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Un problema con la ropa: Brizuela, Lacasa y Genaro Berón de Astrada

Tomando la cuestión de la vestimenta como motivo central, la autora retrata la figura de Zarco Brizuela y, a través de ella, nos brinda un nuevo “fresco” de época.

El coronel Genaro Berón de Astrada, el mismo que quedó inmortalizado como mártir de Pago Largo, tardó cinco días en presentarse formalmente a aceptar el cargo de gobernador de su provincia cuando fue designado para reemplazar al recientemente fallecido Rafael León de Atienza.

Corría diciembre de 1837. Berón tenía treinta y tres años, era muy joven para envestir el cargo, pero su fama lo precedía y ejercía un notable ascendiente en los correntinos. Educado por Fray José de la Quintana, aquel notable sacerdote que dedicó dos tercios de su vida a la formación de la infancia litoraleña[1], había pasado por Buenos Aires donde trabajó como dependiente de una tienda. Para esa época, Corrientes –como gran parte del interior-, estaba empobrecida. A duras penas intentaba levantarse contra el incipiente monopolio portuario de la Capital, y se disponía a sacrificar su mejor juventud en el lance.

Genaro, de padres campesinos, no pertenecía a la clase acomodada de su ciudad. Era, en esencia, un militar. La etiqueta le importaba poco, y menos que menos, el decoro en el vestir. Joven y osado, con todo, lo cierto es que debía presentarse ante la legislatura de su provincia un mes más tarde para tomar el cargo, es decir, el 16 de enero a las nueve de la mañana, más precisamente, pero Berón no asistió a la cita sino hasta el día 21. ¿Por qué razón? El gobernador se excusó afirmando que estaba “rodeado de impedimentos”[2], pretexto que significaba una sola cosa: no tenía ropa buena para asistir al acto.

Cinco días tardó Berón en conseguir una camisa decente y un par de botas. Cinco días. Más le hubiera valido no presentarse a la ceremonia y con esto, evitarse una muerte segura: en 1839, durante la batalla de Pago Largo, murió junto a otros 1900 correntinos defendiendo la causa de su provincia. Se ha dicho infinidad de veces que al fallecer los federales que comandaba Pascual Echagüe, lancearon su cadáver, lo vejaron y hasta arrancaron una lonja de la piel de su espalda para hacer una manea, acto que unos le endilgan a Urquiza, y del que también se hizo eco José María Ramos Mejía[3].

Así las cosas, la anécdota de Berón de Astrada y su ropa no queda del todo aislada en tiempos de guerras intestinas.

El coronel Pedro Lacasa, quien pese a no tener educación formal se dedicó en el exilio a escribir[4], relató otro hecho relacionado con la vestimenta que no dejaba del todo bien parado al por entonces gobernador de La Rioja, Tomás Brizuela, llamado cariñosamente Zarco.

Lacasa, un porteño que había nacido en 1810, era edecán del general Juan Lavalle y hombre de su plena confianza. Para 1841, estaba en Cuyo con su superior buscando el apoyo de Brizuela, al que habían nombrado “Jefe de la Coalición del Norte” para que se uniera a la causa contra Rosas. Si Lavalle no era medido y denotaba no pocas veces un aire caprichoso e infantil, Lacasa, por el contrario, tenía las actitudes de todo un caballero, sumadas a su innegable sobriedad y ese don de sociabilidad que le faltaba a su jefe. Por esa causa, Juan Galo solía enviarlo a parlamentar con personajes difíciles o que le caían mal, como era el caso del gobernador de la Rioja.

Ernesto Quesada explicó con lujo de detalles la campaña a Cuyo emprendida por los federales en persecución de Lamadrid y Lavalle. Al héroe de Ituzaingó no le dejó pasar una, a pesar de que lo consideraba un militar excelente, pero también un estratega débil. Cuando recordó el incidente que lo distanció definitivamente del gobernador de La Rioja y quizás así, de un posible triunfo sobre Oribe, dejó claro que:

“Brizuela que, según cuentan las crónicas, tenía personales motivos de resentimiento con Lavalle (por cuestiones de faldas), le avisó en junio 14 que el estado de sus caballadas le impedía seguirle hasta El Sauce, y que había resuelto retirarse a Sañogasta. Lavalle, entonces, abandonó a Brizuela”[5].

Lavalle tenía problemas personales con el Zarco. Le urgía, por otra parte, coordinar con el riojano el apoyo de su gente contra Oribe, que avanzaba peligrosamente hacia Cuyo. Como no tenía tiempo, ni mucho menos ganas de ir hasta su casa –porque Brizuela no concurría con  frecuencia a la gobernación-, le ordenó a su edecán que fuera él, y Lacasa, disciplinado, obediente, hizo lo imposible por llegar a ver a cara a cara al jefe de la Coalición del Norte.

¿Pero quién era Brizuela?

Antiguo lugarteniente de Quiroga, tenía profundos ojos azules y desde muy joven estaba identificado con la doctrina federal. Acompañó al Tigre de los Llanos en El Tala (1826) y en Rincón de Valladares (1827), venciendo en ambas oportunidades a las fuerzas de Gregorio Aráoz de Lamadrid. Era gobernador de su provincia desde 1836 y rebautizó el Famatina como el “Cerro del gran Rosas”.

Después de Oncativo, Lamadrid invadió La Rioja y su segundo, el Coronel Pedro Melián, tomó prisionero a Brizuela. Lamadrid dio orden a Melián de que lo fusilara, pero el coronel hizo oídos sordos y le salvó la vida. Más adelante, al ser vencido Lamadrid, Brizuela se olvidó de la caballerosidad de Melián y lo hizo fusilar. La furia de Gregorio Aráoz fue antológica: vengó la muerte de su segundo matando a 200 prisioneros federales. En vista de este panorama, Brizuela huyó a esconderse en las sierras riojanas.

Así era el Zarco: audaz, pícaro, despertaba simpatía en los riojanos, quienes lo admiraban, lo respetaban y lo querían, hasta que algo cambió en su comportamiento y el hombre intrépido se volvió un pusilánime, se hizo torpe, soñoliento, se volvió alcohólico.

Los unitarios vieron ahí la oportunidad de contar con sus 1200 soldados, y lo tentaron para que se uniese a la Coalición del Norte, pero Brizuela, que ya dudaba de todo, también dudó de aceptar la oferta. Para seducirlo un poco más, lo nombraron directamente jefe militar de la Coalición, entonces el Zarco se tomó en serio su puesto, aunque aquel era un nombramiento efímero.

Está visto que Lavalle no lo quería, como en general lo despreciaban todos los unitarios. Lo hizo notar Quesada, lo traslució también Lacasa. Se decía más bien que Juan Galo quería a Solana Sotomayor, la esposa de Brizuela, a la que después de conocer en la finca de Hualfin, propiedad del gobernador, cortejó insistentemente para encerrarse cinco días con sus noches a disfrutar las mieles del amor en una habitación de la estancia.

Pero en La Rioja, el general Lavalle debía entrevistarse con el Zarco, sí o sí, y no había forma de que se encontraran. Es más, el día en que Lavalle conoció a la Sotomayor, fue por esperar a que el gobernador llegara a una cita en su finca, cosa que nunca ocurrió.

Cansado, Lavalle envió a Pedro Lacasa con órdenes de que lo encarara, así tuviera que sablear a sus laderos o quien se interpusiera en su camino.

Dice el edecán Lacasa: “Desde que el General Lavalle llegó a La Rioja, tuvo que luchar con la inercia y egoísmo del Jefe Supremo de la Coalición”[6]. Y sigue: “El día de nuestra llegada a La Rioja, el Gobernador de la provincia, general de sus ejércitos y jefes supremos de la Liga del Norte, se presentó al general Lavalle con el traje siguiente: sombrero guarapón blanco, con el ala extremadamente larga. Poncho a sabanilla de bayeta del pellón color de rosa. Pantalón de picote color polvillo. Zapatos blancos de cordobán, y un chaquetón de paño con vivos punzós, que tendría cinco o seis años de uso”[7].

Y aquí comienza a desarrollarse la segunda curiosidad que la bibliografía histórica de la época anotó sobre la ropa. El asunto es revelador: La Rioja, según la mirada inquisidora del porteño Lacasa, ha quedado en el tiempo. En eso contrasta el “interior”, totalmente fuera de moda, con la “capital”, donde hay tiendas para comprar buena vestimenta y hay reuniones sociales donde exhibirla.

Carretero en La llegada de Rosas al poder, se encarga de exponer con detalle el adelanto comercial que se presentó en Buenos Aires a fines de la década de 1820. Según uno de sus cuadros acerca de las variaciones del comercio en la Capital entre 1820 y 1828, anota que en el rubro “sastres” pasaron de 16 a 30 los activos en Buenos Aires; en cuanto a los “sombrereros”, aumentaron de 21 a 25; los joyeros eran solo 3 en 1820 y 18 en 1828[8]. Esto demuestra que Lacasa venía de una ciudad que pujaba por sus adelantos en la vestimenta, una ciudad que miraba a Europa y deseaba imitarla en el estilo y el gusto.

Así, el edecán, no conforme con lo que ya había expresado hasta el momento sobre Brizuela, siguió comentando: “Este tipo de la incuria y del atraso a que en años anteriores había reducido el General Quiroga la benemérita provincia de La Rioja, degollando y proscribiendo a sus más distinguidos ciudadanos (…), dio más trabajo solo al General Lavalle, que todos los ejércitos del tirano”[9].

Los razonamientos del coronel porteño son parciales y denotan su admiración, su fidelidad hacia el general Lavalle. De hecho, Lacasa lo acompañó hasta su muerte en Jujuy, y fue uno de los principales narradores del confuso hecho donde, otra vez, hubo enredo de faldas, pero que terminó con la muerte del militar al que Rosa llamó el cóndor ciego.[10].

Como en el caso de Berón, el gobernador de la provincia de La Rioja no tenía buena ropa, pero eso no quiere decir que el Zarco hubiera sido pobre. Nada más lejos de la realidad. Tomás Brizuela vivía a su manera y la ropa le importaba poco y nada. Lacasa, horrorizado, dice que pese a la pompa con que había llegado a la casa de gobernador, y a pesar de las amenazas que impartió asegurando que le habían ordenado “abrirme paso con el sable hasta llegar al lugar donde esté el Sr. Gobernador”, el riojano lo recibió sumamente calmado y le respondió en la mayor de las confianzas: “Amiguito, siéntese: hágame el favor de decirle de mi parte a mi General Lavalle, que él es el Gobernador de La Rioja, que es todo, que disponga lo que quiera, y dígale también, que si no lo he ido a ver estos días es porque no creía que los enemigos venían, y también porque le he tenido vergüenza, porque he estado un poco divertío”[11].

El ayudante de campo quedó confundido. Ese hombre al que juzgaba poco menos que como un cateto, había dado su veredicto: no quería saber nada con la gobernación ni con ser jefe de la Coalición del Norte.

Es posible que el mismo Tomás Brizuela no haya desentrañado la mirada inquisidora de Lacasa, su desprecio, sus aires, porque, fuera de que no era broma todo lo que ocurría en esa entrevista y sin tomar en cuenta el hecho de que el ayudante de Lavalle estaba de muy mal humor, el Zarco lo vio más bien pobre y se apiadó de su pobreza.

Pedro Lacasa transcribió fielmente el diálogo que siguió al primer comentario de Brizuela:

Amiguito, ¿usted estará muy pobre, no? –Señor, como todos-, pues tome, nos dijo señalando dos montoncitos de pesos fuertes, que había sobre la carpeta de una mesa colocada a la cabecera de su cama, esa pilita de pesos para que se remedie en algo; llévese la pila más muchita[12].

El gobernador de La Rioja se vestía mal, su ropa estaba totalmente fuera de moda. Le gustaba divertirse, nunca decidía lo que debía decidir, ni se apuraba en hacerlo, pero era el Zarco, el compañero de Quiroga, el íntimo conocedor de los Llanos…

Y no podía permitirse muchas cosas, pero sí regalar lo que era suyo. Y no solo eso, sino ofrecer a quien él quisiera la pila más muchita.



[1] José de la Quintana (1773-1862), el célebre educador franciscano, fue, antes de sacerdote, lava copas en una pulpería de Buenos Aires.

[2] El periodista mercedeño Horacio Antúnez rescató esta curiosa anécdota, junto con muchas otras relacionadas a su provincia y su ciudad.

[3] Lo cuenta en Las neurosis de los hombres célebres en la historia argentina, nuestro ejemplar tiene un estudio preliminar de Horacio González (Colección Los Raros, Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2013).

[4] Un año después de la muerte de Lacasa, su hijo, llamado también Pedro, se ocupó de publicar un libro que recopilaba poemas junto a la biografía de Lavalle. En el prólogo a Poesías y escritos del coronel D. Pedro Lacasa (Imprenta de la discusión, Buenos Aires, 1870), traza una breve reseña de la vida del militar.

[5] Ernesto Quesada, Pacheco y la campaña a Cuyo, Ediciones Pampa y Cielo, Buenos Aires, 1965, p. 62.

[6] Pedro Lacasa, Vida militar y política del general argentino don Juan Lavalle escrita por su ayudante de campo Pedro Lacasa, Corregidor, Buenos Aires, 1973, p. 154.

[7] Ídem.

[8] Andrés Carretero, La llegada de Rosas al poder, Pannedile, Buenos Aires, 1971, ps. 40-41.

[9] Lacasa, op. cit., p. 154.

[10] José María Rosa, El cóndor ciego, la extraña muerte de Lavalle, Fabro, Buenos Aires, 2008.

[11] Lacasa, op. cit, p. 156.

[12] Ídem.

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