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Memoria, arte y testimonio del horror

En el libro El silencio como palabra (Prometeo), Victoria Souto Carlevaro nos introduce en las argumentaciones desplegadas acerca de la cuestión del horror de los genocidios y su imposible, necesaria, prohibida representación artística.

     El silencio como palabra
     Victoria Souto Carlevaro

     Prometeo, 2011
     132 páginas

 

 

 

 

 

 

El silencio como palabra. Memoria, arte y testimonio del horror, de Victoria Souto Carlevaro, se destaca por una apuesta estética inusual en las publicaciones del campo de las ciencias sociales (el libro fue originalmente su tesis de grado, dirigida por Nicolás Casullo, y premiada por la carrera de Comunicación de la UBA). No basta con subrayar su pertenencia a la tradición del ensayo. El silencio como palabra… se despega del casillero marginal, simpático y diletante que la razón académica le reconoce al ensayismo, al que puede admirar o recelar alternadamente según los casos. En cambio, la pluma avezada de la autora no se sirve de la pericia lingüística para ornamentar el texto y volverlo agradable, estrategia que sería inconsistente no sólo con la densidad y la gravedad de su tema, sino directamente con las argumentaciones desplegadas en el libro acerca de la cuestión del horror de los genocidios y su imposible, necesaria, prohibida representación artística.

Lejos entonces de devaneos esteticistas, es la propia materialidad evanescente y difusa de los problemas que la autora indaga la que se ve honrada y enriquecida por su propuesta. El devenir-teoría de las adjetivaciones, la insistencia de las formas paradojales, quiasmáticas y aporéticas no son despliegue gratuitos de ingenio: muy por el contrario, una lectura atenta del texto arroja indicios de la prudencia con la que Souto Carlevaro contiene y regula su sofisticado andamiaje conceptual y poético para evitar cualquier exceso, excepto cuándo es el propio desenvolvimiento dramático de su materia el que reclama un desborde de esa índole.

Las tres dimensiones fundamentales de la cultura que este libro recorre −la memoria, el arte y el testimonio− se ven pues salvaguardadas por un tratamiento teórico que las dispensa de cualquier demanda de constituirse en objetos de identidad estable, de responder al imperativo racionalista de coherencia lógica, o de fungir como reproducción acabada de lo real. Es allí cuándo aparece el recurso a la aporía, la paradoja o el quiasmo. Así, afirma la autora, el acercamiento artístico al horror, “sólo puede tener en sus manos aquello que ya se ha fugado de ellas”. Así, “el silencio es la carne misma de la palabra proferida”; la exposición de los mecanismos de la memoria permite “desvestir un cuerpo desnudo”; y el imposible arte posterior al Holocausto debe pasar “de la agonía del lenguaje a la agonía como lenguaje”.

La emergencia del horror en varios acontecimientos límites del siglo XX profundiza las tensiones inconciliables a las cuáles son sometidas los regímenes inestables de la memoria, el arte y el testimonio: por un lado, la aparición irreversible de lo ominoso en la historia instala la exigencia de que mediante alguna de estas formas culturales pueda reponerse la inteligibilidad de lo sucedido. Pero al mismo tiempo, el horror pone de manifiesto la insuficiencia de toda intervención que aspire a restituir una imagen objetivada de estos hechos monstruosos. Más aún, es esta instancia agónica la que permite reconocer retrospectivamente el silencio que habita en toda palabra proferida; en todo testimonio, en toda obra de arte, en toda actividad anamnética, aún cuando no refieran expresamente a un trauma colectivo. El hecho de que el horror más radical pueda legar al pensamiento crítico algún saldo cognoscitivo singular, es uno de los cuantiosos enunciados incómodos a los cuales la autora se aventura con valentía a lo largo de su recorrido. A pesar de la precisión teórica que caracteriza a este trabajo, también lo atraviesan polémicas que adquieren un registro más expresamente político, en direcciones siempre cuestionadoras de las formas cristalizadas de lidiar con la memoria del horror. Como dice la autora, “un recuerdo que no cuestione sus propios mecanismos… (termina) destruyendo lo que de él es preciso proteger”. El afán en principio encomiable de preservar del olvido los crímenes genocidas puede generar la impresión equívoca de una restitución plena del pasado, y es entonces que, nos alerta Souto Carlevaro, “cuando la memoria cree ganar su batalla, cincela en piedra su propio epitafio”.

La forma en la cual en el texto se desandan los escarpados territorios de la imposibilidad es igualmente ejemplar. También en este aspecto el libro rehúye con ahínco cualquier derivación que estetice lo inefable, que bajo la apariencia de otorgarle un nombre a las aporías suscitadas por el horror, en realidad genere un efecto tranquilizador que inmovilice esas peticiones imposibles en una fórmula intelectual normalizada. Victoria Souto Carlevaro no se solaza con lo inefable, ni con lo imposible ni con el silencio. No son estas cristalizaciones conceptuales inmovilizadas, sino demandas permanentes que habitan, lo advirtamos o no, lo atestiguado, lo rememorado, lo representado. Es por eso que el silencio, tal como lo entiende la autora, no se asimila a la ablación de la capacidad expresiva, sino que es una condición productiva que reside en la palabra proferida.

Esta actitud pendular se niega tanto a ocultar la morada originaria de lo imposible en la médula de la cultura y la barbarie occidentales, como a transformar esa presencia espectral en una presencia plena, es decir en un objeto claro y distinto, pasible de ser aislado y analizado científicamente. Tal oscilación crítica acaso tenga como referente intelectual más emblemático a Theodor Adorno y su dialéctica negativa. Sin embargo, y más allá de la solvencia con la que la autora relee los debates suscitados por el dictum adorniano acerca de la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz, sería injusto circunscribir el universo teórico de este trabajo a un mero despliegue de la negatividad dialéctica de cuño frankfurtiano. No tan sólo porque haya otras referencias bibliográficas centrales en el libro, como Jacques Derrida, Jean-Luc Nancy, Primo Levi, o Giorgio Agamben, sino porque a partir del influjo adorniano Victoria Souto Carlevaro ha creado una modulación teórica tan inesperada como original. Una dialéctica negativa dulcificada pero no por ello menos implacable. Si se permite el giro, un Adorno feminizado, maternal. El hallazgo del libro es que esta inflexión afectuosa no va en desmedro de la densidad trágica de los temas trabajados, sino que les permite manifestarse.

La autora no se conforma con recibir consecuentemente el legado incómodo de los textos que la interpelan (las obras teóricas de los autores mencionados, la poética de Paul Celan, los testimonios de sobrevivientes de campos de exterminio, películas como Shoah de Claude Lanzmann o Los Rubios de Albertina Carri), sino que transforma esa deuda en una donación hacia nosotros, sus lectores. Si el murmullo del silencio constituye una interrupción en el flujo de la palabra, la autora de este libro le hace honor a esa experiencia de la lectura (o de la escucha) prolongándola, trasladándola a su escritura. El silencio como palabra… es un texto que continuamente nos obliga a decidir conscientemente qué hacemos con él como lectores. ¿Qué hacer ante la aparición inesperada de una pared de fragmentos textuales, o de una hoja en blanco arrugada, con frases truncas en su reverso, que interrumpen una argumentación teórica por la mitad? ¿Y qué hacer cuando la interrupción parece cesar? Volver la página atrás para recomponer la unicidad de ese párrafo sobresaltado, ¿no sería un intento de silenciar la demanda imposible y necesaria de esa inusual intromisión? ¿Tiene algún sentido silenciar al silencio, una vez que nos ha sido revelado que habita fatalmente nuestra palabra? Tampoco habilita la autora una lectura de estas interrupciones textuales en un sentido ilustrativo o meramente alegórico. En el reverso de una hoja arrugada, una frase solitaria, errante, a la intemperie, nos interroga: “¿Cómo hablar de la hoja en blanco cuándo ella se basta a sí misma para anunciar su repliegue (…) y al mismo tiempo que se ofrece como tierra fértil para la escritura sabe muy bien cómo devorarla?”.

No hay manual de instrucciones para leer este libro, como no lo hay para lidiar con el legado del horror. Es el mérito de Victoria Souto Carlevaro haber construido un entramado textual que no sólo es fiel a la demanda infinita e insistente del silencio, sino que también hace proliferar en sus lectores el mismo sentimiento de responsabilidad hacia los vencidos de la historia.

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