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La mañana que me escapé de la ESMA

En este relato inédito, el autor de Cuando te vi caer (Bajo La Luna) narra una singular experiencia en la ex-ESMA.

Me gustaría comenzar por el final: la mañana misma en que me escapé de la Escuela de Mecánica de la Armada, o debería decir que me dejaron ir; ya que al fin y al cabo fue eso, algo así como un mecanismo del guardián kafkiano que no les resultó conmigo pero que sin duda aleccionaba a los demás, me refiero a los que verdaderamente venían de lejos (supongamos de Misiones o Corrientes), corridos por la pobreza y el desamparo. Yo vivía en una casa alquilada en un barrio con ínfulas de pueblo que se llama Villa del Parque. Que tu familia alquile una casa en un barrio como ése siendo de clase media trabajadora significa que tus verdaderos amigos están del otro lado de Nazca y Álvarez Jonte, en Paternal. Mi verdadero barrio. Significa, en su sentido inverso, que sos un jugador de fútbol a préstamo en un club que no puede bancarte. Era un desclasado, de acuerdo; pero al menos era porteño. Y eso, en la Escuela de Suboficiales de la Marina de Guerra, no era del todo bien visto. Lo descubrí rápido. También entendí rápido lo que hacían con los chicos que no toleraban el encierro y un día pedían la baja a los gritos y con ataques de furia o con una mirada tan fría que daba miedo. El sistema era muy simple. Un dragoneante repetía la orden de que entragara la bolsa de equipo y se vistiera de civil, luego lo acompañaba a un lugar donde le entregaban sus objetos personales y finalmente lo guiaba hasta una de las salidas laterales, abría la puerta de hierro y en el tono nada casual de quien se dirige a un traidor, le decía: “Ya puede irse”. Yo experimenté esa sensación intensa de libertad repentina, el mareo nauseabundo que te generan los altos edificios apostados sobre una Avenida Del Libertador afiebrada de sol, vibrando entre los autos. Pero a diferencia de mí, aquellos chicos no tenían ningún lugar adonde ir y se asustaban mucho, seguramente. O acaso experimentaban algo más profundo y determinante. Estaban demasiado lejos de sus casas, demasiado lejos de todo y sin dinero. Solos. ¿Qué podían hacer? La frase los estaría esperando el tiempo que fuera necesario: “¿Se da cuenta aspirante? Hay gente que no sabe qué hacer con su libertad”. Podían tardar dos, cuatro, siete horas. Finalmente regresaban porque todo lo que veían alrededor les resultaba más amenazante de lo que podía suceder adentro de aquel lugar. Ahora hago un esfuerzo considerable por recordar cuándo fue que comencé a pedir la baja; primero insistente, respetuosamente, luego haciéndole frente a los dragoneantes (menos a uno que le decíamos Twity por su silbato temeroso, sonando a mitad de la noche para obligarnos a correr y restregarnos por el pasto en calzoncillos), negándome a cumplir órdenes, llorando como lo que era: un pibe de quince años, diciéndoles que me quería ir de este lugar de mierda, llamar a mi casa, ¡yo vivo muy cerca! De modo que me llevaron a la oficina de una autoridad. No recuerdo el rango, y no quiero mentir. Lo importante es que, cómodamente sentado detrás de su escritorio de roble, sin mirarme al mismo tiempo que firmaba papeles, me preguntó por qué motivo estaba en su despacho. Se lo dije. Levantó la mirada durante un instante. ¿No me daba cuenta yo, aspirante Basualdo, que acá tenía casa y comida? Y lo más importante: aprendería un oficio. ¿Su escalafón? Le contesté que yo tenía casa y me quería ir.

–De acuerdo–dijo. Y mirando al dragoneante que seguía parado detrás de mí, agregó–: Que entregue su bolsa de equipo y se vista de civil.

Entregué mi bolsa de equipo (incompleta por la cantidad de robos que había tenido), me vestí de civil, retiré mi D.N.I, y con el bolsito azul colgado nerviosamente de un hombro, caminé detrás del dragoneante hasta la puerta de hierro. “Ya puede irse”, escuché. Y empecé a correr con todas mis fuerzas, llorando. Corrí y corrí como no lo volví a hacer nunca más en toda mi vida. Y ahora, casi veintitrés años más tarde (porque entonces yo tenía quince años y estábamos al principio de la década del 90), veo correr a ese chico y pienso en todas las noches en que hacía la imaginaria por el mero hecho de ser porteño, en las peleas y las amenazas, en los robos y el miedo al pelotón fantasma (cubierto por una frazada,recibiendo piñas), a que una noche cualquiera intentaran violarlo, a la ineptitud para ciertos ejercicios que repercutían en “baile” para los otros, en la manera en que se bañaba en salto de rana bajo el agua helada, en la sensación de disparar un FAL y arrojarse por un trampolín y flotar hasta el calambre en una pileta inmensa, en una noche en que encontró a un chico temblando con los ojos bien abiertos en la oscuridad porque aseguraba haber visto al aspirante sin cabeza (una de las tantas historias que circulaban), en el modo feroz y desesperado con que comenzó a sentir el ahogo al extrañar a los pibes del barrio y su casa. Aunque ya nunca más volví a ser el mismo. Hay cierta clase de experiencias que lo modifican a uno para siempre. Pueden ser meses de instrucción, o un día. Una mañana frente al pelotón de fusilamiento como Dostoievski, leí alguna vez. Sí. Pero por sobre todas las cosas, mientras veo correr a ese chico sin importarle en absoluto que lo atropelle un auto en una esquina, me preguntó: ¿Por qué se metió un día en la Escuela de Mecánica de la Armada? Un lugar que no tenía la connotación que tiene hoy para mí. Yo ignoraba por completo lo que había sido ese lugar durante la dictadura cívico militar. Había llegado al segundo año de secundaria pública sin haber escuchado jamás esa palabra. Nunca hablamos de Malvinas, por ejemplo. Mientras veo correr a ese chico, recuerdo la mañana en que vi el folleto pegado en la vidriera de un kiosco: una inscripción en la calle Salta para ingresar a la escuela de Suboficiales de la Armada. Hacía tiempo que tenía dos obsesiones y ahora por primera vez iban a conjugarse hasta formar una. No me da vergüenza aceptar mi delirio adolescente: quería escapar de mi casa y recuperar las Islas Malvinas, yo solo. Y lo extraño de todo esto es que las dos cosas estaban generadas por un mismo hombre: el segundo marido de mi madre, al que no voy a nombrar porque no tiene ningún sentido. Esta es mi historia. No la de un muchacho que estuvo en la guerra de Malvinas como conscripto y años más tarde intentó formar una familia con mi madre, como supo o pudo, con sus fantasmas y limitaciones. El muchacho al que mi madre habilitó la función de padre postizo y yo terminé llamando papá o viejo, pese a que solamente me llevaba quince años. Se puede tener razón y ser injusto, es cierto. ¿Se puede querer a alguien y ser injusto? A veces pienso que me quiso, pese a todo. Me refiero a sus arranques de violencia, su maltrato, el egoísmo. Debieron darles, entre muchas otras cosas, asistencia psicológica a los conscriptos que estuvieron en la guerra. Yo lo admiraba y lo odiaba. ¿ Es posible sentir eso? Hubo días en que deseaba que desapareciera para siempre. Su despotismo y cambio de humor me resultaban intolerables. Mi madre había dejado de amarlo pero no había deshabilitado la función paterna. Y me quedé solo con su locura, admirándolo y sintiendo lástima. Odiándolo por el modo en que me trataba. Sin embargo quería que me quisiera. Buscaba su aprobación. Como no la conseguí nunca decidí irme. Ya no podía vivir más en esa casa pero no iba a dejar de emular a mi héroe de Malvinas. Crecí escuchando las historias sobre la guerra y me convertí en un adolescente rebelde, intratable muchas veces. Cruel. Una sola vez le pregunté a mi madre (que nunca supo lo que viví ahí dentro) por qué me dejó entrar en la ESMA. Me contestó que yo era un adolescente imposible. Estuve muchos años enojado con mi madre; pero me parece que tenía razón. Yo era terrible. Ella lloró mucho esos días. Dijo que era lo peor que le podía pasar en la vida, tener un hijo milico. Entonces si era lo peor que le podía pasar, yo me convencía cada vez más. Quería castigarla por no cuidarme frente a mi héroe. Y mientras el chico sigue corriendo me acuerdo de las noches en que antes de dormir se nombraban a los caídos durante la guerra y todos los aspirantes gritando: ¡Presente! Yo pensaba en lo que diría él si me viera hacer la cama, por ejemplo. Soy el mejor. Y limpio como nadie; porque yo tenía que limpiar en mi casa todos los días antes de salir a la calle a perder el tiempo con los pibes del barrio (lavar los platos, barrer, tender todas las camas, pasar un trapo a todos los pisos). Veo correr a ese chico que de repente se detiene exhausto y comienza a pedir monedas en la calle. La gente me niega la mirada, debo tener toda la cara desfigurada por el llanto, tal vez mi corte de pelo, no sé. Pienso en llamar por teléfono. A mi casa. Me sucedió algo que hasta el día de hoy me resulta extraño: no podía recordar el teléfono de mi casa. El único teléfono que tenía en mente era el de mi abuela. Yaya, le decía yo. Mi abuela era uruguaya, al igual que mi madre y mi tío. Llegaron a la argentina en el año 73, si no recuerdo mal. Mi abuela había sido Tupamaro. Naturalmente, por aquel entonces yo lo ignoraba todo con respecto a los Tupamaros. Nunca se habló de eso mientras mi abuela vivió, o por lo menos no conmigo. Su muerte lo dejó todo inconcluso. Hay una historia oculta en relación a mi abuela y los Tupamaro que no soy capaz de desentrañar. Sé que mi Yaya una madrugada dejó a mi abuelo y tomó un ferry hacia Buenos Aires con la certeza de que un contacto la esperaría para generar todo lo necesario para realizar el segundo viaje cuyo destino era Australia. Algo debió salir mal porque el contacto nunca se presentó y mi abuela y sus hijos quedaron varados en Buenos Aires, viviendo un tiempo en piezas de hotel en el barrio de Constitución. Escribo esto porque estoy pensando el motivo por el cual el único teléfono que podía recordar era el de mi abuela: fue ella la que me pagó los profesores particulares para que pudiera dar el examen de ingreso. Ella también quería que yo me fuera de esa casa. ¿Ignoraba la historia que había detrás de la Escuela de Mecánica de la Armada? No lo sé. Sólo tengo una certeza, su pasado Tupamaro, su ideología política que la llevó a tomar decisiones extremas, tuvo un peso distinto el día en que yo fui a su casa pidiéndole que me ayudara porque quería dar la vuelta al mundo a bordo de la Fragata Sarmiento. Nunca hice ese viaje, por supuesto. Pero hice otros mucho más interesantes a bordo de la literatura. Vuelvo a ese chico que soy en el momento exacto en que entro a un bar y pido para usar el teléfono. Me acuerdo: un teléfono rojo encima del mostrador. Marco el número de teléfono de mi abuela. Suena y suena, pero no atiende nadie.

 

 

 

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