no es imparcial, por supuesto. Echeverría, porteño y enemigo del régimen federal, intentaba ensalzar el perfil del político unitario para posicionarlo hábilmente en el panteón de los héroes nacionales. La juventud brillante en que había sido cercenada su vida era, notoriamente, una de las bases en que más fácilmente podía apoyarse, así que el autor de La cautiva decidió utilizarla y hasta abusó de ella. El canto es elocuente, aunque según algunos estudiosos de las hazañas de Avellaneda, no le rinde el homenaje necesario ni llega a elevar realmente su figura, porque a Echeverría no se le daba bien la mezcla entre realidad y fantasía[2].

Si bien no pueden obviarse las dificultades interpretativas que conlleva el paso del tiempo, el poema es atrayente para quien se interese por la vida del catamarqueño. Echeverría lo publicó ocho años después del degollamiento y fue una de las obras más caras a su gusto. En 1849, año en que salió “Avellaneda”, vivía exiliado en Uruguay y trabajaba arduamente para construir una conciencia que revalorizara los ideales de la Revolución de Mayo del otro lado del Plata, al tiempo que lidiaba mediante su escritura contra el régimen de Juan Manuel de Rosas, describiendo sus horrores e injusticias.

Los versos más potentes del poema son, quizás, los que detallan la fuerza anímica de Marco, la fogosidad de su espíritu, ese llamado interno casi místico que lo lleva a dejar todo por su idea de patria y libertad. Sin embargo, es en el diálogo entre “El anciano”, que representa a su padre, Nicolás de Avellaneda y Tula, y “El joven”, o sea, el mismísimo Marco, donde mejor enmarcadas se encuentran las rimas de Echeverría. A lo largo de esta conversación de despedida entre un padre y su hijo, el autor se permite interrogar al mundo acerca del funcionamiento de las leyes que le son propias, de la injusticia y de la maldad que empujan a cometer actos terroríficos. El escenario de este diálogo es el momento en que Nicolás de Avellaneda está por partir hacia Bolivia junto con la esposa de Marco y sus cinco pequeños hijos[3], uno de los cuales, con el correr del tiempo se convertirá en el presidente más joven de la historia nacional.

La conversación da su puntapié inicial en la segunda parte del Canto II y se extiende hasta el final de la tercera, que es donde entra en escena Lola, es decir Dolores Silva, mujer de Marco e hija del ex gobernador tucumano José Manuel Silva. Echeverría la describe así:
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“En su rostro de tipo tucumano
Viva resalta la pupila negra
Sobre el óvalo nácar; renegrido
Sobre su tez de leche se dibuja
El arco de su ceja, y el sedoso
Perfil de su pestaña
Sombreando con finura
De sus rasgados ojos
La lánguida y tristísima hermosura.
Su gallarda estatura,
Su fino, airoso talle,
Cubre un traje de vino de esmeralda
Y una manta de raso cuyos pliegues
Dejan ver la blancura
De su torneado seno y de su espalda”[4].

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Si su padre intenta hacerlo razonar, hacerle entender que sus ideales están muy lejos de la realidad, su esposa, en cambio le espeta que para ella sería mejor morir que verlo irse a pelear: ¡Partir, esposo mío! Asesinarme / Fuera mejor…[5]. Para continuar con una plegaria última:
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“No puedo, aunque quisiera, separarme
De ti y de mi familia; lo he revuelto
Bastante en mi cabeza, y sin coraje
Se siente el corazón para este viaje,
Desde que sé, mi Marco, que a la guerra
Tú muy pronto te vas”[6].

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La historia dice que Marco se fue a la guerra y que su esposa partió con el suegro a Tupiza, de donde pudo regresar a Tucumán recién en 1844 para rehacer su vida volviéndose a casar. El poema anota lo mismo: finalmente los jóvenes consortes se separan y Avellaneda queda: Libre su alma por fin de los prolijos / Cuidados y temores / Que asaltarla solían por sus hijos, / Por su querido padre y su Dolores[7].

Echeverría canta a los héroes de la Revolución, le canta a Monteagudo, a Belgrano, a Moreno y finalmente muestra cómo esas ideas libertarias germinan en el corazón del joven Avellaneda. Vapulea a Rosas, al uruguayo Oribe. Llora las derrotas unitarias y engrandece la figura de Lamadrid. Habla acerca de Lavalle. Felicita su arrojo pero reconoce sus defectos: ¡Oh Lavalle! ¡Lavalle! Muy chico era / Para echar sobre sí cosas tan grandes[8]. Hasta que llega al momento culminante del poema, que es la muerte de Avellaneda, precedida por la traición de Sandoval.
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“Pero a fin que su gracia nos conceda
El presidente Oribe
Llevemos al traidor Avellaneda
Y a Videla y demás que lo acompañan,
Bien cerca de nosotros los tenemos;
Y a poca costa, no dudéis amigo,
Perdón y recompensas obtendremos”[9].

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Y continúa más adelante:
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“– ¿Y si hacernos pretenden resistencia?
A los más obstinados mataremos,
Y a Avellaneda y otros copetudos
Como prenda de paz conservaremos
–Replicó Sandoval–”[10].

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El segundo diálogo del poema se da entre su protagonista y el interrogador que le realiza un juicio, bastante irregular, por cierto, dentro de una galera. Este oscuro personaje aparece en la tercera parte del Canto III y no es otro que el coronel Mariano Maza, rosista que operaba bajo las órdenes de Oribe y más adelante se casó con una hija suya. Maza no quiere ser responsable del fusilamiento ilegal de Avellaneda. Dado que el acusado estaba radicado en Buenos Aires, le cabía a él llevarlo a juicio, por eso ordena que lo suban a su carruaje y allí le practica el interrogatorio que lo llevará a la tumba bajo cargo de traición a la patria por un supuesto pacto con Francia y, también, por su hipotética participación en el asesinato de Alejandro Heredia.

Echeverría dibuja la personalidad de los federales a través del poema en una profunda clave negativa. Como se dijo más arriba, describe los sinsabores que vive su país por causa de Rosas, Oribe, de los vencedores de Quebracho Herrado y San Cala, al tiempo que ensalza a los mártires vencidos, como Mariano Acha o el mismo José Cubas, otro gobernador muerto a manos de Maza. Pero en el diálogo, con solo hacerlos hablar, el autor demuestra al lector el salvajismo que supone intrínseco a los rosistas. Así, entre el interrogado y su juez se dan estas líneas:
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INTERROGADOR
Maza me llamo

AVELLANEDA
Monstruo la humanidad y sayón tu amo,
Degollador, tu nombre me horroriza
Porque la humana fiera simboliza:
Puedes irte de aquí porque yo nada
Con vos tengo que hacer; como acostumbras
No vengas con tu estúpida mirada
La víctima a insultar. Tú, Sol que alumbras
Y derramas calor sobre mi frente,
Lo que has visto de mí en la hora postrera
Podrás decir a la futura gente

INTERROGADOR
Salvaje, tú deliras, o estás loco.

AVELLANEDA
Para tu alma feroz inmundo foco
De estupidez y corrupción, deliro[11].

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La tarea de Echeverría se cumple en parte: el poema logra, de alguna forma, recrear la figura del prócer olvidado. Lo saca de ese recuerdo parcelario por su apodo que alude el final de sus días pero no a la evolución de su pensamiento y a ese delicado equilibrio en el que vivió su juventud, mezcla de libertad y compromiso con sus ideales.

Ernesto Quesada dedicó gran parte de su vida al estudio y revisión de la historiografía referente a las campañas federales en el interior, con especial interés en las del Norte y Cuyo y con mayor énfasis, todavía, en aquellas en las que participó el general Ángel Pacheco.

Quesada, uno de los intelectuales más brillantes de su tiempo, hijo de un político y escritor notable, y precursor de la sociología en nuestro país, nació en Buenos Aires en 1858. Se educó a medias entre Argentina y Europa, siguiendo los avatares de la carrera diplomática de su padre, Vicente, cuyas ansias de que el pequeño obtuviera una instrucción germana lo llevaron a que lo internase en un gymnassium de Dresde durante un año, mientras él estudiaba la organización de las Bibliotecas Nacionales del Viejo Mundo.

En junio de 1882, Ernesto contrajo matrimonio con Eleonora Pacheco, nieta del general. Gracias a la flamante unión, el extenso archivo del militar –compuesto más que nada por correspondencia que mantuvo con Rosas y otros altos funcionarios federales–, quedó a disposición del historiador y jurista. A través de este contacto y con una ferviente convicción de revisar el discurso predominante posterior a Caseros y Pavón, Quesada se propuso rescatar del olvido la figura de Pacheco basándose en datos que hasta ese momento no habían sido cotejados, ya que era la primera vez que se tenía acceso a la biblioteca de Pacheco con fines de estudio.

El ánimo revisionista de Quesada fue inculcado tempranamente en su vida por el padre, quien publicó a partir de 1918 una serie de estudios sobre la diplomacia latinoamericana donde condenó el accionar político del imperio del Brasil, aliado incondicional de los unitarios[12]. Con todos estos elementos y un convencimiento legítimo de que podía reescribir la crónica de las guerras intestinas basándose exclusivamente en documentos de primera mano, Ernesto publicó en 1893 La época de Rosas, libro que integraban sus monografías: “Acha y la batalla de Angaco”, “Los unitarios y la traición a la patria”; “Pacheco y la campaña de Cuyo”; “Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado” y “Lamadrid y la coalición del norte”, que con el tiempo aparecieron como obras independientes. En sus libros, al contrario de lo que intentó hacer Echeverría, mediante la descripción y más que nada la transcripción de la correspondencia y el material de la biblioteca de Pacheco, retrata a los unitarios en su profunda incapacidad de ordenarse y mantener jerarquías, los pinta en su violencia injustificada y su estulticia muchas veces equiparable a la de sus enemigos. Lavalle aparece como el gran militar de Ituzaingó y el desaforado hombre que perdió semanas valiosas relacionándose con la esposa de su aliado, el gobernador riojano Tomás Brizuela. Lamadrid, lo mismo: su legendaria valentía se opaca con su nula capacidad de obediencia y su inexistente humildad. Paz, el gran jefe, está lejos de comprender que la unión hace la fuerza. Acha se distrae festejando su triunfo en Angaco y cae pocos días más tarde por su porfía.

El pez de los guerreros de la Coalición del Norte por su boca muere, sin embargo, el caso es diferente con Marco Avellaneda. Pese a ser su inspirador y el primero que se propone firmemente oponer fuerzas a Rosas desde el empobrecido norte argentino, el Mártir de Metán queda fuera de la crítica negativa de Quesada.

¿Cómo puede ocurrir eso? El jurista toma reiteradamente el poema de Echeverría, lo usa de epígrafe y de bibliografía. El primer capítulo de su Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado, comienza así:
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“Ved al pueblo; pues si algo significa
De Rosas el poder, sólo él lo explica,
Como explica esa serie de caudillos
Que desde Mayo acá en nuestras campañas
Sus enseñas de sangre y sus cuchillos
Pasearon como fieras alimañas”[13].

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Esta referencia se vuelve más ajustada todavía en Pacheco y la Campaña de Cuyo[14], libro en el que desarrolla la descripción de Avellaneda en tono auspicioso, mostrando su carácter limpio, la juventud de un hombre que prometía.

En el capítulo VII, donde trata la peripecia del general Lamadrid en Tucumán, hace notar que: “(…) durante el gobierno de Lamadrid en Tucumán, si bien aquél ejerció las ‘extraordinarias’ en lo concerniente al ramo militar, quien lo usó en todo lo demás y se convirtió en alma del gobierno, fue Avellaneda, que continuó como ministro universal, siendo él el verdadero gobernador, tanto por su energía administrativa e influencia que ejercía en la población, cuanto porque las necesidades del momento multiplicaban las salidas de Lamadrid[15].

Quesada no ahorra elogios para quien considera el alma del movimiento preparatorio de la Coalición del Norte. Raro en él, cita los versos de Echeverría como confirmación de los altos valores de esta alma superior cuyo destino fue morir en plena juventud. En lugar de exponer los escritos unitarios para que el lector se dé cuenta al leerlos del capricho y la ambición desmedida de algunos de sus protagonistas, usa el poema para ensalzar al gobernador delegado de Tucumán.

En este capítulo (pp. 67-72)[16], asegura que: “Su extrema juventud le permitió desplegar un empuje bravío y altivo, a la par que lo templaba con la insólita mesura de una madurez casi incomprensible en tan pocos años”[17].

Más adelante, convencido de que es útil citar a Echeverría para su propósito, anota: “Era Avellaneda, sin duda, un iluminado; unitario convencido, tenía la fe que levanta montañas (…). Esas estrofas del bardo argentino sintetizan la obra de Avellaneda, y todo lo inaudito que supo crear y organizar en aquellos momentos supremos”[18].

Los momentos supremos de que habla Quesada fueron entonados con ardor por Echeverría, tanto que en su impulso hasta tropezó con errores cronológicos y geográficos, sin embargo, la propuesta enaltecedora del prócer se cumplió. Era desmedida, pero, ¿qué no lo es en la poesía? Por sobre todas las cosas, el objetivo de Echeverría se concreta y, podría decirse, también se supera: el poema es utilizado como fuente por un autor cuyo pensamiento se encuentra en sus antípodas.

El “Avellaneda”, así, se convierte en una especie de columna capaz de mantener en pie dos discursos opuestos: uno, el primero, de tono unitario, contemporáneo casi a los hechos, y otro, el segundo, que revisa la historiografía en plan de reivindicar a algunos militares federales. Sea como sea, Esteban Echeverría y Ernesto Quesada, quienes no podían concordar, se pusieron de acuerdo en algo y ese algo fue la idea acerca de la figura singularísima del Mártir de Metán.

La poesía esta vez tuvo una utilidad palpable y se mezcló con la historia para rescatar la tragedia de una muerte joven.

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[1] Nota número 10, p. 579 en la reedición de Obras completas de Esteban Echeverría, Zamora, Buenos Aires, 1972.

[2] Juan B. Terán lo comenta en su Reflejos autobiográficos de Marco M. de Avellaneda, 1813-1841, Coni, Buenos Aires, 1922.

[3] Los hijos de Marco Avellaneda eran cinco, como se anota aquí: Nicolás, el mayor, Marco, Manuel, Eudoro y una única mujer, Isabel, que muere ese mismo año de 1841 siendo un bebé de brazos. Sin embargo, Echeverría en su poema nombra solo a dos niños, los dos mayores, sin tener en cuenta al resto de su progenie.

[4] Op. cit., p. 551.

[5] Op. cit., p. 547.

[6] Op. cit., p. 547.

[7] Op. cit., p. 552.

[8] Op. cit., p. 540.

[9] Op. cit., p. 560. El “Videla” que se nombra en esta estrofa es José María Vilela, militar porteño que a órdenes de Lavalle sufrió la derrota de Famaillá y murió degollado en Metán al lado de Avellaneda.

[10] Ídem.

[11] Ídem, p. 570.

[12] Vicente G. Quesada, Historia diplomática latino-americana, La cultura argentina, Buenos Aires, 1918. Tomo III, La política imperialista del Brasil, Casa Vaccaro, Buenos Aires, 1920..

[13] Epígrafe del capítulo I: “La invasión unitaria del 39”, en Quesada, Ernesto, Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado, Artes y Letras, Buenos Aires, 1927.

[14] Quesada, Ernesto, Pacheco y la Campaña de Cuyo, Ediciones Pampa y Cielo, Buenos Aires, 1965.

[15] Op. cit., p. 68. La cita interior pertenece a Groussac.

[16] Op. cit.

[17] Op. cit., p. 69.

[18] Ídem.

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