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La revuelta derrideana

Adelanto del primer capítulo del libro Derrida de Gabriela Balcarce, cuarto volumen de la colección La revuelta filosófica (Galerna, 2016).

 “Cuando leemos estas páginas, nos enteramos de lo que no llegamos a saber: que el hecho de pensar no puede dejar de ser trastornador; que lo que hay que pensar es, en el pensamiento, lo que se aparta de éste y se agota inagotablemente en éste; que sufrir y pensar están ligados secretamente”.
Maurice Blanchot

 

Vivimos en un mundo regido por el principio de lo mismo, de la igualdad, del “todos somos iguales”; sin embargo, la cuestión de la igualdad parece no haber sido entendida como una igualdad actual, sino en potencia. La igualdad deviene, así, en desigualdad y en igualación; bajo la máscara de la integración pacífica, nos encontramos con el fenómeno de la asimilación y, por tanto, de la neutralización de aquellos que son diferentes, que no constituyen las formas de vida preponderantes en el trazado geopolítico de nuestras sociedades occidentales.

La historia parece confirmar, en más de una oportunidad, esta operación allí donde un grupo de hombres invade otra comunidad bajo el argumento de ayuda, de solidaridad con quien “no es aún civilizado”, con quien aún no pertenece a la comunidad que posee la fuerza suficiente para imponer como mejor su forma de vida y su modo de entender el sí-mismo y el ser-con-otros, esto es, el ser en comunidad.

La condición de argelino, de extranjero de una ex colonia en el país imperial, y de judío, no ha sido, para la vida de Jacques Derrida, un elemento sin significado. Por el contrario, el itinerario personal de este autor comienza y se enraíza en las vivencias ocasionadas por ser diferente frente a la universidad francesa, frente a una sociedad europea antisemita. La exclusión, la segregación, son para Derrida preocupaciones centrales de su pensamiento, y constituyen, quizás, el soporte vital de una revuelta que, no obstante, fue mucho más que el mero repudio a las políticas de la tolerancia y de la inclusión. Incluso allí donde Derrida podría haberse convertido en el profesor-especialista, para repetir y cuidar los umbrales de lo que se consideraba “la práctica filosófica”, nuestro autor insistió, una y otra vez, en hacer foco en los márgenes y, en ese sentido, en pasarle el cepillo a contrapelo a la historia de la filosofía. Y es por ello que, aun cuando en su madurez Jacques Derrida haya sido uno de los filósofos más significativos de nuestro tiempo, dado que su impacto ha sido realmente notable (y no sólo en el terreno de lo filosófico), nunca abandonó esta primera condición de sensibilidad hacia la precariedad y vulnerabilidad de las minorías, hacia aquellos que no pueden ser simplemente integrados a un conjunto; en una palabra, hacia el disenso de lo diverso. Por supuesto, ello tuvo consecuencias concretas sobre la estima de la práctica filosófica derrideana. En el Time de Londres, el 9 de mayo de 1992, aparece una carta que lleva la firma del filósofo inglés Barry Smith, y que está refrendada por otros colegas:

“La Universidad de Cambridge deliberará el 16 de mayo sobre el otorgamiento de un doctorado honoris causa a Jacques Derrida. Como filósofos y otros estudiosos que sienten interés por la destacada carrera de Derrida a lo largo de los años, creemos necesario echar alguna luz indispensable acerca del debate público suscitado al respecto. Derrida se describe a sí mismo como un filósofo; y sin duda sus escritos presentan algunas de las características de los escritos de esa disciplina. De todos modos su influencia se ejerció, en un nivel elevadísimo, casi únicamente en ámbitos externos a la filosofía: en departamentos de cine, o de literatura francesa o inglesa. Bajo la mirada de los filósofos, e indudablemente entre quienes trabajan en importantes departamentos de filosofía de todo el mundo, el trabajo de Derrida no se adecua a los estándares aceptados de claridad y rigor”.

La cuestión de la alteridad invita a pensar la filosofía desde un foco diferente al de la tradición; desde los márgenes y las aporías, es decir, desde tensiones que no son resolubles, ni dialectizables; que no pueden ser englobadas en un conjunto más vasto, sin que ello constituya un resto o pérdida. Y esa diferencia puede hallarse en la escritura derrideana, ciertamente difamada por los horrorizados scholars (especialistas) de ciertos institutos de filosofía; más precisamente, en su textualidad, controvertida para los modos de escritura y de organización textual académicas. Polémica también fue su manera de vincularse interdisciplinariamente: Derrida no tuvo temor de ir a buscar a la literatura y a otros campos de producción cultural elementos para elaborar sus reflexiones.

También cabe mencionar la materialidad de las obras derrideanas: libros con una hoja suelta que se ruega adjuntar, u hojas que se extienden más allá de la longitud del libro en su formato físico, es decir, formatos inesperados para el objeto libro tradicional. Y lo mismo sucede con el interior de ellos: como desde una extraña tradición talmúdica, las páginas de los libros derrideanos se comparten con otros textos, dispuestos de diferentes formas. En “Circonfesión” (1993),el texto derrideano se encuentra elaborado a partir de notas al pie de página, mientras que el cuerpo principal ha sido escrito por Geoffrey Bennignton. En La hospitalidad (1997), Derrida escribe en las páginas del derecho, y Anne Dufourmantelle en las del revés, entre otros ejemplos.

De allí podemos establecer algunas de las líneas críticas de Derrida ya desde un comienzo: en primer lugar, la importancia por la temática del otro (del respeto y la afirmación del otro); en segundo lugar, una fuerte crítica a la idea de tolerancia, a la cual contrapondrá la idea de hospitalidad absoluta, incondicionada. Tercero, la tarea de deconstrucción del sujeto moderno y, por tanto, del modo de concebir sus relaciones con los demás, con aquellos que son diferentes de éste, y también, el modo de pensar la comunidad. Por último, la importancia de repensar las instituciones a la luz de este pensamiento de respeto a la alteridad.

 

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La preocupación por la temática del otro, por su respeto y por la afirmación, aceptación y reconocimiento de la irreductible diferencia que desborda los límites de lo normal, del reino de lo Mismo, ha sido el blanco sobre el cual la deconstrucción ha hecho foco de manera insistente a lo largo de la producción filosófica derrideana.

El extranjero frente a la patria, frente al hogar, a la casa propia y todo lo que no es familiar; el extranjero que habla la lengua del colonizador. Su propia lengua no le es propia. Los espectros, que desbaratan el tiempo lineal y homogéneo de la existencia, que habitan el duelo infinito de las comunidades, de sus historias -aquellas que fueron contadas y aquellas que han quedado bajo la alfombra- (re)aparecen, una vez más, de modo inesperado, interpelando nuestro presente, aquí y ahora.

Recibir a los otros como otros, aunque parezca imposible, parece ser la praxis filosófica derrideana o, al menos, una de sus apuestas relevantes. Pensar la aporía de la comunidad de los que no tienen comunidad, de los que no pertenecen y, sin embargo, ponen en cuestión el modelo de la comunidad pensada desde la pertenencia. Como señalaba el poeta Edmond Jabès, la singularidad es por sí misma subversiva.

El extranjero, el espectro, la comunidad de los que no tienen comunidad: en cada una de estas figuras nos encontramos frente a la deconstrucción de la figura del otro como un alter-ego, como otro igual a mí, un prójimo. Y, por ello, la importancia de su aceptación y su respeto. Por ahí discurre la revuelta derrideana: por la insistencia en repensar la filosofía, heredarla y con ello, repensar las instituciones a la luz de este pensamiento de respeto a la alteridad. Porque la temática de la diferencia y de la alteridad surge de allí, del fracaso de los conceptos y de las instituciones modernas que piensan al hombre en términos de igualdad.

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