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Borges y el Pacto Sur

Presentamos un adelanto de Borges y el Pacto Sur, nuevo libro de Gastón Fiorda, que acaba de ser publicado por Editorial Punto de Encuentro.

Capítulo 1

 

Decidí creerle sabiendo que el daño era irreparable. Daniel, recostado sobre la mesa de café, daba los detalles de lo que parecía ser una hipótesis inquietante. Recuerdo sus palabras cayendo lentamente de su boca, y el asombro que despertaban. No sólo porque se trato de Borges, sino porque además estuvieron exentas de su habitual mesura.

–Borges es una ficción, una creación colectiva. –La irrupción de la camarera preguntando si íbamos a tomar algo más lo privó del regodeo. Un mérito irreverente que exhibía con pedantería. –Incluso Kodama ignoró todo este tiempo que se trató de un pacto, que mantuvo en pie hasta su desaparición.

De modo original juntó sus cosas, hasta entonces desparramadas en la mesa, y partió, dejando suspendido un rasgo de imprecisión.

Pedí otro café, como quien pide la cuenta a la espera de una réplica, y me quedé mirando por la ventana los tinglados simétricos de los galpones de Balvanera. De un modo íntimo el día comenzaba a despedirse.

Creí pertinente salir del bar y volver a casa; no era más que el prólogo de una noche que terminó siendo parte de un ciclo que dio prueba de este libro de sospechas. Después de algunas cuadras confirmé el deseo de una cerveza que acabé pidiendo en un bodegón aprisionado, como un hiato del asfalto, por las calles Pasco y Moreno. Alguien, del otro lado del salón, escribía en la pared; no parecía temerle al mozo. Al terminar, pidió la cuenta y se fue.

Arrastrado por la curiosidad –en algún momento hablaré de ella– decidí mudarme a esa mesa. Sobre el blanco del revestimiento, con un trazo malogrado, quedó escrito: la literatura es una sola, y en un autor están todos los autores. Di crédito a esa conjunción, quizá falsa, de que las palabras de Daniel y ese garabato estaban ligados y eran parte de un mismo acertijo.

Pedí otra cerveza, esta vez con un par de empanadas fritas. A mis espaldas, el televisor arruinaba el silencio, mientras que del baño se acercaba el olor abusivo de la orina. Con el índice derecho sobrevolé las letras, hechas con lápiz, y descaradamente adopté un atajo: ¿qué sería de la inexistencia sin la existencia de Borges? Una confirmación, contestó mi mente infiltrada por una perezosa lucidez.

Al salir del bar, el viento confundió mis pasos con los tropiezos, pero no caí. Llegue a casa. Esa noche dormí vestido al acecho de nuevas pistas.

 

* * *

Desperté, ese sábado, intentando negar al sol que se filtraba por las persianas. El calor era insoportable. Aparté el pelo de mi frente y logré sentarme en la cama. Repuesto, toqué mi abdomen hinchado, adivinando un cuerpo líquido.

Una mujer me visitaba un día por semana. Limpiaba, sonreía y estaba conmigo.

Digo me visitaba porque no le pagaba; Débora no quería cobrarme. Hoy era ese día. Lo curioso era que la esperaba, reconstruyendo un personaje que de otra forma abandonaría; un instante entre el afuera y lo privado.

A mi alrededor, un juego de ajedrez a medio empezar, que nunca acabaré; sobre la mesa de luz una foto con dinero antiguo de Suiza y el segundo tomo del Quijote.

Por inacción pensé en Daniel, en el modo extraño con el que había ironizado sobre Borges. Y sin advertirlo me abandoné a las suposiciones, llegando a Walsh, como quien estudia por primera vez a Marx, con reverencia práctica y una frase que lo sintetizaba todo: hay un fusilado que vive. Ese hombre será Juan Carlos Livraga, el del agujero en la mejilla y la garganta; el de la boca quebrada y los ojos opacos, donde ha quedado flotando una sombra de muerte.

Estalló un grito en la calle que por desgracia no escuché.

Tenía pensado visitar a mi hermana por la tarde, cuando se fuera Débora. Habían pasado años del último encuentro. Si mal no recordaba había sido en Montevideo, en la plaza Independencia, a resguardo del monumento a Artigas. En aquella oportunidad me dijo: me vuelvo a Madrid, no puedo quedarme más

tiempo. Nos abrazamos creyendo que no volveríamos a vernos. Pero un lustro después regresó a Buenos Aires; esa tarde iba a decirme por qué.

Primero una discusión, luego el teléfono. Del otro lado Débora que me decía que no vendría. Cortó sin esperar mi respuesta. Ignoro las circunstancias que me llevaron a levantar la voz, a hablar sin dar cuenta del patetismo.

Costó que me tranquilizara. Ayudó la decisión de darme un baño. También me ocupé del pelo. Al terminar, encendí la computadora; una frase de María Kodama, a instancias del velatorio de Borges, acomodó mi cuerpo en la silla como advertencia de trabajo: recuerdo aún con asombro como conservaba el color rosado en sus mejillas; y la placidez que exhibía, que más que sin vida parecía descansar en un sueno profundo.

No estaban allí las marcas del cáncer. Mucho menos esa debilidad que ocupó su humanidad entre fines de 1985 y junio del 86. Seguramente, Kodama quiso restituir la hidalguía de un hombre que exigió decoro incluso en la soledad de su última noche en el departamento de la Grande Rue 28, en Ginebra.

Reinicié la búsqueda hasta dar con la voz del escritor destacando el equívoco de su inscripción en el Registro Civil: mi padre me anotó como Jorge Francisco Isidoro Borges. Recién en 1939, a instancias de la muerte de mi padre, advertí el error y llevé adelante los trámites para corregir ese olvido que me maravilló. Había en ello una densidad importante de misterio.

Siempre fue grato referir la ceremonia de su literatura, la forma de invocar al olvido, como un eufemismo de la realidad. Y si se trataba de una  ficción, ‒una manera prudente de llamar a la traición‒, poco importaba. ¿Quién supuso que el arte de escribir no encubre una estafa? En ese contexto, acepté la vaguedad de la teoría de Daniel junto a la frase anónima del anciano en el bodegón. Luego me parecieron absurdos la historia y mi interés; la simultanea capacidad de que una misma cosa, alguien, quizá existiera junto a su imposibilidad, con un concepto y correlato ontológico, como una idea que se piensa sin sustancia.

Alargué mi cuerpo en la silla, y releí algunos versos de Fervor de Buenos Aires.

 

* * *

Al calor de la tarde asomaron algunas obligaciones. Tenía pendiente, desde hacía meses, la compra de una crema dérmica y un blister de itraconazol para tratar la infección en mi cabeza; era matemático el cuadro, cada tres días sangraba y se ocupaba de pus.

Llegué hasta la farmacia de Alsina y Entre Ríos por el descuento y luego al supermercado por tres cosas: pan, yerba y azúcar. Por un soplo del destino descubrí, entre las góndolas de golosinas, al anciano del bodegón. Silbaba indiferente lo que parecía ser un tango gemebundo y con precisión ensayaba algunos pasos ante la mirada escondida de la empleada.

Quise tomarlo del hombro, pero se interpuso un hecho cualquiera: una voz, una caída, un arrebato, y al regresar la vista, él se había perdido.

De vuelta a casa sonó el celular. Era Sofía, mi hermana, que llamaba para explicarme que lo mejor era juntarnos por la noche, que tenía ocupada la tarde. Insistí con el plan inicial. Ella se mantuvo firme con una autoridad que no me animé a desafiar.

Bajo las obligadas circunstancias, me aboqué a las correcciones de la novela En nombre de Dios, un texto infinito a esa altura, con pretensiones descaradas de hallazgo literario, cuyo protagonista, Luca Morris, un joven de apenas 17 años, asesina a su progenitora y a un niño so pretexto de su delirio místico.

Después de unas horas desistí de la tarea. Eso también era parte de mi novela: desistir; no ya de En nombre de Dios, sino de otra más precaria que narraba las perversidades de un pasado que intentaba componer con axiomas retóricos, como cualquier vida que se analiza en retrospectiva, y que podría resultar análoga con este Borges: el día en que se den cuenta de que soy un impostor, cuando realmente lean las pocas obras que he escrito, comprenderán que se han equivocado y me echarán con furia de todos lados.

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