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El trompo

Presentamos estos parágrafos del filósofo, a modo de adelanto del libro colectivo Crítica y estilos de insumisión…, que fue publicado recientemente por Editorial Prometeo.

I

Abstracción lírica, iluminación que de manera infantil supone del detalle, de la comprensión del movimiento de un instante, la semilla de la que brota el entendimiento de las cosas. Esa flotación que aprehende un brote de lo sensible y deja atrás el resto de que aparece, una obra del amor. En el amor somos siempre chicos, como lo son las manos que acarician el silencio de la vida inmóvil en su despliegue encuadernado. Y surge el todo del libro, un todo de gravedad que no disimula su carácter aniñado. Abstracción lírica del libro juguete que capta y ondula impertinencias compartiendo el deleite. Invitación impertinente, seducción que hace mover páginas con la esperanza de hallar, tras un velo, la belleza aliada a la verdad. De un objeto a otro, en esa serie cala, como abducción, el amor a los libros, echa raíces un vértigo que ejercita el afán de lejanía, que entrelaza el correr con la detención. La vida sin duración del libro, el silencio supremo de sus respuestas zen; eso parece suficiente por un instante −el instante del capricho infantil que lo instituye en todo−. Un todo ansioso por comprender sacia su esperanza con deleite, como se ama amar. Espera abstracta de la redención detenida en el libro, ese umbral ya hogar de la espera. Sin traspasarlo, la espera deviene normalidad de la excepción, acontecimiento negativo.

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II

Contra el digesto, el aire fresco en los resquicios de las teorizaciones, en las grietas de los muros que sustantivizan. La tristeza provocada por el sentimiento de completitud fuerza a rendir, doblega, deja con los ojos dolidos, estropeados, manteniendo como cáscara al cuerpo reducido, ya no templo, apenas roca erosionada, piedra expuesta al viento y las olas. Ni obra ni sujeto: proceso, trabajo, camino −o mera osamenta−.

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III

Lo nuevo como aquello que retoma una y otra vez la actitud mesiánica, la expectativa de redención −quizás reverso del miedo apocalíptico−. Las vanguardias −profetas del totalitarismo− se concibieron como guardianes del umbral de lo nuevo. El porvenir en modelo de la utopía del pasado, esos suelos que se mueven tensan la tierra que sostiene inmóvil una época. Tornar la vista hacia atrás, ver creencias, atribuirles irradiación, proyectar devoción: fetichismo metodológico, sonambulismo como respuesta a la impasibilidad, testimonio de un ethos que, en el vacío, alienta aquello que lo subyuga −pesimismo de la fortaleza: lo indómito, la tormenta que raja las corazas de imperturbabilidad−. Cielos nublados espejados en lagos de tristeza, interpelaciones desatendidas, brazos inmóviles a la compasión, activos al provocar cicatrices. Contra la compasión, Nietzsche ante la dureza de las cosas, insensible a las empresas moralizadoras. Contra la voluntad, el desganado soportar tensiones insolubles, estados sin purificación; es reacción frente al Apolo con el cuchillo, a la violencia que impone la armonía, a las pretensiones de desciframiento que culminan en restauraciones cada vez más enfáticas, cada vez menos intensas, como una pantalla de artificialidad que deja la heroicidad en manos de Disney. Naif, banal, brillo tranquilizador ante tormentas y tumultos. El torturado, domado para los otros, para no contaminar, es aislado, se controla su fluir, se impide que fugue, que muestre el paisaje desierto, para lo cual se lo hace personaje; con esa máscara quedan el atribulado y el desierto mismo sin conjura en el absurdo ciclo del sentido, aun del más débilmente iluminado. Queda la lección mientras dure la agitación, que se diluye en la pequeñez. Imponente noche en la que todo se pierde, y un hallazgo, una roca en la que posa un nuevo comienzo y se salta al fondo; es otra excursión, con viento desgastado. Más allá de compuestos de sustancia, accidentes y esencias (un viaje mental a las cosas), de materia y forma (una incursión del dios occidental, una incursión al ser cosa de la cosa), de incursiones en nuestros sentimientos, más allá de todo esto apenas queda, cuando se diluyen las obras, una apertura, una excursión: perspectiva capaz de sentir lo bello en el mundo, mundo sin refugio y sobrecargado de nostalgia agraria.

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IV

Esos lugares asimilados, esas asunciones que se muestran sensiblemente al actuar, esas maneras de percibir y buscar, de notar y actuar: el campo estético, punto ciego de una época y, sin embargo, expresado y visible en detalles. Sobre lo positivo, lo que se practica con naturalidad, se montan arqueologías borrosas, ingenuas. No hay desahogo de la tierra en el arte −ilusión infantil, comercial−. La fisura artística, de efectivizarse, contamina en su proliferación técnica −ni libera la tierra ni se libera ella−: del mundo que se levanta y abre caminos en el bosque, de esos claros se hacen confusos desiertos; del ponerse a la obra de la verdad, de acontecimiento de un latir que constituye, de salto fundador a desierto, ¿y de qué desierto removido por los saltos hacia delante y atrás se harán surgir llamas de verdad? ¿Acaso del arte? Inverosímil iglesia estética, esperpento espíritu santo. Por rieles electrificados, la filosofía se tecnifica y especializa, acelera su marcha sin dirección. Quizás sean pliegues de demandas de desvinculación, de ejercicios preparatorios de una eventual salida, tal vez sostengan éxtasis en la resignación a un cóctel de evocaciones y labores que cotizan en bolsa. Quizás sea el revés de unicidades simbólicas insoportables. El nominalismo fue contaminado por la pérdida de objeto −si hay nominalismo, apenas es pictórico, y todo lo que sabemos, que apenas hemos podido balbucear y susurrar, puede expresarse en tres palabras (Ferdinand Kürnberger)−.

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V

Como si un trazo intenso cualquiera lograra recobrar la infancia: eso imposible de hacer a voluntad se ha convertido en meta de una gimnasia literaria practicada, previo pago de aranceles, en espacios llamados talleres. Se martilla y destornilla. Queda alambre. Desespiritualización de las letras, comunitarismo dirigido, opuesto contradictorio a la soledad ascética, al peso íntimo de la forma, al desconfiar de la narración, de la inflación de títulos y publicaciones. Si acaso fuera posible hallar un método para que el escribir y el dibujar equivalieran a descubrir. Lo triste es la insuficiencia, la inadvertida ausencia de gratitud por esos instantes en los que en un texto se halla la suspensión de la indiferencia a la que se encaminan las cosas. Esa delicadeza y fuerza que es capaz de dibujar un texto, ese abrir la mirada a través de la carne hace del exorcismo un suave levitar, del interrogar apariencias un ensayo de espera. Se realiza, entonces, si se conjuga el raro encuentro fugaz, un acontecimiento que se escurre en su minimalismo, es algo aunque nada ocurra, apenas brota una sensación y su eco sobrevive. La elocuencia que la describe suele incurrir en el exceso −ni el endulzamiento propio del lirismo, ni el silencio repetido a gritos hacen compañía en la intimidad del contacto con el texto−. Entre la oscuridad y la luz, el haz más delicado participa del mundo en el que se tiene a mano el texto. En ese encuentro se funde la distancia en el vacío, se la roza. Esa ocasión se pierde.

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VI

Esperpento filosófico que gira y reposa, el trompo kafkiano que renueva, repentinamente, el entendimiento de detalles, renovando en cada giro la esperanza de comprender. Anne Carson, al comienzo de su ya clásico Eros the Bittersweet se pregunta por la relación de la impertinencia con la esperanza de comprender. Atrapar la impertinencia hasta que sea estabilidad, lejanía −teoría o metáfora− que alienta la detención del vértigo. Ese movimiento es un giro sobre sí, y trompo y filósofo se enciman −el filósofo, como Heráclito redivivo, persigue aquello que los juegos de los chicos ponen en movimiento, omitiendo la lección de la metodología infantil, el desentenderse de los grandes problemas−. Pero el filósofo no escucha a los chicos, tan solo siente molestias por su griterío. El girar del trompo y la mimesis del filósofo: Y se tambaleaba como un trompo bajo una cuerda torpe, escribe Kafka en “El trompo”.
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VII

Caverna sin pasaje, siempre umbral en el que crecen hongos y hay insectos. Y la cosa se hace idea, yace y nace ya abstracta. Selvas sin salvajismo, chicos sin movimientos dislocados. Desde un asiento se traza la contabilidad −jardineros indiferentes a las plantas, las flores y los frutos, a los perfumes y humedades−. Asientos y asentamientos que desmaterializan −desterritorialización de la mercancía, reducción, jibarización: lo nuevo del arte−. Trazar laberintos, como si ello se vinculara con la verdad. El arte del concepto quebrado por una mordedura. El ruido de los dientes, el crecer de las uñas y el pelo, ante ello se enfrenta la imposición de formas. Ese gesto, tormenta técnica, mandato proliferante: cientos, miles, millones de trompos; y luego anonadamiento.

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VIII

Símbolo del desencantamiento, espera sin fantasía, grave, ansiosa. Familiaridad en ese desequilibrio, como familiaridad con el andar en bicicleta, con el quiebre de que sería contención. Entre la caza, acaso un instinto de apropiación aliado del destruir, y la siembra, el trabajo por dar fertilidad, pero en un recipiente roto, rebasado. Desde ese suelo desfondado se tejen gestos, se marcan sensibilidades. El lápiz vaga, queda en el abandono, dibuja, aguarda, atiende. El lápiz agudiza la sensibilidad del dedo, extiende y cultiva el tacto.

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IX.

Aquel fascinado con el trompo, trompo ya él, más pequeño que los chicos, en soledad, persiguiendo lo ajeno: Prometeo empobrecido, disminuido ante el padre, sin fuego, detenido en el umbral, entretenido con el trompo y el lápiz, tirando de la cuerda y de la tinta, absorto en ese instante dilatado hasta la caducidad: la espera, con su cordel enredado, el espectáculo del movimiento en el hastío de la detención y el movimiento en falso, el hilo insuficiente, quebradizo, débil del texto, el fragmento que captura un detalle y lo absolutiza, umbral infinito. El trompo de Kafka sigue girando en el río de aguas que inmortalizan la espera, espera sin esperanza, escalar sin cima. Trompo nihilista, pequeño fragmento, temible. Un hilo invisible lo une a otros fragmentos, los básicos de Heráclito, esos de cuando el filósofo y los niños jugaban juntos.

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X

De tan pensada, la mirada dejó de ver. Abarcando sus límites y puntos ciegos, se abandonó el experimentar. La factura de lo sentido cosecha empobrecimiento, contiene y aplaca, pero hay inapresables, deslizamientos y arrebatos. Como un arca que piadosamente flota en todas las aguas, guardando ardor, trueno azotado. Como la quietud del árbol y la danza imprevisible de los chicos.

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XI

Escritura, cercanía al mundo. No da paz. No da la mejor cualidad a un tiempo que pasa. Comunica, muestra una comunión negativa, la ausencia de comunión; también interrumpe la comunicación ordinaria y realiza una suspensión, tal su acción inoperante. Imposible llegar por un océano de palabras al oleaje del mar. Aunque el testimonio no concluye y ya dejó de escucharse, la angustia y el dolor se hacen cercanos en el destello que cada tanto surge de un texto, en este mezquino paso de renglón a renglón, y todas las páginas anteriores han testimoniado el camino al olvido polvoriento, a ruidos y furias sin sentido. La sombra ambulante de la escritura no gana, ni siquiera libra batallas. Suceder sin pausa, ocultación de un hacer lamentable, ridículo simulacro de caminata en la cuerda floja. La proliferación de escritura no oculta, por el contrario revela el daño, la desolación de ese ruido que altera, que perturba el leer y, más aún, el sentir. Competencia agresiva, daño, lesión: es el coro de los escritos, la contabilidad de cuentos y cuentas. “Los pájaros están callados en los bosques. / Espera: bien pronto tu callarás también”, escribió Robert Hass. La escritura testimonia su ruido ensordecedor, contaminante, depredatorio. Fuego sin luz, arrastra, arrasa, anonada. Nihilismo del idealismo, nihilismo del arte: ¿qué es capaz de mostrar que el mundo puede ser de otro modo? Y sin embargo, la imaginación estética se presenta como libre frente a la naturaleza −esa imaginación, que imagina su libertad, es la materia sobre la cual se elevan otros imaginarios: las autonomías ética, política, científica; la heteronomía de la naturaleza−. La indiferencia de la naturaleza se manifiesta hasta en su hostilidad: ¿ella qué podría testimoniar de la depredación humana que fuera novedad? De ella descendemos, de un desarraigo, de una disolución, de un olvido de lo propio, de la impropiedad de las formas que violentan materialidades. De esa distancia, inscripción sobre materias que perduran borroneadas al dar sustento a significados sin sentidos, a un corpus escrito que siente como espejo y lámpara de sentidos.

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XII

Ante el texto, la repetición de la fascinación que logra la jerarquía. ¿Qué gestos se modelan al leer y escribir? Ese vagar por la atmósfera del papel, expuesto al abandono, a la entrega que se hace morada, al apoyo sobre un suelo capaz de reproducir y purgar sufrimientos, de suspender la soledad del huérfano. En ese depósito de fantasías, bajo esas sombras hallar un hogar, una caverna ideal bajo la luz de la vela. Ese refugio de serenidad, ya electrizado y pasteurizado. Esa melancolía de silla que siente a la carpeta como templo, técnicamente administrada, diseñada para no incidir ni excitar. De experiencia trasmitida a comercio e industria. Quizás, a pesar de esa enajenación, la posibilidad de un principio. Rodeada de silencio, la lectura hace música. Hasta que el texto se convierte en un órgano, sentir, sentido sin sonido, triunfo de la musicalidad, aura que envuelve y funde al libro con las manos y la vista, con los labios enmudecidos, la lengua en silencio, la boca en la donación de mundo, ante la degustación de significaciones. Byblos, papiro y lápiz, mediación entre el mundo y la existencia, diálogo de manos y ojos, de oídos atentos y lengua inquieta, mientras se exploran las posibilidades de una silla. El asiento de esta contabilidad, de todo lo contable –que equivale a lo enunciable– es la superficie del texto, esa piel que teje la sensibilidad. Hilvanada la abstracción de las consonantes, eso que a la distancia resuena y hace sentido. ¿Cómo, sin esa labor de tejedor, entender lo desconocido? Páginas que hacen el amor, el tránsito del desear, también el mandato a gozar, otro silencio, éste como sombra del texto. Leer, ya nunca se está en el comienzo. Desear, imaginación expuesta a la colonización. Aún en esa patria sometida, cada tanto un acontecimiento irrumpe en una erótica constitución de la relevancia. En ese viajar, el desear ser libro, la disolución en esa cosa. Ser obra, sin otra fuerza de arraigo que la fuerza de ese texto adherido, pegado, hecho uno en uno. La violencia y mistificación, dar vuelta la página, hasta que el libro, prisma rectangular, se hace trompo y rueda al hacer rodar en el movimiento del pensar y del sentir; es el trompo del texto, en la escritura y la lectura, es el trompo juguete, cosa de chicos, artefacto filosófico. Con los años, en el sometimiento al progreso, apenas queda un resabio oscilante de ese frenesí tan dionisíaco como apolíneo en la piadosa ilusión en el pensamiento poetizante. El trompo, lo que queda de él, yace en un océano de precariedad. Cada tanto, un estremecimiento da muestra de su perseverancia.

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* Adelanto del ensayo “Abstracción de lo sensible, impertinencia, esperanza, expediente”, perteneciente al libro colectivo Crítica y estilos de insumisión. En compañía de Ludwig Wittgenstein, Michel Foucault y Cornelia Vismann (Prometeo, 2014). La coordinación de esta publicación estuvo a cargo de Claudio Martyniuk y Oriana Seccia.

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