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La revuelta eriugeniana

Adelanto del primer capítulo del libro Eriúgena de Ezequiel Ludueña, tercer volumen de la colección La revuelta filosófica (Galerna, 2016).

 Osté siempre cré a la palabras.
Por eso s’equivoca siempre…
Armando Discépolo

 

Parecerá este libro una mentira, engaño o simulacro: Eriúgena fue un filósofo medieval cristiano. ¿Un pensador medieval cristiano puede haber sido “filósofo” y, algo más inverosímil todavía, haber iniciado algún tipo de revuelta? ¿Puede ocupar un lugar legítimo junto a Epicuro, Nietzsche, Derrida, entre otros? ¿Revoltoso alguien que pone a Dios en el centro mismo de su “sistema” de pensamiento?

Intelectual extranjero en la corte de Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno, se dedicó a enseñar en la Escuela de Palacio las bondades de una obra pagana, Las nupcias de Filología y Mercurio, que hace residir la salvación del hombre en el ejercicio de la razón que conduce al intelecto. Escribió una obra de carácter polémico, El libro de la predestinación, en la que dejaba entender que no hay tal cosa como un infierno si por esto entendemos algo más que un tormento de la propia consciencia. Tradujo del griego una serie de obras, venerada por todos y leída por nadie, en la que se enseñaba que de Dios nada puede decirse con propiedad y que, por ende, decir de Él que es bondad o belleza vale, en el fondo, tanto como decir que es un gusano. Escribió un vasto diálogo, Periphyseon o De las naturalezas, en el que un maestro y un discípulo discuten sobre la naturaleza; razonan en ella un movimiento circular de la nada al ser y del ser a la nada; identifican esa Nada con lo que en cristiano se llama Dios, y ese Ser como una manifestación o aparición de esa Nada; ubican la vida humana como episodio central de semejante peregrinaje metafísico, y concluyen ya sin ambages que no hay tal cosa como un infierno y que el paraíso no es un lugar del que el hombre fue expulsado sino un estado al que todos habrán de acceder. Escribió, en ese mismo libro, que ninguna autoridad humana puede valer más que la razón y que la autoridad divina solo cobra sentido cuando la razón trabaja sobre ella para conferirle sentido.

Solo esto bastaría para desmentir que este libro sea una mentira. Pero hay algo más. En última instancia, nada de lo que se dijo es original. Para cualquiera de esos puntos es posible mencionar un nombre, una obra, un pensador que –antes que Eriúgena– dijo o hizo en cierto modo lo mismo. Y, con todo, es muy difícil encontrar un autor parecido a Eriúgena. Ocurre aquí lo mismo que con muchas de las obras de arte de los grandes maestros. Es fácil encontrar los antecedentes del San Jorge y el dragón de Rafael, dar con los modelos (entre los que hay alguna representación medieval de Edipo y la Esfinge) y quizá con toda una tradición que estipula rasgos esenciales que más o menos se cumplen en el caso de Rafael. Desde esta perspectiva, el San Jorge acaba por presentarse como mero eslabón en una cadena que se remonta hasta quién sabe quién y cuándo. Pero nadie duda de que esa pertenencia –que de alguna manera determina incluso puntos esenciales del cuadro– resulta anecdótica ante ese San Jorge con sus densidades, formas, miradas. Esa pertenencia que los eruditos gustan profundizar podría explicar muchas cosas, detalles banales y no tanto, pero nunca conseguiría definir la presencia particular de esa pequeña cosa de 31 por 27, ni tampoco lo que pasa cuando uno se queda mirándola fija dos o tres minutos. Algo de esto ocurre con Eriúgena. Como Petrarca, Descartes y Spinoza, Eriúgena –escribe Schopenhauer– está entre “los que piensan por sí mismos”.

Otros habían comentado y enseñado aquel libro de Las nupcias de Filología y Mercurio escrito por un pagano africano de la primera mitad del siglo V, Marciano Capela; habían incluso hablado de su importancia para la educación cristiana. Pero ninguno escribió, como Eriúgena, explicando un pasaje decisivo: “Nadie entra en el Cielo sino por la filosofía”. Orígenes, el pensador cristiano del siglo III, dijo que hasta el mismo Diablo encontraría la Salvación al final de los tiempos. Eriúgena, sin embargo, indica que quienes postulan un infierno se quedan en la mera superficie de las palabras por desconocer la disciplina de la razón y la lengua griega; y que la razón “se reirá” de todo aquel que crea lo contrario. Otros muchos cristianos dijeron que de Dios nada puede ser dicho porque no se puede saber qué es. Pero Eriúgena llega al extremo de afirmar que ni siquiera Dios sabe qué es por la sencilla razón de que no es un “qué”; y que, precisamente por esto, cuando la Escritura dice que Dios creó el universo “de la nada”, en realidad, esa palabra “nada” no es sino el nombre que más se ajusta a eso que es Dios. Otros, antes y después, exaltaron la dignidad de la naturaleza humana. Eriúgena dice que “paraíso” no es sino el nombre que designa tal naturaleza y que, lejos de ser algo perdido, es el destino de todo ser humano, y que, incluso, habrá un don especial para aquellos que despierten del letargo en que vive sumidο el ser humano y desarrollen plenamente todas sus capacidades vitales, aquellos que —en términos eriugenianos— ejerciten paciente, esforzadamente, su razón. Otros hablaron de la utilidad de la razón para desentrañar el mensaje de la doctrina cristiana. Eriúgena escribe: “Que ninguna autoridad te atemorice apartándote de lo que la persuasión de una justa contemplación racional enseña”; “nosotros debemos seguir ahora a la razón que investiga la verdad de las cosas y no es oprimida por autoridad alguna”.

En algún lugar de su obra, dice Borges que unos cuantos años de olvido pueden equivaler a la novedad. Otros habían dicho antes cosas muy similares a las que quiso decir Eriúgena, es cierto. Unos sesenta años antes de él, Alcuino, el motor intelectual de la reforma cultural que quiso imponer Carlomagno a fines del siglo VIII, había enfatizado la importancia del estudio de las disciplinas racionales –las llamadas “artes liberales”: la gramática, la lógica, la aritmética, etc.– para la comprensión de la Escritura. Pero los primeros lectores de Eriúgena le reprocharon el perderse en el laberinto de la obra de Marciano Capela en lugar de leer los Evangelios, el vano y soberbio uso de la argumentación racional, y lo acusaron de dos o tres herejías.

Quizá la clave esté en aquel ensayo del autor de La evolución creadora, Henri Bergson, en el que se dice que hay en todo filósofo una intuición fundamental que escapa a cualquier intento de explicar su pensamiento como una consecuencia más o menos necesaria de circunstancias precisas que le tocó vivir.[1] Podemos rodear ese núcleo investigando el contexto histórico, analizando sus fuentes inspiradoras, determinando el alcance del saber de su época, etc. Pero hay algo que está siempre un poco más acá o más allá, irreductible a cualquier tipo de consideración histórica: “El filósofo podría haber nacido siglos antes; se habría encontrado con otra filosofía y con otro saber; se hubiera planteado otros problemas; se habría expresado con otras fórmulas; tal vez, ni un solo capítulo de los libros que escribió hubiera sido lo que es; y, a pesar de eso, hubiera dicho lo mismo”. Esa intuición –aclara Bergson– aparece siempre, en primer término, como un impulso negativo. El filósofo sabe primero qué no acepta. Solo a partir de eso, define lo que sí acepta; y esto podrá variar, recibir distintas formulaciones, precisiones, correcciones: lo que no acepta no cambiará nunca. Si varía en sus afirmaciones, esto será solo por su afán de ajustarse a esa intuición original:

“Se abandona a deducir perezosamente las consecuencias, según las reglas de una lógica rectilínea; pero he aquí que de pronto experimenta, ante su propia afirmación, el mismo sentimiento de imposibilidad que se le había presentado ante la afirmación ajena. Regresa a sí cuando retorna a la intuición. Un filósofo digno de este nombre  no ha dicho nunca sino una única cosa: e incluso, más que decirla verdaderamente, ha intentado decirla. Y no dijo sino una única cosa porque no supo más que un único punto: y esto fue menos una visión que un contacto; este contacto provocó un impulso; este impulso, un movimiento, y si este movimiento –que es una suerte de torbellino de cierta forma particular– no resulta visible para nuestros ojos sino por lo que ha juntado en su camino, no por eso deja de ser menos verdad que podrían haberse levantado otras polvaredas y que igual el torbellino habría sido el mismo”.

Hablar, pues, de la revuelta eriugeniana supone enfrentar ese torbellino hecho de antiguas ideas, de costumbres y sucesos ya olvidados de una época muy lejana, y esperar la suerte de que, en ese encuentro, nos dejemos arrastrar para poder, así, por un momento, alcanzar ese contacto, esa intuición que no es ni medieval ni cristiana ni nada, esa intuición que se traduce en el “no” al que está dedicado este pequeño libro.

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