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La cabeza de Balzac

Marcos VIeytes, autor de Subjetiva de nadie (Entropía, 2014) nos presenta un relato seductor, que se construye a partir de una misteriosa obsesión con las imágenes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Era la segunda vez en cuarenta años que entraba al Bellas Artes. De la primera visita, cuando todavía era adolescente, recordaba con cierta amorosa condescendencia la impresión que le había causado un desnudo de Bouguereau que le pareció algo así como una fotografía fantástica y, sobre todo, las ganas que había tenido de tocarle las tetas y el culo a la mujer del beso de Rodin. Pero nada de eso pudo compararse con esa mancha negra encima de la línea de una loma que vio en un cuadro de Goya, al que volvió tres o cuatro veces esa misma tarde, hasta el minuto previo al cierre del edificio. Se había asustado tanto con ella como atraído por su oscura indefinición. Esas extremidades que parecían las alas de un ave carroñera le debieron hacer pensar en Lucifer, entonces todavía tan real para él como para su padre y su madre, cristianos ortodoxos ambos.

Ahora volvía al museo con Bárbara y, ni bien atravesó la puerta, recordó la ubicación de la sala en la que seguía estando el óleo, pero se metieron por el pasillo opuesto, donde se encontró con otras sombras. El ejército de fantasmas de uno de los cuadros nocturnos de Cándido López sobre la guerra contra el Paraguay le hizo pensar en las almas en pena líricas de las películas de Kiyoshi Kurosawa. En el cielo del paisaje brillaban los fuegos de un incendio o la explosión multitudinaria de los cañones, como proyecciones encendidas de esas sombras errantes, de esos cuerpos desapareciendo en la disolución del trazo y el anonimato de la historia. Como cuando había estado allí por primera vez sintió el impulso, si no la necesidad, de extender la mano y tocar eso que sus ojos traducían, por más que ahora no tenía ante sí los volúmenes del mármol ni figura inteligible alguna como cuando era joven.

A la mancha diabólica de Goya la había mirado entonces de lejos y de cerca, pegando incluso los ojos a la tela para tratar de descifrar, o de traspasar, la insensatez explícita de esa forma tácita, pero nunca pensó en tocarla. Quizás era entonces muy chico, demasiado obediente. Esa mancha debió haberle parecido del orden de la reverencia y el horror, al contrario de los desnudos, que lo estimulaban al tacto con tanta más incandescencia cuanto fríos eran los materiales o caligráfico y translúcido el estilo. Semanas más tarde se desquitó acariciando los volúmenes irregulares de una Venus municipal que ocupaba el centro de la plazoleta situada frente a la estación de trenes de San Fernando, una noche de verano después de evangelizar de puerta en puerta con traje, corbata y portafolios, antes de volver a los monoblocks en los que vivía y escuchar el apremiante “Testículos de Jehová” que le dedicarían los pibes del barrio reunidos en la intersección de los pasillos que conectaban las torres.

El oscuro y estrecho pasillo se abrió de repente a la izquierda. Una dicroica cenital iluminaba la masa informe situada a un par de metros de distancia de la abertura. Entre eso que ocupaba el centro del angosto rectángulo y cada una de las paredes no había más de medio metro. No había otra salida del corredor que la entrada desde la que Bárbara y él miraban la materia extraña que detuvo la marcha de ambos.

– No me animo a entrar – dijo ella, sacándose los anteojos negros.

Julio la miró no demasiado sorprendido, pero con curiosidad. No era usual verla amedrentada. Sabía cuánto le divertían esas películas de explotación llenas de sangre y tripas desparramadas. Por eso no dejó de asombrarle su reticencia, que ya era parálisis.

– ¿Te asusta?

– Me impresiona.

– ¿Qué cosa?

– La cabeza, el lugar.

El busto era grosero y desgreñado. La tenue iluminación llenaba de sombras las cuencas sin ojos. Los labios eran dos gruesas serpientes seccionadas con un machete. Se acordó de una película sobre Camille Claudel que le gustaba mucho.

– Esa es la cabeza de Gerard Depardieu – le dijo a Bárbara para distenderla justo antes de avanzar hacia el busto que los desafiaba desde el fondo.

– Ni bien la vi sentí lo mismo que cuando veo imágenes de un planeta muy grande en el espacio, o cuando vi el monolito de 2001, o esa foto de Man Ray en la que hay una mujer desnuda y un tren que viene hacia ella ¿te acordás?

No supo si algo de la fascinación original del miedo que sintió ante el cuadro de Goya veinte años antes retornaba gracias a la réplica de la cabeza de Balzac o a la aprensión de Bárbara, que mediaba entre ese ayer y hoy. Tengo que meter el dedo en el ojo, pensó. Se conformó con dar una vuelta completa alrededor de la tarima. Sintió algo ligeramente profano al pasar detrás de la cabeza sin nuca, inmutable ante su presencia. Al verlo allí, rodeando el busto, Bárbara también entró al recinto, que ya era familiar gracias a la presencia de él. Su barba, cada vez más abundante, la tranquilizó, y lo primero que hizo al acercarse fue acariciarla. En ese mismo instante cayó el cuadro de Las brujas de San Millán que colgaba en la sala contigua y Bárbara desapareció con el estruendo.

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