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La serenidad

Iosi Havilio, autor de Opendoor (Entropía, 2006) y Paraísos (Mondadori, 2012), sorprende con la aparición de La serenidad (Entropía, 2014), una novela lisérgica y alocada que contrasta con su producción anterior.

 

….La serenidad
….Iosi Havilio
….Entropía, 2014
….146 páginas

 

 

 

 

 

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La nueva novela de Iosi Havilio expresa, de una manera difícil de encontrar en la literatura argentina actual, la conformidad del texto consigo mismo en tanto pura posibilidad. Lisérgica y alocada en su impulso, la serenidad parece ser aquello que queda siempre para después en la novela. Aquello que se busca alucinatoriamente pero que, en definitiva, no puede encontrarse más que en el paréntesis de una gran risotada que pone en cuestión su sentido: las citas, en el último apartado, del texto del filósofo de Friburgo que, graciosamente, le da el nombre a la novela.

El serpenteo de la escritura toma como excusa algunos de los tópicos más gastados de la filosofía del último siglo para exponerlos, en una medida justa, al absurdo que corroe, en la novela, la idea misma de todo concepto, ya desde el título del primer capítulo: “De cómo El Protagonista rompió con Bárbara, se enredó en discusiones ontológicas y fue humillado por la presencia del Gran Otro”. Las mayúsculas que la filosofía supo reservar para conceptos que pretendían abordar una realidad ontológica mayor, aparecen aquí y allá, en solfa, para nombrar no sólo a El Protagonista o al Gran Otro −que al no tener nombres concretos representan una fábula que podría encarnar cada uno de nosotros−, sino también a “El Filósofo de Toda Una Generación”, “Pulgas Africanas”, “La Noche del Gran Cuento” y “El Hotel de las Putas de Siete Pesos”, entre tantos otros.

En La serenidad, el arte de las enumeraciones caóticas y absurdas se ejercita con una gran destreza, como sucede en Borges o, en general, en la escritura de Wilcock. Y la literatura de Juan Rodolfo Wilcock resuena por más de un motivo. Si con esta novela Havilio toma distancia de su producción narrativa anterior, se acerca curiosamente al notable absurdo del autor de El caos, escritor marginal acaso por cultivar un género excéntrico dentro de la literatura argentina. Si nos rindiéramos a la necesidad de referir La serenidad a un género, plausible labor del crítico, difícilmente podríamos encuadrarla en uno novelístico, pero sí acaso en uno teatral: el género farsesco. Y, en ese sentido, también reverberan en la novela algunos trazos de la obra teatral de Roberto Arlt.

Sin embargo, en La serenidad no hay una historia, o más bien es ella misma el deshilachamiento de toda historia a fuerza de saltos temporales y geográficos que, cobijados en un supuesto continuum (¿el del grotesco?) imponen un tiempo y un espacio propios: no el de la realidad, tampoco el de la pura fantasía, sino el de una realidad fantaseada. Esa dimensión que la novela abre, que no niega directamente la realidad, sino que exagera su desquicio contemporáneo, hace del título algo que la novela se encarga de encarnar: una ácida ironía.

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