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La experiencia de lo contemporáneo

En Fraude (Ed. Sequitur), Daniel Mundo analiza lo contemporáneo en tanto aquello que se encuentra más allá de la dualidad verdad/falsedad.

9788415707158

 

 

Fraude. La experiencia de la verdad en la época de la reproductibilidad mediática
Daniel Mundo
Ed. Sequitur, 2013
112 páginas

 

 

 

 

 

Los prisioneros de la caverna platónica no eran, en verdad, prisioneros. Su eikasía era aparente, pues ya habían realizado el camino de aquel que, curiosamente, se presentaría a sí mismo como un héroe. Sabían de ese afuera del que hablaría el otro, enloquecido, y conocían la potente luz del sol que, como le sucedería al rezagado, los había sumido en el pasado en una experiencia dolorosa. Cuando optaron por el regreso,  su elección no se basó en el temor hacia lo desconocido o en el deseo de comodidad, sino que fue consecuencia de una comprensión súbita: supieron, en ese instante, que el sol en el cielo, que los objetos alrededor suyo, eran tan reales como reales les habían parecido, durante toda su vida, los reflejos en la pared de la caverna. En su inducción primitiva, intuyeron que, acaso, podrían estar nuevamente dentro de una caverna, esta vez más grande, en la claustrofobia de una mamushka al infinito. Y que entonces ya no habría caverna. Como auténticos griegos que, explicaba Nietzsche, supieron ser superficiales justamente por ser profundos, decidieron volver a la caverna. Y cuando el que se creía mártir regresó, loco y enceguecido, no lo mataron por temor a sus verdades, sino porque sabían, ahora, que la distinción verdad vs. falsedad no podía sostenerse. Y que sus manos estaban cubiertas con la sangre de sus propias vidas.

“La manera de entender lo que es la profundidad cambió. Ya no se encuentra en lo oculto, sino en la superficie mediática producida por el montaje de imágenes”, apunta Daniel Mundo en Fraude. La experiencia de la verdad en la época de la reproductibilidad mediática. En la Introducción el autor expresa su deseo de esgrimirse como un “Sócrates contemporáneo”, para “infectar a otros con esa duda que carcome cualquier alternativa”, pero notamos rápidamente que su trabajo, en realidad, se acerca más al de Walter Benjamin: la lectura de su obra nos traslada a la experiencia del collage, y sus citas “irrumpen armadas”, por momentos incluso sin comillas, para asaltarnos como bandidos en el camino. Su súbito es similar al de las imágenes, que sin mediaciones, reemplazan el caduco “verdadero o falso” por la capacidad o incapacidad de imponerse en un aparecer repentino. Y varias imágenes se van imponiendo en el libro de Mundo, mientras en un sentido coral hablan Heidegger, Charly García, Cioran, Foucault, Baudrillard, Bergson y Calamaro. No para enunciar teorías, sino para generar la única crítica capaz de eludir el destino de volverse funcional a su opuesto: la de la afonía, la del tartamudeo.

Abandonando un relativismo trivial, su obra supone la audacia de proclamar, al menos,  una verdad: que la verdad es un fraude, y que el fraude es una forma de vida, acaso la única o la última forma de vida auténtica. Aquella que libera a la filosofía y le  permite dialogar, por ejemplo, con la literatura, para alcanzar fenómenos que las instituciones académicas han decretado indignos, y “recuperar el doble sentido de las banalidades, detenerse en las frases superficiales”. En las experiencias cotidianas,  personales, en las notas de diario, en escenas de ciertas películas que nos invita a ver de nuevo a su lado, Mundo oye algo. Escucha con atención, como el “Sócrates contemporáneo”  en que desea convertirse y del que también tiene algo, si consideramos que se trata de un Sócrates completamente nuevo, que ya no provocará el desprecio de la caverna en nombre de una verdad fuera de ella, sino que llevará a tal extremo la duda que nos hará dudar, incluso, del desprecio mismo a la caverna, tambaleando la división ontológica que es, en última instancia, una decisión política.

Como se le aparecía a Walter Benjamin el público del nuevo cine, los prisioneros que se han quedado -¿que han vuelto?- a la caverna no son ignorantes, y curiosamente, no están atados.  Las cadenas las imagina el que sale, sin notar sus propias rejas en la forma de un pensamiento dualista y excluyente contra el que Daniel Mundo esgrime toda su crítica. Por eso, la caverna se transfigura: ya no se trata de  un lugar estático de sombras y ecos repetidos eternamente, sino que está en constante movimiento, conteniendo un potencial revolucionario, pues “con cada avance en el frente de la técnica en general y de los medios de comunicación en particular la sociedad da un salto o un vuelco existencial”. Aquellos que están en la caverna, disfrutando de las imágenes que pasan, también han asumido una posición política, y acaso más audaz: la de buscar los dioses en la tierra.

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