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Notas sobre la crisis argentina

En estos fragmentos del ensayo originalmente aparecido en la revista Sur (1957), Murena observa una Argentina en crisis, pero frente al esquema reduccionista de la culpa aplicable a otros, opone la idea de lo común.

1. ¿Desde hace cuánto tiempo está la Argentina en crisis? ¿Desde su comienzo? Sin embargo, hubo en el siglo pasado un impulso “animal”, por así decirlo, que llevó al país adelante a pesar de sí mismo. Y hubo también a fines del siglo pasado y principios de éste, la ilusión de que se había plasmado una comunidad. La crisis latía entonces muy cerca de la superficie. Pero eran lapsos de crecimiento. Ahora, desde hace unas décadas, desde hace tres décadas, estamos en la crisis de la crisis (…) Y lo único capaz de sustituirlo, el espíritu de comunidad, no se formó. La prueba: el país está sumido en la parálisis. El enfermo ha caído en cama, finalmente. Lo mire por donde lo mire, estadísticas, estilo de vida, prestigio internacional, veo lo mismo (…)

2. Las acusaciones abundan. Naturalmente, pues acusarse es uno de los vicios característicos de cualquier crisis. El odre estalló y salpicó a todos. Cada uno trata ahora de limpiarse: hay una culpa en estado salvaje a la que es preciso exorcisar, darle un nombre, domarla, alejarla de nosotros. Cada uno se la echa encima a los demás (…) Es la rúbrica de la culpa. Lo que los separa se ha tornado de improviso màs fuerte que lo que los une. Y esta situación se extiende al resto de las actividades, agrupaciones, al país entero. Cada acusación se halla sustentada por una interpretación de la crisis. Las interpretaciones se basan en el error de ver causas en lo que no pasa de ser consecuencia. (…) Atendiendo exclusivamente a estos síntomas se forjan las explicaciones político-sociales de la crisis. Las acusaciones procedentes de este orden polarizan a la ciudadanía entera. ¿Es posible, entonces, determinar en este plano quiénes son los culpables de la crisis? No. Las explicaciones político-sociales no pasan de ser la entrada en la crisis de los políticos. La ciudadanía los sigue porque en los esquemas simplistas que le presentan halla un pasajero respiro para su inquietud. Por otro lado, no hay en suma más que dos grandes bandos. ¿Cómo desdeñar un mecanismo que sirve para drenar con tanta facilidad el odio y echar la propia culpa sobre los otros?

9. La crisis no es un problema económico. ¿Cómo podría serlo en una país que cuenta con  uno de los niveles de vida más altos del mundo? Hay problemas económicos, pero el problema no es económico. Por otro lado está la prueba negativa (…) Y ergo: la crisis no es un problema social. No es un problema de una determinada clase, que le ha sido infligido al resto del país. Es un problema de todas las clases porque todas fracasaron ante él, todas la crearon. Es, en consecuencia, un problema común. Un problema de la comunidad, siento la tentación de decir. Pero sé que debo contenerme. Pues sé que estamos juntamente ante el problema de la falta de comunidad.

10. Los planteos políticos son, entonces, radicalmente falsos. Los planteos políticos no son capaces de aportar ninguna solución a la crisis. Quod erat demostrandum. Pero los políticos subsisten. Seguirán vociferando, contribuyendo al error general, títeres de la crisis que de pronto se creen titiriteros. Cuando no me irritan con su vanidad y su estrépito, los políticos argentinos me dan pena. Claro que la mayoría de pasos no pasan de ser una máquina de distribución de puestos públicos. Pero incluso así, son como gentes obligadas a volar a quienes sólo les han dado una bicicleta para hacerlo. Pues, si se mira a fondo, ¿qué quiere este país? Un rey, una monarquía, un poder absoluto que represente al bando al que se pertenece y aplaste a los contrarios. La otra mitad del país fomentará la anarquía hasta que logre deponer a ese rey y montar en el trono al que ella sostiene. Y así, monárquico-anarquistas: eso somos, por darle un nombre. Todo el caudillismo público y privado de nuestra existencia apunta a lo mismo. Frente a ese monstruo, los pobres políticos, encargados de reducirlo, de domesticarlo, de presentarlo en el salón mundial de la democracia, para que haga algunas de las piruetas de moda. Forzados desde hace un siglo y medio a hablar de democracia, cuando su auditorio no tiene nada que ver con la democracia, no quiere saber nada de ella.

12. No hay comunidad en la Argentina. No formamos un cuerpo, aunque formemos un conglomerado. Nos comportamos como si cada uno fuese el único y estuviera solo, con las desdichadas consecuencias que ello tiene cuando la situación no es tal. La mano procede con olvido de la cabeza, la boca sin tener en cuenta el estómago, etcétera. Pienso en una de las funciones primordiales de la comunidad: la división. En una comunidad real tiene que haber partidos que pugnen en sentidos diversos: de ello depende el movimiento, la vida misma de la comunidad. Pero esos partidos perciben que forman parte de un todo, o sea que el movimiento no es caos ni anarquía. Cuando una situación no es resoluble dentro del cuadro de la comunidad, se apela a una revolución, para modificar dicho cuadro. La pugna partidaria y la revolución son los recursos que aseguran la vida de la comunidad (…) Es que no hay un organismo al que todos se sientan pertenecer. Cada órgano cree ser el todo, funcionando con prescidencia del conjunto: ¿existe una definición más exacta de enfermedad? ¿Y quién es el culpable? Nadie. Todos.

13. La memoria argentina es feroz en su debilitamiento (…) la memoria desempeña en una comunidad un papel capital como instrumento de fusión, de cohesión. Mediante el recuerdo vivo de personas y acontecimientos, la comunidad mantiene y prolonga sus cimientos, su energía espiritual. La memoria es el registro más veraz respecto a si existe y la medida en que existe en un pueblo algo superior a cada uno y sus integrantes. (…) Constituimos el país donde se conmemoran más aniversarios. Porque ninguno es real. ¿Cómo puede haber memoria en un pueblo en el que nadie reconoce nada superior a sí mismo? No hay comunidad: tal problema es acaso lo único que tenemos en común.

 

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