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Diario de no escritura

El autor de Ficciones filosóficas (Corregidor), comparte con nosotros un fragmento inédito de su Diario de no escritura, en donde despunta una escritura de la nada, del sólo deseo de escribir: una escritura pura.

1.

Otro día ha pasado y casi no hay memoria de lo que hice hoy. Aunque algo recuerdo: fui al parque. Fui al parque e intenté pensar, lo que es más fácil cuando camino un largo rato.

Como el pensamiento falla, falla sin cesar, decidí suspenderlo, ponerlo en penitencia, dudar de su evidencia o simplemente tomar distancia -lo que sucediese primero-. En mi adolescencia ya había intentado hacerme taoísta, lo que es relativamente sencillo si uno se atiene a la lectura en traducción del Tao-Te-King. Si uno desea ingresar a un monasterio, tomarlo en serio, seguir a un maestro, la cosa se complica. Pero la esencia de las enseñanzas de Lao-Tse es, justamente, la simplicidad. De modo que, imbuido de ese espíritu, a los catorce o quince años, no me pareció incoherente convertirme de manera natural e instantánea, luego de leer cinco o seis páginas.

Así que, fracasado en mi esfuerzo de racionalizar, no pudiendo sacudir mis estados de ánimo a fuerza de dialogar conmigo mismo, decidí volver a las fuentes, a mis primeras intuiciones. Decidí dejar de pensar y ser uno con el universo o conseguir la iluminación, para decirlo de un modo muy barato. Para lo cual, debo aclarar, ya no me hace falta ser taoísta ni budista ni fingir ser parte de una tradición que no comprendo. Simplemente me dispongo a recuperar un saber que es similar al saber andar en bicicleta (o caminar por la cuerda floja, si queremos ser más dramáticos).

Como me cuesta recuperar la confianza, he de probar el método kamikaze que consiste en lanzarse al vacío. O abrazarlo, lo que suena más amable, menos suicida.

 

2.

Diario de la nada, registro del no-hacer, informe sobre el ocio. Escritura pura, garabatos sin contenido.

Recién vino la vecina de abajo y me trajo sopa de minestrone. Nunca hemos hablado más de dos palabras. Si no fuese porque profeso lo que llamaría -¿cómo llamarlo?- un misticismo nihilista, digamos, lo tomaría como un signo: el universo comienza a responder, me cuida, me alimenta, me envía una abuela, ya ni siquiera tengo que cocinarme, la comida llega a mi puerta justo al mediodía. De todas maneras, la sopa estuvo rica de verdad.

 

3.

Desubstancializar la experiencia es más fácil por la mañana. La realidad es más fluida, aun no logra reconstituirse plenamente después de ser aniquilada durante la noche. Tomo un café para despertarme, pero no es cafeína lo que necesito sino el ritual que me anima al mundo. Odio que suene el teléfono temprano, que el universo irrumpa cuando no estoy listo.

Debería inaugurar el diario de las caminatas. El diario de la no escritura lo dejo para los días en que ni escribo ni camino, los días malos del año. Los días en los que camino pero no escribo, que suelen ser bastante mejores, los registro en un diario que inauguro para tales ocasiones. Caminar es una actividad importante en mi vida, una actividad metafísica, ligada a un mundo de exploraciones y aventuras. Sin duda, merece su propio archivo.

Y porqué no el diario de los cafés mañaneros, el diario de los despertares, de los sueños, de los modos nocturnos de procesar la lectura. Sólo lo ínfimo merece nombre. Mi gato no -no necesita nombre, mucho menos tres, como sugiere Elliot en un poema- del mismo modo que no le pongo nombre propio a mi almohada ni a los sillones de la casa. Lo llame como lo llame, el gato viene cuando quiere. A las montañas y a las ciudades se las nombra sólo porque la gente carece de espíritu aventurero y teme tomar el bus equivocado. Sólo lo ínfimo necesita ser defendido de la nada.

 

4.

Cuando no escribo, simplemente apreto teclas y junto palabras. O reflexiono. Lo que es una forma de no escritura. Lo que no me permito es tachar, excepto que aparezca una errata o no sé, algo que no debe estar donde está, porque interrumpe. Y otra regla que me impongo (las voy pensando mientras anoto): no paro por más de unos segundos (como en el básquet, hay que pasar la pelota). Y estas reglas bastan por ahora. Poca edición. Nada no se puede. No voy a prometer lo que no es. Pero poca, eso sí. La edición es como el maquillaje: no es que tenga que parecer todo muy natural o espontáneo, pero tampoco hay que producirse como cantante de ópera.

Vuelvo al grado cero de la escritura. La escritura en la que sólo hay deseo de escritura. Y de ninguna otra cosa más. La escritura que devora su objeto,  que no deja siquiera los huesitos.

 

5.

No voy a escribir aforismos ni poemas. Ni siquiera poemas zen. Este es el diario de mi iluminación, digo como quien abre una lata.

No tengo nada que decir, sólo se trata de mover los dedos sobre las teclas del laptop y hacer sonar mi rítmico teclado. Si miro en mi interior, no veo nada… Ni siquiera tengo interior. Cuando digo que me aburro o que mi estado anímico se parece bastante a la tristeza, ¿qué digo? Interpreto, etiqueto y archivo algo mucho más complejo. No sé de qué trata eso.

Las emociones son objetos bastante raros, porque no se perciben como objetos, sino como lentes que cambian nuestra percepción. Invisibles ellas mismas, lo que se hace visible, en cambio, es el objeto gris o nublado en que repentinamente se transforma el universo. Las emociones son lubricantes que actúan sobre las cosas, le dan textura al mundo, lo hacen más o menos pastoso, áspero, resbaloso, flexible, jugoso.

Los estados de ánimo suelen venir acompañados de un componente -cómo decirlo- epistemológico. Es decir, no es que uno simplemente sienta algo, como mariposas en el estómago o un cataclismo en el pecho, sino que, lo que sea que nos ocurre (y en verdad suele ocurrirnos muy poco) arrastra o incita o se asocia con ideas sobre las que las emociones actúan como un lente de aumento, transformando la imagen de las mismas, agigantándolas y dándole de esa manera peso y realidad a cualquier fantasía.

Las ideas, las creencias, las certezas, representan la capa más superficial de la inteligencia. Como esa capa en la leche que se ha solidificado y se pega a los bordes de la taza. Prestarles demasiada atención es como fijarse en las ramitas arrastradas por un río sin percibir el movimiento de las aguas.

El susto era la emoción que me conectaba con el mundo, la relación más básica que tenía con toda persona, cosa o actividad. Ahora cultivo una indiferencia total por los niveles macro del ser, las grandes narrativas sobre su ascenso y descenso, mientras presto mi más minuciosa y devota atención a los niveles micro, a saber: jugar con el gato, acariciarme la barba.

 

6.

Acabo de tomar un analgésico; no exactamente una aspirina, sino unos de esos que transmiten calma, que hacen que la vida sea más lenta y nublada…  El gato se ha subido sobre la cama (siempre se pone al pie a la hora de dormir… y todos juntos hacemos noche), Rebecca lee al Marqués de Sade… La radio está encendida y hay una mezcla de música dulzona y agradable: música para no ofender a nadie, diría yo, con un leve sabor étnico, con voces como venidas del África en un respetuoso segundo plano… La idea de poner música es ayudar a que venga el sueño, ayudar a desenchufarnos del estrés diario. Rebecca me dice que es música para fumar, que no le hago justicia con mis comentarios. Y que además no es la radio, sino un CD.

Podría escribir una oda al dormir con Rebecca. O sencillamente al estar a su lado. Ahora está leyendo. Lee con cierta intensidad, con una concentración en la lectura de la que yo no creo ser ya ser capaz. Y mientras lee, me toca el pie con su pie, los dedos de su pie sobre mi tobillo (el analgésico comienza a hacer efecto).

 

7.

Miro la pantalla. Solo miro la pantalla.

Encantado de mi diario de la nada, con su mera puntualidad, con el rechazo de la fatigosa tarea que consiste en tener que arrastrar, conectar o relacionar a los empujones una cosa con otra para formar un relato.

Arte de no escribir, de mirar con mirada vacía largo rato la pantalla, de deslizar los dedos sobre el teclado por el mero gusto de sentir su movimiento, de escribir tres palabras y borrar cuatro.

 

8.

Mi vida sin un gato. Ahora que hemos olvidado a nuestro gato en Tucson o, para ser más justos con nosotros mismos, ahora que lo hemos dejado al cuidado de un amigo (amigo del gato, no nuestro, para seguir siendo justos), ahora que hemos olvidado lo que es tener un gato y las tareas domésticas de limpieza y desodoración de nuestro ambiente, me pregunto en qué consistió toda esa felicidad que sentimos alrededor de su alimentación diaria, de cambiar la arena de la caja, de hacerlo jugar para que no se deprimiese, de dormir incómodos en la cama para darle lugar, de dejar que nos despertase a la mañana o cuando se le diese la gana, de dejarle las mejores sillas reservadas, de desafiar alergias y otras pestes, de vivir sacando pelos, algunos de los cuales se instalaron en mis sweaters para siempre.

 

9.

Impredecible siesta. No sé si soñé. Creo que me mantuve muy cerca de los pisos superiores de la conciencia, ahí por donde se filtra cierta imagen vaporosa, no del todo solidificada, de las actividades de la casa, de Rebecca escribiendo en la sala, de lo que pasa a nuestro alrededor.

 

10.

Sentado en el sofá rojo con Rebecca, ambos escribiendo al mismo tiempo. Invento un juego: escribo cuando ella escribe y paro cuando hace una pausa. Presto atención a la manera en que respira su escritura, imitando sus ritmos, sus arpegios y silencios. Es como hacer música de cámara. Edito un poco lo anterior. Hago trampa.

11.

A la caza del presente sin ánimos de poetizar. Ni haikus ni fenomenología. Ningún aliento filosófico o literario.

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