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No tanto de silencio

El autor de Guatambú (Tsé-Tsé, 2003), El pronóstico de oscuridad (Bajo la luna, 2012), y Noticias de la belle époque (Club Hem, 2015), entre otros libros, comparte con nosotros tres poemas inéditos.

NO TANTO DE SILENCIO

 

De haberlo sabido, los días serían

su extensión del mismo descanso.

Ves al tiempo la claridad de la mañana

y la alternancia del comienzo de la tarde.

Lo que parecía una misma luz, no lo era,

sólo el relevo de las sombras que proyectamos

asumían un diálogo indefenso. ¿Y qué decían

esas sombras? Que quien interpelaba era

un niño con la cáscara de su abuelo; que

quien callaba antes de decir parecía el monitor

de una computadora con miles de mensajes

en su interior, la existencia ordenada y servida

para otros cuando recogieran la emisión

de un aparato cuya vida útil cesaba durante

el abandono. Al tocarme casualmente el rostro,

o bien buscando deshacerme de la invasión

de un insecto desconocido, pude seguir la grafía

de una arruga que emergió ni bien pasada

la noche. Tal vez la forma de dormir de siempre,

esos dedos sosteniendo el descanso nocturno,

el modo de cancelar el día cada noche

desde que descubrí cómo soñar sin ser visitado,

mientras fueras vos el único intruso

y yo quien consiga despertarme.

 

 

EL PUNTO MÁS ALTO

 

Me felicitaron por llegar al punto más alto,

y mejor me saludaron por haber tenido control

sobre ese punto. ¿Y qué significa tener control

en todo este asunto? “No haber querido sobrepasar

ese punto –respondió ella–, eso significa, justamente.”

“Sin embargo, fíjate qué lejos vuelan esas aves,

y cómo escapan de la combustión de los autos

y de las sirenas de los patrulleros”, dije,

mientras observaba un cielo limpio y del otro

lado aún sonaba su respiración, acelerada.

En verdad estaban muy lejos, cada vez más

distantes, el negativo de una familia de estrellas.

 

 

OTRO ESCENARIO POSIBLE

 

Nuestras certezas cayeron, van de mal en peor.

Un niño desaparece en el lago congelado.

La pista se derrumbó mientras patinaba

con su amigo de colegio. Las calles numeradas

cambian de mano. Su padre no calculó

con precisión el espesor del hielo y tampoco

el peso del niño. Nadie conoce como él

lo que significa un error de cálculo. La memoria

adquiere un espesor del que no estamos

debidamente informados. Las calles vuelven

a ordenarse, pero esta vez de atrás hacia adelante.

En esta tierra, cuya humedad promedio supera

el sesenta por ciento, no se encuentran lagos

helados. Así que el niño está a salvo.

Será un niño sobre un lago helado

sostenido por la superficie, para siempre.

 

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