FacebookFacebookTwitterTwitter

Perpetuum mobile

El filósofo y ensayista nos invita a reflexionar sobre la noción de perpetuum mobile y su sentido esencial para la filosofía.

http://il9.picdn.net/shutterstock/videos/13467158/thumb/8.jpg?i10c=img.resize(height:160)

 

1. Salí de Alabama un día, camino de Santa Fe, y en el camino encontré un papel que así decía: “salí de Alabama un día, camino de Santa Fe, y en el camino encontré un papel que así decía: ‘salí de Alabama un día, camino de Santa Fe, y en el camino encontré un papel que así decía…’ ”.

Todavía me envuelve la alegría con la que, junto a una gentil familia amiga, cantaba ese Perpetuum mobile en la Nochebuena. Las variaciones de la melodía: marcha en los tiempos impares, aire de andantino en los pares, llevaban en su regazo, apenas disimulado, el círculo de letras enrevesado en el de las notas.

¿Detener el tiempo? ¿Colapsar el sentido? ¿Caminar en el mismo lugar? ¿Denunciar la ilusión del metalenguaje? En cualquier caso, un ejemplo de tantos, de esa extraña máquina que ha fascinado a industriosos hombres de genio, construida en el papel y la maqueta, o “realizada” merced a alguna oculta trampa. Pues se sabe, la del Perpetuum mobile es una máquina imposible, refutada por las leyes de la termodinámica. ¿Máquina demoníaca, sueño vano o gozo de nuestra excepción, de nuestra diferencia?

El trabajo de esta máquina, a la vez maligna y milagrosa, es trabajar eternamente en su eterno aislamiento, sin alimentarse de, ni perder energía alguna, aun cuando transforme un tipo de energía en otro, generando la ilusión de “una trascendencia en la inmanencia”.

Imagen de una existencia que comienza pero que olvida que comienza, y que se encadena por siempre a durar…

Versión monstruosa, fantasmática, de la filosofía: ¿acaso no proyectaron los grandes sistemas llegar a su comienzo una y otra vez, repitiendo el camino recorrido? Esfera eterna que simula dialécticamente un movimiento inmóvil, la filosofía ha querido ser, ella también, un perpetuum mobile, una máquina sin deuda, sin pasado y sin porvenir.

Sin embargo, los testimonios contra el encadenamiento perpetuo se encuentran por doquier, porque sólo en el principio fue el acto, porque en el séptimo día Dios descansó, porque hasta Aristóteles concibió en el corazón de su increado organismo universal, un motor que lo movía todo, permaneciendo él mismo inmóvil.

 

2. De los diez mandamientos, mi preferido es el tercero, como habrá de serlo el de todos: glorificar la obra del Señor descansando como Él. Tanto necesitamos del séptimo día que tenemos dos: sábado y domingo. Si nos quedáramos sin domingo, los niños de Benjamin no podrían entenderse con los pájaros, y a nuestra vida le faltaría entonces, su música más esencial.

Se han dado muchas interpretaciones bellas y profundas para explicar por qué a Dios le vino en gana crear el mundo; para mí que lo hizo para descansar, para felicitarse luego por la tarea realizada y ya desentenderse definitivamente del asunto, – porque no está bueno estarle encima a la obra que se nos ha escapado de las manos -.

Y si nos preguntamos para qué filosofamos, diré que para lo mismo que, sospecho, Leonardo buscó “construir” un Perpetuum mobile: para que fracase. La filosofía es ambigua, porque erige sus máquinas diabólicas a sabiendas de que no lo conseguirá, es decir, de que no podrá comenzar en el absoluto, al que retornaría al final del camino como si no hubiera dado un solo paso, pero habiéndolos dado todos, igual que en la canción de aquellas navidades…

Porque la filosofía toma su energía y su materia fuera de su sistema para hundirse nuevamente en el rumor del que ha salido. Sócrates nos lo enseña: en el comienzo ya era la conversación. Y si Lezama tiene razón, toda conversación se da entre dos ocultamientos; también la conversación de la filosofía.

Sin embargo, su ambigüedad la lleva a sostener la ilusión del absoluto, acaso para gozar, perversamente, del rumor de las lenguas y las vidas que la habitan, como si estuviera al margen del río y no en el lastre de la correntada.

O quizá el creador en general, sea artista, científico o filósofo, precisamente para ahorrarnos trabajo, como afirma lúcidamente Simmel, requiere transfigurar, por medio de símbolos abstractos, su singularidad agitada en medio del movimiento, a efectos de eternizar, en una forma, la celebración de la pereza.

 

3. Los sabios de todas las tradiciones lo supieron, desde Laos Tsé  hasta el Don Juan de Castañeda: el no hacer hace todas las cosas – y respetando la antinomia kantiana agreguemos: ¡sin hacerse a sí mismo! – . El problema en el que nos encontramos en nuestros días es que la civilización global cree haber construido realmente el perpetuum mobile y nos lo hace creer a todos y todas. Por ello la misión del resistente es descansar, glorificar la pereza. Pero para hacerlo se requiere de un don: el de las formas que ensanchan y diversifican ese mundo que llamamos cultura, para contemplar en él una casa, refutación del tiempo, para escuchar en su rumor el silencio que nos habita, en fin, para dejar que el único sonido sea el del canto de los niños-pájaros.

Notas relacionadas

En ocasión del Día del Lector, el autor reflexiona a partir de “Pierre Menard, autor del Quijote” y sostiene que, para Borges, leer un texto es, inexorablemente, transformar la obra que en él se sustenta.

El filósofo ensaya una interrogación del ser-en-común como la envoltura de una imagen que encarna una semejanza y que así hace existir a la comunidad.

El ensayista propone pensar la diferancia derrideana en los términos de un des-originarse permanente del origen, para entender entonces el efecto terapéutico de la deconstrucción como un guardar el lugar.

En estas reflexiones, el ensayista vuelve sobre el grito fenomenológico que pugna por retroceder “a las cosas mismas” para meditar entonces sobre el sentido y el destino de ese origen.

En esta oportunidad el autor se interroga si los nombres recibidos, recreados y transmitidos son los que hacen consistir la ciudadela de lo humano.

Poniendo en diálogo a H.A. Murena con autores como Volóshinov, Sartre y Sloterdijk, el ensayista y filósofo lee con precisión el sentido de ser hablantes en el seno de una comunidad metafórica.

En estas notas se explora, a partir de la idea kafkiana de no lucha, las formas posibles de una obra libre de mal.

En este texto se expresa la conmoción de un golpe, el que ha provocado el nuevo libro de Luis O. Tedesco.

En esta oportunidad el autor imagina la ciudad administrada por un culto ingeniero que, con sus innovaciones, la convierte en una más filosófica.

A partir de la experiencia de la lectura del diario dominical en un bar, con sutileza e ironía, el filósofo y ensayista arriba a conclusiones sobre el estado actual de la cultura.