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Fenomenologías: Husserl, Peirce y Lezama Lima

En estas reflexiones, el ensayista vuelve sobre el grito fenomenológico que pugna por retroceder “a las cosas mismas” para meditar entonces sobre el sentido y el destino de ese origen.

1. “No pueden satisfacernos significaciones que toman vida –cuando la toman– de intuiciones remotas, confusas, impropias. Queremos retroceder a las ‘cosas mismas’”. Tal es la observación husserliana que devino lema, grito de guerra de la fenomenología. Reducida al tamaño de una bandera, prestó buenos servicios en los campos de batalla, pero una vez evaporado el humo de la combustión, con las armas ya frías, la complejidad de la idea se manifiesta, induciendo búsquedas y asociaciones que arrastran cada término hacia el vértigo de sus múltiples sentidos.

Retroceder, ¿pero de dónde y hacia dónde? “De lo confuso, lo remoto y lo impropio” se nos dice, poniéndonos en el aprieto de tener que decidir cómo llegamos a terreno tan incierto y resbaladizo. ¿Con qué confrontarlo? Con una imagen: la del origen. Sin embargo, parece que no hemos sido capaces de permanecer en él…

Persigamos el rastro de esa imagen. ¿Encerraba lo originario su pérdida? Nos falta el cómo y el por qué. Habilitemos una hipótesis: lo originario no termina de originarse hasta que no hay fecundación y engendramiento. De allí la inevitable asíntota. Es allí, en esa invaginación, que tiene lugar lo originario.

En el origen, “la vida de las cosas mismas” queda envuelta en la intuición, en la vivencia. Husserl pretendió una solución: sumergir la vivencia en la idealidad de una imagen descarnada, esto es, en una conciencia sin significación, o con una significación que rechaza su dimensión simbólica.

 

2. Cuando devolvemos el signo a la conciencia, la vivencia se desplaza y se complica. Se requiere entonces, que la fenomenología se integre en el proceso semiótico, lo que ocurre de modo extraordinario en la obra de Peirce. Primeridad, segundidad y terceridad: he allí la tríada de la comprensión. Simplificando, diremos cualidad (o posibilidad), existencia (querencia, afección, percepción) y concepto (mentalidad, reflexión, interpretación).

Si proyectamos el esquema categorial peirciano sobre “el retroceder” husserliano, somos impelidos siempre hacia adelante, como arrastrados por la corriente semiótica pues, al decir del maestro americano, “la terceridad fluye a nosotros por todas las avenidas de los sentidos”. Luego, si nos entregamos a ella, mandará el concepto y estaremos en el camino del conocimiento, científico y filosófico.

En esta perspectiva, la vivencia siempre está envuelta en la semiosis, igual que el mundo mismo que se abre en y por ella. Ya no es una vivencia transparente, pues la mediación la fecunda hasta hacerla engendrar conceptos, juicios y argumentos. La fenomenología es aquí, por así decir, una primeridad para el trabajo del lógico. Insiste sin embargo una transparencia prometida: la verdad total que sobrevendrá al final del movimiento, que coincidirá con la muerte.

3. ¿Pero qué ocurre si el retroceso al que nos conminaba Husserl es operado ahora como una contracorriente? La fuerza de la terceridad se reabsorberá en el fulcro de la vivencia en su originarse mismo. Será el momento de la póiesis que erigirá un símbolo, una imagen encarnada. Conocemos ese camino: es el del arte, que tienta con otra promesa, inversa a la regida por el concepto.

Lezama Lima ha articulado esta perspectiva de modo impar, con su propia tríada “mágica”: metáfora, imagen y vivencia oblicua. El mundo se transfigura en sistema poético y la historia en series de “eras imaginarias” que se comunican a través del coro de las imágenes.

Pero ese coro requiere de la metáfora para ser escuchado. Es con la metáfora que logramos ser la simiente que fecunda. En esta fenomenología de la vivencia oblicua perdemos la transparencia, pero ganamos un nuevo sentido, inaudito. Finalmente, el retroceso se completa y llegamos “a las cosas mismas”, cuando la conciencia acepta hacerse imagen para que “la cosa” vuelva a originarse, como por primera vez.

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