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Estética de la comunidad

El filósofo ensaya una interrogación del ser-en-común como la envoltura de una imagen que encarna una semejanza y que así hace existir a la comunidad.

Huidizo, invisible, irrepresentable: así se nos manifiesta nuestro ser-en-común. ¿Cómo habría de ser de otra manera, puesto que la consistencia misma de nuestra existencia nunca vela del todo el vacío que la atraviesa? Esta insuficiencia de la representación promueve la interrogación filosófica, porque evoca la cuestión del comienzo, a la que siempre pueden remontarse los afanes más concretos y ambiciosos de la filosofía como tal. “Dónde comenzamos”, nos preguntamos, tomando nota de la heterogeneidad entre el ser y su representación.

Si no podemos hacer coincidir el plano de la representación con el de la existencia, una argumentación explícita mostraría que sólo la imagen puede soportar el peso requerido para cubrir esa brecha. Nuestra hipótesis es que habrá de buscarse en las fuentes de la sensibilidad, el hilo con el que se trama nuestro ser-en-común, no como objeto de un concepto que lo representa, sino como la envoltura de una imagen que encarna una semejanza y que así, la hace existir.

Lo que debemos indagar es acerca de cuáles son las condiciones de la comunidad como imagen. La génesis de las imágenes, en general, comprometen al cuerpo, a las metáforas que lo traducen y a los símbolos que transfiguran ese cuerpo, proyectándolo hacia el vínculo comunitario.

“Por la letra nacemos, por la letra estamos ya en nueva vida” afirma Lezama Lima, evocando el Libro de los Proverbios (Tratados en la Habana, Buenos Aires, ediciones de la Flor, 1969, pág. 47). La instancia de la letra no es escindible del campo de la imagen, cuando aquella se entrega a su arte metafórico. “Va la metáfora hacia la imagen con una decisión de epístola” afirma, contundente, Lezama en “Las imágenes posibles”. En la germinación de la palabra en la imagen, nuestro ser-en-común se propicia. Para descifrarlo aporta su clave el concepto de semejanza, porque, como dice con agudeza Julio Ortega, “la frase metafórica es un delta de las semejanzas” (“El reino de la imagen”, en Valoración múltiple. José Lezama Lima, Cuba, Casa de Las Américas, 2010, pág. 159).

Si bien el despliegue de la constitución estética de la comunidad requiere que evitemos el sesgo de una dimensión de la sensibilidad descuidando las otras, en lo que sigue nos enfocamos en el registro visual, lo que no obedece a ningún reduccionismo. (En “El sonido de la comunidad” la oreja y la voz ocuparon el centro, no el ojo y la mirada).

En el registro de la mirada, cabe señalar que ella realiza el milagro de que un sentido me toque en mi propia carne. Porque la mirada no es el ojo ni ningún otro dato perceptual. Siendo un sentido no es sin embargo una estructura abstracta, ya que constituye una presencia inmediata que envuelve al existente por doquier. Desde que la mirada me toca, todo un conjunto de significaciones se despliega para mí: es lo que Sartre llamó “ser para-otro”.

Ahora bien, esa mirada que porta y transmite humanidad, no es originalmente de nadie. Nadie puede saber desde dónde mira y desde dónde es mirado. Podríamos decir que cada rostro tiene una mirada que ha hecho presa de él, a condición de reconocer que el existente ha debido determinarse a sí mismo de un modo singular frente a la mirada que lo ha tocado.

Si buscáramos una esencia de la que emanara el sentido encarnado en la imagen, ésta se disiparía, dejándonos frente a frente con el abismo o con lo que toma su lugar: lo siniestro, lo patológico o lo inhumano. Conjurando ambos peligros, se abre la posibilidad de la libertad, enraizada en nuestro ser-en-común. El existente es libertad porque puede determinar el sentido de la mirada que lo vuelve humano. Nuestra mejor oportunidad es construir mirada para adquirir humanidad. Sin humanidad no lograríamos integrarnos en una estructura significante y por ende, no habitaríamos un mundo, pues sólo hay mundo humano; un mundo inhumano no es un mundo.

Nuestro acceso a una mirada que se encuentre en la dimensión comunitaria, está rodeado de peligros. Si comenzamos por la letra es porque nuestra condición pende de una red de metáforas cuyo destino es la imagen. Pero este periplo hacia la imagen puede truncarse de diversas maneras.

Freud aporta un buen indicio de este camino. En su célebre ensayo sobre lo ominoso en el que se aboca al análisis de El hombre de arena de Hoffmann, se interpreta el fracaso de Nathaniel –personaje del cuento–, como un avatar narcisista que lo llevará al suicidio, producto de que la imago-padre se escinde y se duplica en un padre bueno y un padre malo, producto de una ambivalencia definitiva. La consecuencia “estética” de este camino sin salida, –que Freud atribuye a la irresolución del complejo de castración– es que Nathaniel tropieza con los dobles del padre y con sus propios dobles reiteradamente y por doquier. Este tropiezo es síntoma de la imposibilidad de constituir esa primera imagen que debía poblar su propio vacío operante como sujeto. Ocurre entonces que se condena a la impotencia, carente de una visión propia dentro la comunidad de lo visible.

Este avatar narcisista gravita mucho más allá de la trayectoria de un individuo dentro de un drama familiar. La extrapolación de conclusiones de ese ámbito al plano de la vida colectiva, reconoce las diversas significaciones como figuraciones de semejanzas estructurales que han sido ya y desde hace tiempo, motivo de vastas elaboraciones teóricas dentro y fuera del campo psicoanalítico.

Aquí asumimos sin más la pertinencia de esa extrapolación. Nos habilitamos entonces a preguntar qué consecuencias tiene para la comunidad el fracaso del camino hacia la imago. Una vez más en referencia al Libro de los Proverbios, en el mismo texto ya citado, Lezama Lima afirma: “cuando faltare la visión, el pueblo será disipado”. Y la visión falta cuando la mirada muere en el avatar narcisista, es decir, cuando la metáfora no impulsa su flecha hacia su corporización imaginaria.

Esto ocurre entre Padre e Hijo, pero también entre el Poder, quien lo encarna para el Pueblo y ese Pueblo mismo. Vale la pena reparar en un pasaje de “Las imágenes posibles”, no exento quizá de elementos polémicos: ”El momento de la metáfora se puede cumplir en un símbolo que encarne la misma persona: la relación entre el monarca y la imagen de la suerte de su poder llegaba a ser de tipo metafórico. (…) El hombre y los pueblos pueden alcanzar su vivir de metáfora y la imagen… puede trazar el encantamiento que reviste la unanimidad”.

Precisamente porque Padre y Monarca son funciones y no seres reales, es que su consistencia requiere del símbolo y, a fortiori, de la imagen. Por las sendas de Sartre, Lezama y otros, podemos decir que la imagen es una nada, una irrealidad cuya efectividad radica en permitir a la conciencia alcanzar la corporalidad de una imagen que se sabe imagen.

Pero esta conciencia toma forma a través de una experiencia y un saber participados, anclada a la vez en el pasado y en el porvenir. Porque la comunidad es tiempo, espacio y símbolo compartidos. Es esa segunda naturaleza que llamamos cultura: sobreabundancia de dones forjados por una sensibilidad que nos constituye en nuestra singularidad, indivisa y múltiple, precisamente porque nos encontramos en la identificación con un sentido que no nos pertenece.

Hacer la experiencia estética de la comunidad es auspiciar que se muestre en imagen. La distinción decir/mostrar formulada por Wittgenstein en su Tractatus, puede aplicarse con buena fortuna en este terreno. Hay una analogía parcial: lo que en esa obra del filósofo vienés se desarrolla, es que la filosofía, en tanto ética y estética, nos permite hacer la experiencia del lenguaje. Podríamos decir que esta experiencia consiste en la puesta en imagen del lenguaje, a diferencia de meramente operar con él. Cada articulación de sentido muestra la posibilidad de esta experiencia, que se decide y efectiviza, cuando aceptamos corrernos hacia el borde del lenguaje en el que éste ya no puede decir, porque si pudiera tendría que decirse a sí mismo. Pero lo paradójico del lenguaje, es que puede decir muchas cosas menos a sí mismo como tal.

En paralelo, propongo entender que nuestro ser-en-común no puede ser dicho sino sólo mostrado en las imágenes que lo evocan. Cuáles son estas imágenes no puede determinarse a priori. Serán las apuestas concretas en la expresión y en la acción las que, contenidas en su apertura histórica, lo manifestarán. La política, por caso, intentará anticiparse y capturar en la praxis lo siempre naciente de ese ser-en-común; el pensamiento y el arte, en cambio, forjarán los instrumentos perceptuales y conceptuales para que las imágenes advengan a las formas, que es otra vía por la que la historia finalmente se realiza.

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