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Poemas inéditos

El autor de Variaciones Goldberg (Ediciones del Dock, 2003) y Pólder (Bajo la luna, 2014), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos: “Las macetas”, “Sequoias” y “Balada”.

Las macetas

El abuelo  José,
sus padrinos Benita y Gregorio.
Cuánto quería
ser ingeniera mecánica.
Las mañanas en la fábrica
ayudando a su padre
a encender los motores.
Todo eso recordaba.

Pero ahora, a mediodía,
la preocupación
son dos macetas
pesadísimas aun para
su genio taurino.

Primero levantamos
la del jazmín paraguayo
para liberar el drenaje
anegado por las lluvias
recientes.

Reacomodamos la tierra
y palpamos las hojas.

¿Te parece que esta primavera
sacará esas flores
que cambian de color?

Al abrirse son violáceas,
luego pasan al azul claro
y finalmente al blanco.

Las manos entrelazan
la tierra ya inseparable
de esos filamentos llenos
de savia, adheridos
a las paredes de cerámica
resquebrajada.

Sus uñas pintadas
de rojo se hunden
en el barro.
El esmalte emerge intacto
pese a la dura faena.
Su brillo cosmético
me encandila.
Es inusual
que embellezca sus manos
destinadas a los motores
y al gesto contenido.
Como al pasar me promete
que el filodendro del pasillo,
ese que miro con ansias
depredatorias será mío.

Hacemos una tarea
silenciosa
tan eficaz como
inútil.
Arrancamos al unísono
las raíces del fondo
tirando con fuerza
del tallo,
algunos terrones
se desprenden
al primer contacto,
otros exigen
rotar las manos
y el cuerpo
para desmontar
ese perfecto sistema
bajo tierra.

Los rayos del sol caen
perpendiculares
para que se cumpla
la voluntad de mi madre.

 

Sequoias

El atlas en la mesa de luz
costa este o ladera escarpada.
Leer un mapa
como un libro.
Claves que superponen
imágenes y lengua.
En esa encrucijada
aparecen montañas nevadas
surcadas por ríos
que dividen la tierra.
Leer un mapa
obliga a una sutil rotación
de las células,
de manera que nuestras cabezas
resignen arrogancia por visión,
perdidas para siempre
en un bosque
de sequoias gigantes.

 

..

Balada

La lluvia disipa los proyectos,
su inclemencia se derrama
en el Impenetrable o
en Buenos Aires
con igual parsimonia.
Nuestros padres se mueren
como moscas. Asistimos
a los hospitales y a las dosis
con el ligero temblor
de los hijos
y hermanos intercambiables.
No hay frases tranquilizadoras
ni clima constante.
Diferentes signos de vida;
nos escribimos, hablamos
para compartir recetas
del infortunio o
maneras de caminar
sin levantar polvareda.

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