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Nodal. Método, Estado, Sujeto

Compartimos, como adelanto, el prefacio del nuevo libro de Roque Farrán, Nodal. Método, Estado, Sujeto (La cebra/Palinodia), de próxima aparición.

 

¿Me adelanto demasiado a lo que vendrá si afirmo intempestivamente que el método es el sujeto? En parte sí, en parte no. Me explico. El sujeto es, en parte, ese gesto de anticipación, de intuición, de precipitación y de decisión: el arrojo hacia la pura contingencia en una apuesta de pensamiento sin garantías; pero además es, por otra parte, el volver sobre los pasos dados, dar cuenta del recorrido, el modo, mostrar a otros por dónde se ha ido, se ha encontrado y se ha perdido. En fin: el método. El Estado, en este asunto complejo de idas y vueltas, puede cumplir dos funciones contrapuestas: o bien puede tratar de controlar si el camino de ida coincide maximalmente con lo que se cuenta a la vuelta, vía una constricción lingüística evaluadora y correspondentista, o bien puede habilitar que se abran y bifurquen los caminos en su pura potencia genérica. Me confío a esta última función y produzco en el cruce, el encuentro, el entrelazamiento: sujeto, método, estado. Es decir, me inscribo en una tradición materialista de producción teórica.

Hace tiempo insisto: después del sujeto, viene el método, que es su reverso ineludible. No podemos apostar sólo a las figuras de excepción, a la decisión y a la voluntad extremas, es necesario también dar cuenta de lo que se ha hecho (en el medio) y cómo se puede hacer de nuevo, rehacer o mejorar; el método tiene que ser transmisible, practicable, compartible; tenemos que estar dispuestos a pensar conjuntamente la complejidad de la época que nos toca, sin sucumbir ante las complicaciones o diferencias suscitadas; y además, sin tener una visión unificada de todo, al menos captar la nodalidad común que nos constituye. Es allí donde aparece fugazmente, a su vez, la dimensión singular del Estado a indagar. No hay totalidad que se aprehenda enumerando meramente una serie de medidas y cifras estadísticas, lo que hay en cambio es una nodalidad que se capta en el cruce imprevisto de cuestiones materiales, simbólicas y afectivas; y a ese nudo hay que reflejarlo y exponerlo cada vez, en implicación sistemática; sólo un trabajo minucioso de composición de nuevos sentidos, engarzados en la materialidad de las diversas prácticas, puede combatir la idiotización promulgada desde los medios hegemónicos y encarnada en las nuevas identidades políticas soft. Es necesario un nuevo concepto de sujeto político que no sólo pueda confrontar, tomar decisiones, anticipar, sino que además pueda volver sobre sus pasos, componer otras vías, transmitir sus modos, etc. Es decir, necesitamos un método. En ese sentido, es preciso entender entonces que la elucidación de la misma práctica filosófica constituye un requisito sine qua non para captar la índole singular de los enunciados y conceptos: estado, método y sujeto -no importa el orden de aparición- se anudan simultáneamente.[1]

Así, por ejemplo cuando Badiou se pregunta por la vida completa en una Conferencia que dio en Ljubljana, titulada como su próxima gran obra “La inmanencia de las verdades” (tercer tomo de El ser y el acontecimiento), es llevado a formular algo que no ha tratado aún en sus trabajos previos: “la Idea de las ideas”.[2] Esto tiene en la tradición moderna, más específicamente spinociana, un nombre: el método. Se refuerza además esta idea del método porque en el mismo texto de la Conferencia, poco más adelante, al preguntarse por el sujeto filosófico Badiou insiste con el problema de la transmisión: el “contacto subjetivo” del filósofo con la verdad, un real elusivo.[3] Vemos entonces que el problema más urticante o delicado del sujeto (lo “real” del sujeto habría que decir, el afecto mismo) se devela en su reverso impensado: la transmisión de la idea, la idea de la idea o el método. Como la filosofía de Badiou es extremadamente amplia (abarca pensamientos políticos, ontológicos, psicoanalíticos, artísticos y científicos) y por demás compleja (busca todo el tiempo componer y compatibilizar esos pensamientos heterogéneos), se presta a la extracción de proposiciones muy diversas: tanto al uso dogmático y repetitivo de frases hechas que impiden pensar novedades (p. e., “la política a distancia del Estado”), como alusiones demasiado generales y poco pertinentes que invitan a la crítica fácil (p. e., “el acontecimiento como ruptura con la situación”). Por eso es fundamental entender el modo de trabajo filosófico y la especificidad de la producción conceptual, esto es, el método. Se trata de captar la lógica inmanente que liga los distintos enunciados y poder producir así, llegado el caso, otros que no han sido formulados por el propio Badiou pero sí han sido habilitados por su riguroso y amplio sistema de pensamiento. Este modo de lectura atraviesa diagonalmente y motiva en su conjunto el presente trabajo excediendo las referencias exclusivas al filósofo franco-marroquí. Por eso aparecen otros nombres propios vinculados a la problemática en cuestión: Althusser, Lacan, Foucault, Agamben, Nancy, Butler, entre otros.

Mi crítica -o bien “lectura sintomática”- del pensamiento de Badiou pasa por tres puntos problemáticos que trataré de examinar, ampliar o rectificar con recursos de otros autores, o bien elaboraciones propias, en distintas partes del libro: i) en cuanto a la subjetividad militante, el no tener en cuenta las pulsiones y su complejo modo de imbricación (no sólo la “pulsión de muerte”, como insiste Zizek, en este sentido me parece más ajustada la elucidación de Butler); ii) en cuanto al Estado, el no extraer todas las consecuencias de sus propios planteamientos ontológicos para pensar otras formas de estatalidad no meramente coercitivas o normalizantes (la cuestión clave de las “orientaciones de pensamiento”); por último, en cuanto a la ideología, el no retomar el mecanismo de interpelación (el llamado) elaborado por Althusser para pensar las distintas modalidades de constitución subjetiva (no sólo esa diferencia más bien filosófica entre “materialismo democrático”, “dialéctica materialista” e “idealismo aristocrático”). En fin, en términos lacanianos, propongo pensar al sujeto en tanto real, al Estado en tanto simbólico, y a la ideología en tanto imaginario; de su anudamiento complejo responde el pensamiento sistemático que aquí insiste en escribirse.



[1] De hecho, el orden de desarrollo lógico-conceptual refleja de manera invertida el orden cronológico-realista, pues mi escritura había comenzado por el sujeto, seguido por el estado y, por último, el método. Al invertir el orden y agregar una modulación suplementaria al sujeto (una vuelta más), con el término vida, considero que alcanzo mayor concisión y sistematicidad en el conjunto articulado.

[2] Alain Badiou y Fabien Tarby, La filosofía y el acontecimiento. Seguido de una breve introducción a la filosofía de Alain Badiou, Buenos Aires, Amorrortu, 2013, p. 149.

[3] Íbid., p. 159.

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