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Nuevos Aires

En esta oportunidad el autor imagina la ciudad administrada por un culto ingeniero que, con sus innovaciones, la convierte en una más filosófica.

Vivo en una ciudad administrada por un ingeniero. Pueden creer que eso es una ventaja, imaginando una infraestructura transformada por el bien de sus habitantes y visitantes, pero no, excepto que así se perciba lo que ha venido pasando los últimos años. Comencemos por el distrito de gobierno, invención a través de la cual el ingeniero quiere demostrar que es un hombre culto. Tan demostrativo se puso, que llamó a todas las calles del distrito “esta”. Semejante estrategia russelliana es delirante: quedar con alguien en la esquina de esta y esta, indicarle a alguien que camine dos cuadras derecho por esta y luego gire hacia la izquierda por esta para finalmente doblar a la derecha por esta hasta toparse con la cortada esta… Es cierto que el transeúnte siempre sabe que va por esta calle pero ¡¡¡¿cuál?!!! Sospecho una broma del ingeniero por el cartel colocado en el frontispicio del palacio de gobierno, en el que se lo ve tomando cierta parte de su anatomía mientras grita: “¡¡¡ésta!!!”.

Las veleidades del ingeniero no terminan ahí. Es sabido que la multidireccionalidad y flexibilidad son un signo de nuestra liquidez, pero tanto cambio todo junto nos está licuando y liquidando. Si no, qué me dicen de una calle que cambia de manos tres o cuatro veces en pocas cuadras, o la peatonalización simultánea de decenas de cuadras, con bici-sendas que pocos ciclistas aprovechan. El microcentro se debería llamar “la zona” y junto a los kioscos de alquiler de bicicletas debiera haber servicio de stalkers. Es que como en la película de Andréi Tarkovski, por el microcentro no podés ir en línea recta, hay que andarse con cuidado y con rodeos todo el tiempo.

Pero fuera de discusión, las innovaciones más audaces están en la nueva presencia de la filosofía en la ciudad. Ya hablé de la estrategia russelliana para los nombres de las calles del distrito de gobierno, ahora tenemos que hablar del cambio de nombre de la vieja y querida “Avenida Rivadavia”, que la voz y la música de Javier Martínez llevara a la gloria.

Vaya que meterse con uno de nuestros mitos más queridos, “las avenida más larga del mundo”, rebautizada y redireccionada por el ingeniero. ¿Qué? ¿No se habían enterado?

El nuevo nombre de la avenida es “desconstrucción”, sí, como lo leen, ¡es que el ingeniero no se anda con chiquitas, eh! Y así como antes Rivadavia tenía la propiedad de cambiarle el nombre a las calles que la cruzan, ahora la nueva avenida, dado el creciente nominalismo esencialista de nuestro tiempo, tiene la propiedad de desconstruir lo que pasa por ella. Es una propiedad machadeana que hace que todo pase y todo quede, con lo que los despelotes de tránsito han aumentado considerablemente desde el cambio.

Sin embargo, donde el ingeniero hizo su trabajo específico, es en el hecho de haber llevado a Rivadavia hacia ¡Parque Chas! Sí, es al famoso barrio porteño adonde lleva la desconstrucción. Y el barrio no podía permanecer indemne al espíritu fáustico del jefe. Todo Parque Chas fue rodeado por el callejón Ludwig, mortal para quienes lo intenten cruzar con la despreocupación de un transeúnte común.

Les revelaré este secreto para que puedan disfrutar de los nuevos bares filosóficos que fueron creciendo dentro del barrio. Hay una sola manera de cruzar el callejón Ludwig conservando la capacidad de disfrutar de bares temáticos, en especial los filosóficos. Debes soñar mientras lo haces y no dejar de decir “estoy soñando”. Es que es sabido que nadie puede afirmar que está soñando mientras lo hace, por lo que si lo logras, el callejón Ludwig no podrá hacerte nada.

En un comienzo pocos lograron atravesar el callejón, pero los que lo hicieron descubrieron una fórmula que usan para fabricar unas pastillitas que regalan en su bar mil mesetas. Es un bar que, si Parque Chas tuviera centro, allí quedaría. Y es sensacional. Mucho mejor que el bar de John. Te doy un ejemplo de por qué. En mil mesetas todas las personas se multiplican y pertenecen a multiplicidad de sexos, por lo que ¡imagínate las posibilidades! Lástima que los tragos no se multiplican pero prometen corregir esta limitación.

El bar de John, en cambio, es mejor para borrachos, pues su característica principal es hacer cosas con palabras, por lo que dices repetidamente “whisky” y tu whisky se multiplica, pero como sólo pueden hacerse cosas con palabras… vos me entendés.

Hay muchos bares temáticos más en el nuevo Parque Chas. Forman parte de los nuevos aires que involuntariamente ha traído el ingeniero. Una expresión de la resistencia urbana ante tanto atropello, aunque las malas lenguas dicen que, por ejemplo, mil mesetas es un embuste del ingeniero para barrer con el callejón Ludwig y su prometida paz. Esta historia continuará…

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