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El tercer hombre

En este relato inédito, un misterioso anciano, internado en un geriátrico, narra la historia de un tercer hombre creado junto a Adán y Eva.

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Estaba fascinado con él. Lo escuchaba hablar, contar sus historias. Le miraba los labios cuando moralizaba los detalles, y las manos… enormes manos precisando momentos como un artista en unción con el instante.

Le contó que conoció a Dorian Gray. Por lógica debió reírse, ponerlo en ridículo al menos. No pudo. Prefirió acompañarlo y de algún modo abordar, con la espesura de su curiosidad, la totalidad de la anécdota.

− Participé de las reuniones que organizaba Ágata y Lord Henry. Allí, una tarde, apareció la luz inmaculada y virginal de Dorian. ¡El hombre más bello jamás creado! Pensé en Dios, y en su bondad extrema con aquel mortal que había diseñado perfecto. Pasé las horas observándolo, buscando la forma de llamar su atención. No pude, quedó siempre cerca de Lord Henry y Basilio Hallward, quien logró retratarlo en la soledad de su ático.
− ¿Ese fue el retrato que contrajo la tiranía de la vejez y el ostracismo de lo monstruoso?
− Veo que has leído la novela de Wilde. Permíteme decir que sólo tomó partes de la historia. Los datos principales están ignorados.
 ¿Pudo ver el retrato?
 Sí, pude verlo… tuve una copia, hecha por el mismísimo Hallward. Lamentablemente, quedó en el puerto junto al resto de mis cosas antes de zarpar hacia América.

Augusto Aragonés había pasado sus últimos quince años en un hogar de ancianos. Venido de España cuando rondaba medio siglo de vida, supo ganarse la vida como marinero. Recorrió el mundo, conoció distintas culturas, pero la suerte −o la desdicha− hizo que recayera en Buenos Aires a comienzos de los años 90, cuando se iniciaba el desembarco del capital español en Argentina.

Llegó solo. En Madrid quedaron su esposa, su hijo y tres nietos. Nunca más volvió a verlos. Trabajó en un astillero hasta que una máquina atrofió parte de su pierna derecha. Lo jubilaron con honores al constatar su incapacidad. La compañía pagó el alquiler del departamento que ocupaba en la zona de Retiro los primeros seis meses. Luego, desapareció. Augusto entró en una depresión profunda. Al poco tiempo, se encontró viviendo en la calle.

Pasó una temporada en la plaza 1º de mayo, del barrio porteño de Balvanera, junto a otros errabundos. Creía sentirse acompañado, raptado por una complacencia fugaz que le mostraba los sabores dulces de una vida generosa en libertades. Aunque se pensase lo contrario, Augusto tenía lo necesario: comida, compañía, y sus memorias.

Sin embargo, sobrevino la enfermedad en los pulmones y la posterior internación en el Hospital Ramos Mejía. Una furiosa neumonía lo amenazó con la muerte varias semanas. En ese lapso, se sintió mareado por su bienestar.

Fernando Díaz siempre que escuchaba sus anécdotas se hacía las mismas preguntas: ¿cuándo y cómo perdió su buen humor? Porque incluso su traslado del Hospital al hogar de ancianos lo recordaba como una excursión.

Desde entonces, comparte el cuarto con el mismo compañero: Octavio Segovia, diez años mayor que él, ciego y portador de un cuerpo entumecido, dolorosamente inmóvil.
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Augusto y Fernando se conocieron de casualidad: el viejo, revestido por las rejas del geriátrico, le pidió al joven que comprara un paquete de cigarrillos y una gaseosa en el kiosco de la esquina, porque a él le habían quitado el derecho a salir. Fernando aceptó exageradamente.

Cuando regresó, Augusto no estaba. Preguntó a las señoras que estaban sentadas en el hall del geriátrico, pero ninguna supo decirle qué había sido del viejo. Increpó a la enfermera, que arrastrando una bolsa de consorcio alcanzó a murmurar: se fue a dormir la siesta.

Pudo dejar el pedido en la recepción y continuar con su vida, llevándose el alivio de los actos nobles. Pero no, prefirió saldar el encargo. Del otro lado la puerta, alguien lo esperaba:

− ­Sabía que vendrías.
− ¿Sí? ¿Por qué no me esperó, entonces?
− Porque quería que vieras dónde vivo, dónde es que me voy consumiendo.
− ¿Dónde quiere que le deje los cigarrillos y la gaseosa?
− Acá −dijo señalando la mesa que estaba junto a su cama−.
− Bueno, está hecha la tarea. Ahora debo irme.
− Está muy bien, alguien tan joven como vos no debe perder el tiempo con alguien tan viejo como yo.
− No es eso. Entro a trabajar y no puedo llegar tarde.
− De todos modos, no tengo forma de comprobar lo que dices.
− No tengo motivos para mentirle.
− No me hagas caso, son solo mañas y retórica barata de un pobre diablo.
− Tampoco diga eso. ¿No tiene alguien que lo venga a ver? ¿Un hijo, algún nieto?
− No, nadie. Todos quedaron en España, un país al que apenas recuerdo. Habrá notado que ni el acento me queda.
– Es cierto, no hubiese podido adivinarlo.
– Como tantas otras cosas.
– ¿Si quiere lo puedo visitar después del trabajo?
– No es necesario que lo hagas. Ya me ayudaste con esto –toca la bolsa con los cigarrillos y la gaseosa.
– No será un compromiso. No suelo tener algo para hacer después de las seis de la tarde. Me vendrá bien el encuentro.
– ¿Nada? ¿No hay una novia que te espere, amigos para divertirte un rato?
– Mi nombre es Fernando.
– ¿Tienes un perrito al menos?
– ¿Regreso?
– Está bien. Y cuando lo hagas pregunta por Augusto.
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Fernando regresó pasadas las siete de la tarde, acompañado de la noche y un mazo de naipes. Imaginó que a Augusto podía interesarle pasar el tiempo jugando al truco o a la escoba de quince. También llevaba un libro de Marco Denevi, Falsificaciones; supuso que lo aprobaría.

En la habitación, el viejo estaba de pie junto a la ventana, desparramando adjetivos que celosamente atesoraba Octavio.

– Así está hoy el jardín, hermoso, compañero.
– ¿Y el día?
– Soleado. Si pudiese ver las flores… los claveles, las rosas, los jazmines están enormes, como pintados.
– Cuánto lo envidio, ¿sabe?
– ¿Puede sentirlo al menos?
– Sí, se lo agradezco.

Augusto regresó a la cama y saludó formalmente a Fernando. Sin rodeos, desechó los naipes para apropiarse de Denevi.

– Es bueno pero no llega a ser irreverente. Plantea dudas, reedita finales, y muchas veces propone lecturas que resultan novedosas pero que no violentan el imaginario colectivo. Denevi avanza convencido cuando cree tener la verdad. Y muchas veces piensa que está ubicado en los umbrales de una revolución cultural.
– Son ficciones, algunas son meras reflexiones –aportó Fernando–.
– ¿Ficciones? ¿Crees que con eso lo descalificas?
– No, para nada. Digo que no se pueden magnificar las repercusiones de una obra nacida en la cabeza de un hombre.
– ¿Acaso las guerras, los cambios sociales, los avances científicos, todas las transformaciones no tienen sus origen en las mentes humanas?
– Está deformando mis palabras.
– Sólo trato de entenderlas –hizo una pausa–. Está bien, coincido. En este libro hay erudición. ¿Te parece que leamos algunas?
– Sí, claro.
– Elige –luego se arrepiente–. No, mejor elijo yo.

Augusto comenzó a leer El origen de la guerra. Descubrió que Denevi produjo un agrietamiento en la estructura tradicional del relato homérico, al mostrar un Menelao resulto a desconocer a Helena y más preocupado por la muerte de Patroclo, alfil de Aquiles en la guerra contra Troya.

De modo intempestivo, Helena cuenta las angustias que deparó su rapto y el amparo que halló en la oscuridad de su cuarto imperial. Exhibió su honda decepción por Paris y el resto de la familia real. Incluso, Denevi la muestra decidida a recuperar el lugar de privilegio que otrora tuvo junto Menelao. Este la exhorta –la indaga– como a una desconocida; acaso lo era para él. Sin motivos vívidos que lo impulsaran a la batalla, justifica la guerra por motivos irracionales; como si la guerra tuviese una validación en su propio determinismo, inmanente a su esencia y razón de ser: una vez comenzada, la guerra se justifica por sí misma, sin más excusas. La historia finaliza con el crimen, como lo obliga la épica clásica, de Menelao a Helena, en el prólogo del avance griego contra Troya.

El relato se desarma en un diálogo sarcástico que Augusto celebra y termina por aprobar. Octavio repara en su juego.

– Quizá sea el de Helena el primer crimen pasional.
– O tal vez uno de los tantos crímenes que propicia la guerra.
– No, de lo contrario Denevi no se hubiese fijado en él. Los crímenes de guerra se cometen sin que nadie los destaque. Los pasionales trastocan el inconsciente del lector. Lo someten por atracción y proximidad.
– Sin embargo, sabemos que no ocurrió de ese modo. Que Troya fue invadida a causa del rapto de Helena, y el deseo de Menelao de recobrarla y tomar venganza de semejante afrenta.
– ¿En verdad crees que la invasión se da por esa razón? Qué le importaba Helena a Agamenón. Las guerras persiguen otra clase de intereses. Los crímenes pasionales escapan a esa lógica.
– ¿Descreo de Homero o de Denevi?
– ¿Por qué no quedarse con ambos?
– Pueden confundir.
– Solo si no se está seguro de los propios conocimientos.

Fernando ocupó la silla que estaba cerca de la cama de Octavio. Acomodó su campera en el respaldo y se aflojó el cinturón. En voz baja, con cierto retraimiento, le pidió a Augusto que leyera otro texto.

Esta vez, el elegido fue Teoría sobre el pecado original, un párrafo de tan sólo siete líneas que actúa con ambición desmedida a causa de una provocadora reflexión de Pórpulus, quien pone en juego su vida cuando considera que el contenido del pecado original no sería otro que el de haber incorporado la espiritualidad a la sexualidad. En definitiva, no estaría visto como un acto instintivo, natural del hombre, sino como una instancia divina de procreación y de igualamiento con Dios. Gran acierto de Denevi compartido por los tres.

Augusto, quitando la mirada del libro, reparó en Octavio, quien fregaba su barba y completó el enredo con una sentencia:

– Es que lo eterno y lo absoluto descansan en el hombre.
– ¿Qué quiere decir, Octavio?
– Que allí donde el dolor se expresa está lo primordial, el origen mismo. ¿No les ha pasado que ante la desesperación y el sentimiento genuino de conmoción han mirado sus manos, su rostro, han buscado en su interior respuestas, razones que diesen algún tipo de explicación? ¿Qué sería entonces una confesión o un renunciamiento?
– Un intento de reconciliación.
– Eres hábil, Augusto.

Fernando se sentía a gusto con la charla. Celebraba mezclarse con el viejo y su misterioso compañero de cuarto. De no ser así, se hubiese expuesto al peor de los olvidos: la soledad.

Caminaba diariamente desde el departamento que alquilaba hasta la oficina. Trabajaba en el área de cobranzas de un importante laboratorio. No hacía más que archivar facturas, redactar balances y fórmulas de pago.

Pero en aquel cuarto algo se quebró en él; o tal vez, fue algo que surgió extemporáneo y que obligó a considerar el cambio. Empezó a aceptar que sólo tenía a aquellas dos almas que debatían cuestiones trascendentales. Dos almas postradas para desparramar su vida en otra cosa que no sea el trabajo.

Pero mientras Fernando gravitaba en ese pensamiento, apareció la voz de Augusto provocando a Denevi.

– De todos modos, Pórpulus prefirió eludir el conflicto. Lo doblegó el miedo. Cisplisius de Alplón, maestro de Pórpulus, fue más allá, disparando contra la doctrina de la Iglesia, que ensanchó sus esfuerzos para silenciarlo con el asesinato.
– Nunca escuché nada de él.
– No me extraña, Octavio. Se regodea en la obviedad.

De repente comenzó a llover y simultáneamente se dieron cita unos gritos estremecedores en los pasillos. Eran dos enfermeras que, cumpliendo con sus deberes, insultaban a los internos. Aportaría Octavio que las chicas implementaban la técnica del zamarreo y el gancho al hígado como métodos persuasivos.

Pasado el temblor, Augusto logró recuperar el centro de la escena gracias a cierta parsimonia. En su intervención erudita, aprisionó el relato con su profundidad retórica, habitual para Octavio, pero furiosamente magnética para Fernando. Dijo que en los orígenes del universo, en la aparición temprana del hombre, mimetizado en Adán y posteriormente en Eva, hubo un instancia de disconformidad de Dios o de complejidad ante lo creado y buscó dirimirlo dando nacimiento a un tercer hombre. Esta aparición, históricamente negada y silenciada por la Iglesia, se justificó en la necesidad de hallar un punto que equilibre la fuerza de opuestos. Y Adán y Eva no lo eran. Decía Cisplisius que el tercer hombre surgió luego de un encantamiento o convencimiento del Diablo a Dios, al decirle que Adán, en su placentero dominio creció en soberbia, sabiendo que gobernaba la planicie sin contrapeso. Y que por ese motivo, debía crear otro hombre, igual de bello y poderoso. Nunca sospechó Dios, al darle vida, de lo que iba a suceder una vez puesto sobre la tierra.

El tercer hombre tenía el esplendor y la belleza corpórea de Adán. Físicamente eran similares aunque no iguales. De Eva llevaba la astucia y el pragmatismo. Lo hizo nacer y surgir del otro lado del paraíso. De tal forma que el encuentro entre los tres diera lugar al estupor y la confusión.

Al comienzo Dios se mostró exultante y deseoso del vínculo que establecían; una especie de unción con el desconocimiento. En la ignorancia, Adán y Eva percibieron los cambios, dada la madurez de él, la exacerbada valoración de su liderazgo y la enfática necesidad de controlar aquello que surge enigmático y desafiante. Y en esa búsqueda del saber verdadero –otrora semilla del pecado original– atraviesa las planicies y los bosques, las aguas y las montañas para dar con lo inédito. En ese acto impulsivo queda espacio para que lo trascendental emerja, como simulacro quizá, siendo pura inteligibilidad, obligando a la fe a alcanzar una iluminación divina que posibilite la noción de totalidad a la obra de Dios.

Y pronto vinieron las convulsiones, los brotes violentos y la empatía melosa de los encantamientos; una actitud mecánica del hombre ante el hombre.

Adán no reparó en el origen del tercer hombre; qué podía importarle si debió llegar al paraíso como el resto de los seres que lo rodeaban. A diferencia de Eva, de Caín y Abel, de toda la resultante Humanidad, el tercer hombre existía en un campo propio. No era parte de esa comunidad universal que tenía como origen a Adán, de cuyas entrañas fue posible la descendencia. Era absolutamente externo a él, y eso fue embrionario del odio que pronto desataría la guerra.

– Debes escribir esta historia.
– ¿No me cree, verdad?
– Lo que digo debe honrarte.
– Lo que dice, Octavio, me desafía.
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Fernando despertó más temprano aquella mañana, dispuesto a leer la Biblia; puntualmente el capítulo del “Génesis”, del surgimiento del hombre en el Edén: “El día en que Yavé Dios hizo la tierra y los cielos, no había sobre la tierra arbusto alguno, ni había brotado aún ninguna planta silvestre, pues Yavé Dios no había hecho llover todavía sobre la tierra, y tampoco había hombre que cultivara e hiciera subir el agua para regar toda la superficie del suelo. Entonces Yavé Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre tuvo aliento y vida”. Hizo un esfuerzo por imaginarse a ese hombre primario. Se miró semidesnudo sobre las sábanas, pretendiendo hallarlo en sus músculos y pliegos. Se improvisó en los campos del Edén, próximo a una Eva bellísima. Quedó un tiempo aguardando la nada y regresó a la lectura.

Camino al trabajo pensó en Augusto. Tuvo deseos de verlo luego de una semana de no hacerlo. Oyó un grito y luego la estampida de un auto que pronto se perdería en la inmunidad de la noche. Apretó la Biblia y mencionó un nombre, varias veces, hasta llegar a su casa.
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– Volviste… pensé que no ibas a hacerlo.
– ¿Creyó asustarme la última vez?
– Tal vez. Ahora, aguarda unos minutos aquí.
– ¿Necesita que ayude en algo?
– Necesito que esperes.

Fernando quedó en el hall del edificio. Una vieja casona que, según pudo informarse, perteneció a una familia aristocrática que vivió a comienzos del siglo XIX. Restaurada en algún momento, muy habitada y cubierta de vulgaridad en los detalles y la decoración.

Pasados quince minutos, entendió que había esperado lo suficiente y se acercó a la habitación. Nuevamente se encontró con Augusto de pie, junto a la ventana, reverenciando al sol que inundaba el jardín trasero del geriátrico. Una hermosura de parque ahogaba a Octavio, mientras frotaba sus dientes saboreando las palabras que melódicamente llegaban. Cuando repararon en Fernando dieron por terminada la escena.

– Puedo esperar un tiempo más si lo necesitan.
– No, está bien, quédate aquí. Ya no hace falta –dijo Octavio despabilando su rutina humorística–.
– Sí, querido, ponte cómodo. Con Octavio tenemos todo el tiempo para estar solos.
– Además, Augusto ya no me gusta, está muy viejo.
– Si no fueses ciego, verías mi parecido a Federico Luppi. Te harías pis encima, abuelito.

Fernando compartió la risa y la complicidad de aquellos hombres. De algún modo, los envidiaba; en la precariedad de sus posibilidades habían alcanzado cierta dignidad, alejada de la escoria que esparcía el mobiliario, de los malos tratos de las enfermeras, de sus propias enfermedades. Habían edificado una relación sólida, desprovista del recelo que lamina muchas amistades entre pares, reverenciando la competencia como sana dialéctica.

–­ Quiero confiar en ustedes algunas lecturas.
– ¿Qué has estado leyendo? –preguntó Augusto con evidente interés–.
– La Biblia; el “Génesis”.
– Ya le enfermaste la cabeza al chico con tus historias –agregó Octavio apretando la risa con su mano–.
– Quise hallar algo que permitiese la aparición de un tercer hombre.
– ¿Te has quedado pensando en eso?
– Un buen rato.
– Bien, si quieres, puedo ahondar un poco más en la teoría de Cisplisius.
– No, otra vez no –soltó Octavio–.
– Duérmase, compañero, si quiere.
– Si pudiese caminar me iría al jardín.
– Entonces, haga silencio y deje escuchar.

Augusto recaló nuevamente en la obra de Denevi para demostrar que el absurdo y la improbabilidad son variables en las que puede devenir una historia. Contó, entonces, los pormenores de Isabel I de Inglaterra, que al parecer no fue una mujer sino que se trató de un hombre –tal vez el caso más resonante de travestismo– mutilado por el conservadurismo ante el posible acontecimiento más bochornoso que podría haber tenido la corona británica. Este episodio –histórico– fue posible a causa del patetismo de Ana Bolena, madre del hombre en cuestión, que prefirió salvar a su vástago con esta estrategia, ante el odio irrestricto de los otros hijos de Enrique VIII y las especulaciones del resto de los protagonistas del quehacer político de la época.

De todos modos, la historia de Isabel I no entusiasmó a Fernando y Octavio, que pronto pidieron que continuara con la teoría del tercer hombre. Augusto aceptó no sin antes criticar la poca perversión de sus compañeros.

– El tercer hombre, igual de bello, inteligente y potente que Adán, no permitió la aparición del amor, siquiera algún tipo de aproximación (quizá pseudo-sexual de Adán, lo que equivaldría al origen de la homosexualidad, por lo menos entre los mortales) sino que evidenció los pormenores de un caso semejante al vivido por Narciso, muy bien relatado en la mitología griega; esto es, el amor que puede sentir alguien por sí mismo; incluso, superior al que pueda manifestarse por otro ser; y en esto sumo a los hijos y familiares directos. Adán se reconoce en ese tercer hombre, surgido de la nada, en los confines del Edén, con cuyas manos ha trabajado la tierra del mismo modo que él, y con cuyas piernas han surcado los caminos de igual forma que él. Descubrió que ese hombre también ponía nombres a las cosas, nombres que el mismo Adán hubiese puesto a las mismas cosas. Que reinaba sobre los animales y las plantas despertando el mismo respeto y reverencia que él. Que a los ojos de Eva resultaba igual de hipnótico; incluso, mostrándose como origen de ella: carne de su carne. También se exhibía desnudo, sin atisbos de vergüenza, alejado de la potestad de Dios y toda reverencia divina.
Podía no estar Adán y el mundo no lo hubiese sentido; tenía al hombre que necesitaba.
– Bien podía ser Adán el tercer hombre –agregó Octavio–.
– Era su obsesión, la manifestación de sus miedos, su propia proyección –remató Augusto–.

Interrumpió la sirena de una ambulancia. Fernando se asomó al pasillo y alcanzó a ver la frenética corrida de dos camilleros hasta la habitación contigua. De allí partieron con una mujer que parecía dormida.

Luego tres enfermeras, a los empujones, hicieron que todos regresaran a sus cuartos. Tardó en irse esa sensación de finitud.

– Seguro se trataba de Hortensia –apuntó Octavio–.
– Era cana, de pelo largo y vestido negro –dijo Fernando–.
– Era Hortensia por la forma de gritar de las enfermeras –sentenció Augusto–.

Fue difícil retomar la charla. Quedó en el ambiente el dolor. Se miraron entre ellos como culpándose de algo. Luego sobrevino el tema, que se acercó a modo de pregunta.

– ¿Cuál fue el vínculo que tuvo Eva con el tercer hombre? –quiso saber Fernando–.
– Uno muy especial.

Augusto dejó escapar una tímida sonrisa que contrastó con la sequedad de Octavio. Aprovechó la expectación para reclutar ideas antes de dirigirse al joven.

– El sentimiento de Eva, obviamente, fue distinto al de Adán. Se dio la lógica del amor demencial por lo prohibido; la tentación de lo que no se debe, y la traición. Ella oriunda de las entrañas de Adán versa su pasión por un externo, alguien por fuera de su objetivo monogámico de reproducirse con el hombre para el que fue creada. Sin embargo, oculta su pecado en la castidad de sus actos. No llega a concebir con el tercer hombre, siquiera a manifestarlo, pese a su obsesión. Además, se dará cuenta que Adán la desea más que antes.
– Traición… un sustantivo que se repite en la Biblia con frecuencia.­
– ¿Sabe algo de traición, Octavio?
– No tanto como tú, viejo compañero.
– Les diré quien ha sido la máxima víctima de la traición. No fue Jesús, sino el vituperado Judas Iscariote.

Augusto largó su humanidad sobre la mecedora. Quedó suspendido por el temor de revelar algo destinado a permanecer oculto. Reconoció el peligro y la ambivalencia de la contradicción: había llegado muy lejos. Cometió la herejía de disculparse por el silencio que antecedió la historia. A partir de allí, pobló sus manos y su rostro con las sombras de la leyenda.

– Judas asistió a la reunión como un invitado sorpresa, imaginando el interés que despertaba. El hallazgo de un texto en copto, del siglo IV d. C., permitió la resignificación de su legado frente a la doctrina ortodoxa de la Iglesia. Seguramente el filósofo de Alplón hubiese encausado ese evangelio para sostener su tesis, pero fue tardía su aparición, hoy al borde del descrédito.
– Sin embargo, queda usted sosteniendo el descubrimiento, abocado a la reescritura de Iscariote como inclemente siervo de Jesús, muy lejano al traidor que narró la Iglesia cristiana en sus incipientes años −animó Octavio sin observarlo−.
– Gana quien gana la discusión. Quien pueda sostenerlo con el ejercicio del poder remató Augusto−.

Continuó su relato con los detalles del manuscrito y la ponderación de la amistad entre el Mesías y Judas, y la autorredención que parece estar perfilando Iscariote cuando, frente al desenlace condenatorio, obedece la voluntad de Jesús, proporcionando a la historia un personaje crítico.

– Queda la culpa atada a un acto de amor. Como el mártir que entrega su vida por una causa que lo trasciende y lo sublima.

Poco más dijo Augusto antes de perderse en el tenue vaivén de sus perturbaciones. Fernando notó el cansancio, también Octavio. Tomó su abrigo y se despidió.
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Apareció por el geriátrico dos meses después, algo apenado y poco entusiasta. Confesó a los ancianos su autoprohibición; o mejor dicho, la sustitución de las visitas por un furibundo apego a una chica, vecina de su edificio, que conoció cuando prestó sus brazos para una mudanza. La describió como alguien excéntrica desde su vestuario hasta el modo y la forma de hablar. En verdad, comparado con él todo validaban como original; su estilo había sido definido por la santa Inquisición.

– El chico cree que viniendo cuando se le antoja nos tiene siempre moviendo la cola y comiendo de su mano. Se equivoca –dijo Augusto, molesto por la prolongada ausencia de Fernando–.
– Acaba de contarnos que conoció a una chica. Además, no está obligado a visitarnos.
– Meditando las últimas palabras de Octavio, despachó: Es cierto. ¿Por qué entendí que entre nosotros había algo?
– Mejor me voy. No fue buena idea…
– Siempre son buenas las visitas. Por aquí nunca viene nadie, hijo.
– No creo que él piense lo mismo
–dijo Fernando señalando a Augusto–.
– Puedes estar seguro. Todo este tiempo no hizo otra cosa que hablar de vos, de lo mucho que se había encariñado.
– Debí venir antes, lo entiendo. Pero ahora mejor regreso a mi casa.
– Por favor…
–soltó Augusto dándole la espalda–.
– ¿Para qué?
– A veces me comporto como un niño. Además, aún tengo cosas para contarte.

Se habían perdonado sin decirlo. Y sin preámbulo Augusto continuó con la historia.

– ¿Les conté cómo murió el tercer hombre?

Fernando se sentó en la cama de Octavio y sacó de su mochila lo elemental para armar el mate: yerba y un termo con agua caliente. Sobre la mesa de luz subsistía medio paquete de galletas sin sal que prácticamente no se tocaron. Un ferviente Augusto cortó el enigma diciendo que la muerte del tercer hombre –y su posterior silenciamiento por parte de la Iglesia cristiana– tuvo claras repercusiones para la posteridad, incluso con alcances en el resto de la humanidad. El no poseso de su cuerpo por parte de Adán (en definitiva, su propio poseso) y –aunque puesta en un segundo plano– por parte de Eva, dan lugar al juramento: su aniquilación.

Así como Aminia, en la versión beocia de la leyenda de Narciso, que frente al desprecio y rechazo de éste decide quitarse la vida, corresponde una maldición antes de hacerlo. Los dioses, concediendo el pedido a Aminia, acaban con la vida de Narciso. En el correlato bíblico, Adán traiciona su condición de elegido y el privilegio de vivir en el paraíso por la necesidad de dar muerte a su simulacro. Aquello que otrora lo había encandilado definitivamente había puesto en peligro su potestad sobre lo conocido y lo trascendental de su existencia. Pide a Dios que le quite el habla y la pericia del movimiento. Pronto que deje de proyectarlo vivo sobre la faz de la tierra.

Dios accede al reclamo de Adán; a decir verdad, encuentra en peligro la continuidad de la raza y por consiguiente el riesgo de ruina, descenso y mutación del hombre hacia la decadencia.

Esta escisión entre el sujeto y el hecho sumerge a Adán en el vacío y el desprecio, de tal forma que a partir del deceso poco más tendrá sentido para él.

¿Y Eva? Pobre Eva. Acató las órdenes de Adán y se dejó someter sin desearlo. De ese desamor surge el hombre.

– Y todos nosotros –remató Fernando–.

Augusto mostró una pesadez poco habitual. Por lo general, luego de sus relatos, podía verse en su rostro la candidez del protagonismo, cierto brillo y algo rosadas las mejillas. En cambio ahora dejaba al descubierto una fatiga preocupante. Respiraba profundo, con dificultad.

– ¿Qué te pasa? –preguntó Octavio–.
– Estoy un poco cansado, nada más.
– ¿Llamo a la enfermera?­­
– No, con acostarme alcanza.
– Hijo, fíjate si tiene fiebre.

Augusto se tapó hasta el cuello con la frazada y con la manga de su camiseta secó la transpiración de su frente. Bebió de un sorbo el agua que le acercó Fernando en un vaso. En ese estado de indefensión dejó que el chico le acomodara el cabello y las colchas. Un gesto que prefirió ignorar al fijar la vista en la ventana.

Alertó a sus compañeros con la versatilidad de su estado de ánimo, propio de aquellos que despliegan una doble personalidad. El último Augusto, enfermo y silencioso, reprobaría la mediatización del primero. O peor aún, buscaría ignorarlo tal como hizo el Borges adulto con el joven luego de 1935 tras publicar Historia de la eternidad, según la tesis del ensayista e historiador, Norberto Galasso.

Augusto no era Borges; pero Fernando se animó a asociarlos al ver cómo el viejo se enredaba en sus enfados; incluso, ensayando una especie de autocrítica al sentirse sobre las cuerdas por la creciente fatiga.

– Hablar me cansa. Tendría que mantener mi boca cerrada.
– Eso no va con vos
 –desafió Octavio–.
– Debería.

Se produjo un silencio incómodo, casi ofensivo. Fernando entendió que era momento de abandonarlos.

– Mejor me voy. Aún me quedan cosas por hacer.
– Te agradezco los mates, no tomé ninguno.
– Es que se la pasó hablando…
– No te prestes al juego, hijo. Mejor ve a tu casa, ya es tarde –compadeció Octavio–.
– Puedo dejarles el termo y la yerba.
– No es necesario
 –completó Augusto–, la caridad luego pide favores.

Fernando cargó la mochila sobre su espalda y le obsequió un beso en la frente a Octavio. Por lo demás, ya no estaba interesado. Pero cuando se disponía a dejar el geriátrico, alcanzó a escuchar:

– ¿Te conté que conocí a Dorian Gray?

El joven Augusto estaba de vuelta, y con él su admiración. Reparó en sus manos, la precisión de sus palabras, la impaciencia que traía aparejada cada historia sublime; y para el resto, la expectación.

Corrió las colchas hacia un costado, puso su cuerpo de perfil, y cuando tuvo a todos de frente empezó con los detalles de Gray.

Quedaron reunidos un tiempo más. Augusto bailaba sobre los términos; andaba en puntas de pie, suspendido en la espesura de las palabras.
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Los días que siguieron encontraron a Fernando inmerso en los encantamientos que privilegiaba Reina Ibarra, su vecina. Lo singular de la relación era que ambos asomaban a nuevas pasiones: por el lado de ella el diseño gráfico, por el lado de él la literatura. Trataban de complementarse en esa especie de simbiosis que proyecta todo romance cuando se inicia.

En la intimidad de su departamento, acompañado por Marco Denevi, recordó a Augusto en estas líneas: Judas es un recurso dramático exigido por la mecánica de la Pasión, un personaje ideado por Dios para que asuma el papel individual del traidor. (Fin de toda discusión teológica sobre Judas). Ensayó unas líneas sobre el inmenso blanco del papel que terminó por marearlo. Humillado, prefirió continuar con la lectura.

Una tarde cualquiera, a la salida de su trabajo, compró el ensayo de Norberto Galasso, Jorge Luis Borges, un intelectual en el laberinto semicolonial, y pudo renunciar, en parte, a su abstinencia borgeana y apreciar la crítica como requisito del conocimiento. Estaba complacido con la decisión.

Una madrugada cualquiera, fugitivo del sueño, intentó escribir nuevamente. Esta vez dejó sobre el papel una frase: El misterio es temor íntimo, indecible, que nada de lo originado puede inspirar. Se apartó para ver su forma y releerlo. Sin dudas, ignoraba algo de todo aquello.

En su cama descansaba ella. Él la observaba complacido de tenerla. Advirtió su fortuna y la precariedad de su experiencia.

La mañana siguiente se excusó en el trabajo. Le dolía un poco la cabeza y el estómago, y prefirió tomarse el día para visitar a los secuaces del geriátrico. Optó por la hora del almuerzo.

Llegó cargando dos bolsas de nylon y el equipo de mate. Saludó con desgano al recepcionista y a dos enfermeras que cruzó en el pasillo. En la habitación descubrió a Octavio durmiendo y la cama de Augusto vacía. Dejó las bolsas sobre la mesa de luz y despertó al viejo con cuidado.

– ­Fernando, ¿qué haces aquí?
– ¿Dónde está Augusto?
– ¿No sabes nada?
– ¿De qué habla?
– Se lo llevaron. Se descompuso y lo trasladaron al hospital.
– ¿Cuándo fue eso?
– Hace un par de días.
– ¿Qué le pasó?
– Dicen que fueron los pulmones. Pero las enfermeras no me dieron más detalles. Ni siquiera el nombre del hospital.
– ¿Usted cómo está?
– Bien, hijo, ando a tientas y postrado.
– ¿Sabe si vuelve?
– Eso nadie lo sabe.

Estaba aturdido. Lisonjeó el frío lecho, que ahora resultaba extraño, y se acostó. Octavio lo privó del momento con un pedido.

– Hijo, ¿no me dices cómo luce el jardín?
– ¿Cómo dijo?
– El jardín… ¿quisiera saber cómo lo trata el día?
– Claro…, cierto.

Se reestableció cerca de la ventana y descubrió la obra de Augusto. Del otro lado del vidrio se esparcía, estrecho y frondoso, un río de escombros y elementos maltrechos. Resultaba imposible la llegada del sol por las altísimas paredes que lo circundaban. Ropa de cama sucia, desechos patológicos, pañales usados, basura y muebles desvencijados.

Aquello se mostraba como metáfora de la muerte, del inminente acabose de los ancianos. Tragó saliva. Hizo una pausa, improvisó una expresión de asombro y largó el relato.

– Es hermoso el jardín cubierto de sol, con el césped crecido y las flores refulgentes de aromas. No creí que fuese tan grande ni tan pintoresco. Ahora entiendo porque Augusto dormía de éste lado del cuarto. Creo que lo que crece en el fondo, entre las enamoradas del muro, es un rosal, de matices amarillos. No había visto uno antes. ¿Le gustan los pájaros, Octavio? Aquí hay de todos los tamaños. No cantan porque tienen sus picos en las ollas de polen.
– Así debió lucir el Edén.
– Seguramente, así como lo veo.

Fernando siguió con el relato, y mientras lo hacía tuvo la certeza de que no regresaría.

Salió apurado, sin despedirse, hacia cualquier parte, atropellado por la angustia. Su mente recuperó a Augusto apoyado contra el marco de la ventana, hablando con fantasmas, y entendió: el viejo era el tercer hombre; aquel que posibilitaba el encuentro, incluso la unión entre él y Octavio. Pero ahora que no estaba dejaba las cosas desprovistas de sentido. Encontró una plaza y ahí quedó. Del interior de su campera retiró una libreta y un lápiz negro. Sobre el margen superior escribió: Teoría del tercer hombre. De Augusto Aragonés. De algún modo esa historia inmortalizaba a los tres.

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