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El laberinto de nuestra cultura

La ensayista pone en juego las imágenes del laberinto, del minotauro y del río, entre otras, para reflexionar acerca de la particularidad de nuestra cultura americana.

 Paul Klee, Intention, 1938
 

Como hombres somos siempre Teseo, hombres que no deciden nacer pero se encuentran, de pronto, con la obligación de enfrentarse a fuerzas desconocidas. Una vuelta adicional, sin embargo, se cierne para el americano sobre ese enfrentamiento que se da en toda existencia. Los americanos no somos sólo Teseo, sino que somos, a su vez, el minotauro. Paradoja imposible en el hecho de que, para poder vivir, debemos asesinar algo de nosotros mismos. Ser y no ser al mismo tiempo, como el río, en el que “lo divergente converge consigo mismo; ensamblaje de tensiones opuestas, como el del arco y la lira”.

Río u océano, siempre Poseidón, quien para vengarse de Minos, lleva a Pasifae a enamorarse del toro blanco. Insensata pasión, deseo monstruoso. Y Poseidón como ese inmenso océano, transporte seminal hacia la copulación impura: la del europeo con el Nuevo Mundo. O Europa en el lomo de aquel toro que es Zeus, secuestrada por él para cruzar el río.

De la ira de Poseidón, el océano hacia nuestras tierras. Dios del mar y de los terremotos, que agita el mundo para hacerlo parir un nuevo tipo humano. Un mundo que será un curioso laberinto: intento de fundación, como Theseus, pero esta vez el minotauro a su lado, como una sombra terrible sacudiéndose, a su paso, todo el polvo ensangrentado.

Universo atravesado por venas rizomáticas  y latidos dialécticos, compás de un baile erótico entre civilización y barbarie. Negando lo dual, corremos al río. Buscamos nuestra imagen en el fondo. Pero Poseidón se burla de nosotros y nos devuelve sólo un reflejo confuso, el de una culpa indescifrable que, como una maldición, se duplica y duplica en los espejos.

¿Cómo escapar del laberinto? ¿Cómo encontrar, si hay, una salida? Construido por el apolíneo Dédalo, parecería que la razón es la que cuenta y que escapar de él es una cuestión técnica. La matanza violenta del minotauro, sin embargo, ya no parece obra de Apolo, sino más bien de Dionisos, de ese dios desterrado del palacio Olímpico, al que no le basta oración y sacrificio, y exige la transformación humana toda.

El camino para salir del laberinto no se crea tanto en la respuesta sino, en verdad, en ser capaces de plantear la pregunta. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz bucea este enigma haciendo la genealogía de los mexicanos como mestizos, y en ese árbol genealógico fuera de lo común encuentra dos madres: una es la virgen; la otra, la prostituta. Sólo esta última puede dar a luz, generar vida, aunque su hijo sea ese hombre atormentado y solitario, que dedicará su vida a rechazar ese origen perverso. Herida del origen que asustaría a cualquiera:  el de La Malinche, amante de Cortés, violada por el conquistador y rápidamente olvidada.  El mexicano, pues, opta por renegar de él, eligiendo como madre a una madre asexuada, tomando como figura maternal a un fantasma. Negación de la materia y de la madre erótica, que nos hace olvidar la materialidad sudorosa de ese primer momento.

Un fantasma termina siendo el mexicano mismo, al volverse incapaz de abrir los ojos a su origen. Pero con él se topa, cual Edipo, sin poder escapar, en todas partes. “¡Ay! ¡Ay! Todo se ha aclarado ahora. ¡Oh luz, pudiera yo verte por última vez en este instante! Nací de quien no debería haber nacido; he vivido con quienes no debería estar viviendo; maté a quien no debería haber matado”. Como el lamento de Edipo que canta Sófocles, el reconocimiento del origen parece acarrear, para el mexicano, su propia destrucción. Trata de calmar a las divinidades con sacrificios, pero éstos responden siempre como Poseidón insatisfecho con Minos. El homenaje no hace sino encender la ira: una venganza que se manifiesta como abandono. La divinidad se retira, el padre se va, sus hijos se quedan solos en un laberinto interminable.

“Queremos hacer sacrificios y rendiremos lo primero que llegue y tenemos que sacrificar a Toro, hasta que se pierda en las aguas oscuras, y a Minotauro en artificial persecución laberíntica”, escribe Lezama Lima. La pregunta inicial se ríe de nosotros, mientras la distinción parmenídea se tambalea y cae sin peso en una oscuridad audible. En lugar del “¿qué somos?” aparece una imagen. Una con voracidad de forma, con deseo de penetración de forma, como un toro furioso renaciendo de entre las aguas oscuras, a través de constantes metamorfosis.

“Las interpretaciones entre lo sucesivo; las pavorosas distancias entre una y otra ventana y la tropa en que cada guerrero estrena un distinto uniforme, y que forman las espumantes, indetenibles metamorfosis”, apunta Lezama, “cada objeto hierve y entrega sucesión. La jarra suda su agua estancada, y de esa podredumbre estática, donde se sientan los insectos a esperar, la flor conduce su testa en la frialdad aconsejable para su frente”.

La humillación americana se transfigura y la distancia puede volverse arte, la distancia como el escenario “donde deslizamos el espejo que suda rocío de enigmas y la lenta transpiración o vapor de las imágenes”.

La herida se convierte en movimiento. El toro carga a Europa en su lomo, ella se tambalea pero el toro la carga, y sumergido en las aguas, en las aguas de la noche, se vuelve metáfora y luego epístola. Y luego imagen, deseosa de una forma.  Violación de blancura y de esa transpiración, de ese sudor: vapor de imágenes. Mientras, el toro avanza, mientras ríe, dejando sobre las aguas una marca como el tatuaje violento sobre Europa: “Tened cuidado, he hecho la cultura”.

 

 

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