FacebookFacebookTwitterTwitter

Ernesto Guevara, comandante nuestro

Redimimos un texto sublime del poeta cubano, publicado originalmente en 1968 por Casa de las Américas.

Redenciones

Como para los niños no nacidos, también hay un limbo para las obras no recibidas, o aprisionadas en el pequeño círculo de una amistad personal o intelectual, o simplemente abandonadas debajo de los ruidos apilados por lo que domina la comunicación de la cultura, las más de las veces a solicitud del mercado que produce modas y vigencias efímeras.

Espacio Murena quiere leer y releer esos textos olvidados, sea por nuestra inexorable finitud desgarrada por el rigor saturnino, o porque lo que nació para ser una presencia luminosa quedó confinado en las sombras de un sótano, como polvo de depósito de las editoriales, estorbo en la buhardilla de los autores o, en el mejor de los casos, baratijas de las mesas de saldo.

Inauguramos esta nueva sección en el lugar de las editoriales de la página, porque esta es la importancia estratégica que le damos a este acto de redención interno al cuerpo de la cultura, que es a su vez ella misma una aspiración redentora.

Samuel M. Cabanchik

 

 

 

 

Ernesto Guevara, comandante nuestro

Ceñido por la última prueba, piedra pelada de los comienzos para oír las inauguraciones del verbo, la muerte lo fue a buscar. Saltaba de chamusquina para árbol, de alquileida caballo hablador para hamaca donde la india, con su cántaro que coagula los sueños, lo trae y lo lleva. Hombre de todos los comienzos, de la última prueba, del quedarse con una sola muerte, de particularizarse con la muerte, piedra sobre piedra, piedra creciendo el fuego. Las citas con Tupac Amaru, las charreteras bolivarianas sobre la plata del Potosí, le despertaron los comienzos, la fiebre, los secretos de ir quedándose para siempre. Quiso hacer de los Andes deshabitados, la casa de los secretos. El huso del transcurso, el aceite amaneciendo, el carbunclo trocándose en la sopa mágica. Lo que se ocultaba y se dejaba ver era nada menos que el sol, rodeado de medialunas incaicas, de sirenas del séquito de Viracocha, sirenas con sus grandes guitarras. El medialunero Viracocha transformando las piedras en guerreros y los guerreros en piedras. Levantando por el sueño y las invocaciones la ciudad de las murallas y las armaduras. Nuevo Viracocha, de él se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperan todos los prodigios en la ensoñación.

Como Anfiareo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la arreciada del cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para la transfiguración. Donde quiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío.

José Lezama Lima

Notas relacionadas

Recuperamos esta vieja aguafuerte del escritor argentino en la que que retrata el fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni, publicada originalmente en el diario El Mundo, el 2 de febrero de 1931.

En estos fragmentos del ensayo originalmente aparecido en la revista Sur (1957), Murena observa una Argentina en crisis, pero frente al esquema reduccionista de la culpa aplicable a otros, opone la idea de lo común.

En este bello texto, Correas se aproxima a Kafka entrelazando categorías como el amor, el deseo, la soledad y el detalle.