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Nuestros años ochentas. Reflexiones desde la vida dañada

Una lúcida lectura crítica de Los espantos. Estética y postdictadura de Silvia Schwarzböck (Cuarenta Ríos, 2016)

1.

Los espantos. Estética y postdictadura se abre con una referencia estratégica a Nuestros años sesentas de Oscar Terán. El libro recuerda que Terán recomendaba introducirse a los sesenta argentinos por la filosofía, pues su objeto habría sido filosófico. No sólo por ser los años del sartrismo y del Centro Editor, de la modernización cultural y del intelectual de izquierdas, sino sobre todo por ser los años en los que la historia misma era pensada y vivida filosóficamente, es decir, como el despliegue de la razón en el mundo, que se realiza como la verdad de la vida, como la vida verdadera. A la postdictadura, por contraste, sugiere la autora, conviene ingresar por la estética. Inicialmente, se justifica este desplazamiento con una teoría de los géneros: la postdictadura, sus espantos, pertenecerían al género de terror, y ello reclamaría un abordaje estético. Pero esta justificación inicial del cambio de perspectiva, un tanto externa, va dejando lugar a lo largo del libro a una mucho más de fondo, y que ordena de algún modo el conjunto: la izquierda intelectual sufre un desplazamiento fundamental cuando opera por fuera del supuesto de la verdad, de la vida verdadera, de la historia filosófica. Se estetiza. Esta estetización de la izquierda postdictatorial alude a la pérdida de fundamentos, a la disolución de la voluntad de verdad, al fin de la vida verdadera, ese sublime objeto de la vida de izquierda. El ocaso de lo sublime llevó, en los 80, a la oscilación entre la belleza estulta y la lucidez abyecta (dos estéticas de lo explícito). Todo retorno a Kant repone a Sade como su sombra necesaria, y todo Portantiero proyecta su Fogwill, que a su vez necesita de Portantiero para no escribir como él. La disputa entre ellos despliega una sola pantalla de humo sobre un mismo objeto perdido: la vida de izquierda como vía regia hacia la vida verdadera.

 

2.

La verdad sublime de esa vida, ahogada entre el kitsch socialdemócrata y el malditismo esteticista, ocupa un lugar singular en el libro de Schwarzböck. Su diagnóstico del esteticismo postdictatorial no recuerda a la crítica benjaminiana, en la que la estetización de la política corría por cuenta del monumentalismo fascista y de la violencia fusional de la guerra técnica convertida en espectáculo. Muy lejos de eso están nuestros intelectuales de izquierda conversos. Por el contrario, la estetización diagnosticada en el libro es la de la desrealización del mundo, la de la pérdida de sustancia, la de la despolitización neutralizadora, la de la autoparodia lúdica, es decir, la que Hegel y Schmitt denostaron en los románticos: lo político reducido a ocasión para la expansión ilimitada del yo que, munido de la ironía (la más argentina de todas las pasiones), disuelve lo real en la ambigüedad, la paradoja y la aporía, y le permite tener cualquier filiación política de ocasión, sustrayéndose al duro trabajo de lo negativo y preparando el clima de la neutralización liberal y neoliberal de la política. Pero claro, en Schwarzböck esa crítica no se hace desde la verdad de Estado, como en Hegel o Schmitt, sino desde una verdad negativa prometida en una escritura singular. Pues, después de todo, esta lectura de la estetización postdictatorial, que de algún modo repone los tópicos de la crítica al posmodernismo de Jameson o Grüner sin asentarse en las verdades del marxismo que ellos aún suponían, apunta a una desestetización del discurso de la izquierda. En esto nos dejamos llevar por el paralelo propuesto con Terán. Pues si Terán nos introduce a los años 60 por la puerta grande de la filosofía, nos propone, sin embargo, huir del edificio en llamas por la modesta ventana de la historia intelectual: si, en la lectura de Terán, los sueños filosóficos de los 60 produjeron los monstruos de los 70, la abjuración de la filosofía fue un modo de apuntalar el consenso “esteticista” de los 80. Quizá en sentido análogo, el libro de Schwarzböck proponga ingresar a los 80 por la ventana de la estética, permitiendo ver las formas en que en su celebración de la apariencia produjo su propio monstruo neoliberal, pero para escaparnos ya del edificio postdictatorial por la puerta principal de un ensayismo filosófico que resguarda la verdad negativa del sufrimiento inaparente que pide a gritos ser visto y anunciado. Porque hay que aclarar que los espantos” del libro son el reverso exacto del “show del horror” de Fogwill: no la explicitud de un régimen de la apariencia sin resto, sino el aparecer evanescente de ese resto, no la visibilidad que impide pensar sino la inapariencia de lo impensado. “Son espantos. No los mires y se van”, decía la tía Lala en La mujer sin cabeza de Lucrecia Martel. Los espantos son el aparecer de lo impensado por la estetización socialdemócrata-neoliberal de la política.

 

3.

El libro de Terán se publicó hace puntualmente 25 años, el tiempo, podríamos decir, de una generación. El libro de Schwarzböck parece querer situarse, a pesar de los contrastes, en el mismo registro, en la misma serie, de Nuestros años sesentas, es decir, el de una interrogación por los avatares y las alternativas de la intelectualidad de izquierdas en relación a un presente en peligro para esa cultura. Todo invita a multiplicar las asociaciones. Así como Terán realiza su catálogo de los ismos de los 60 (peronismo, frondizismo, liberalismo, marxismo, populismo, antiintelectualismo, etc.), Schwarzböck organiza el abanico de los ismos posdictatoriales de un modo exhaustivo e inédito (socialdemocracia, postrotskismo, burocratismo, buenismo, interpretacionismo, derecha sin ismo, etc.). Si la gramática teraniana se postulaba en última instancia para explicar la complicidad de la izquierda con la violencia de los 70, Schwarzböck propone algo análogo: comprender la complicidad de la izquierda revisada de los años 80 con la violencia neoliberal que vino después. Si para Terán hubo un “bloqueo tradicionalista” en el golpe de Onganía que de algún modo explica la ceguera cómplice de la izquierda ante la violencia de los 70 y disculpa, por elevación, su consecuente abjuración generalizada en los 80, podemos decir que para Schwarzböck lo que tendríamos sería un bloqueo progresista en el discurso de los derechos humanos que nubla la visión de la posizquierda ante la singularidad de la violencia neoliberal, violencia ya no dictatorial o concentracionaria, sino incruenta, empresarial y espectacular. Si Terán movilizaba la noción de “campo intelectual” para echar en falta su pérdida de autonomía en los 70 y por tanto, indirectamente, justificar el repliegue de los intelectuales en el “salón literario” de los 80 y la jibarización de la filosofía en historia intelectual, Schwarzböck muestra las múltiples formas en que el salón literario impidió pensar la política a partir de esos años, o mejor, la forma en que la sobrevivencia de la izquierda como cultura, la reducción de la vida de izquierda a la autonomía del campo cultural, representa nada menos que el triunfo de la vida de derecha: Bourdieu como sepulturero de la vida verdadera.

Así, entre analogías, desplazamientos y quiasmos, no parece aventurado seguir la sugerencia de la propia autora y leer juntos estos dos libros-balance de la izquierda intelectual en nuestro país. Schwarzböck ha escrito el Nuestros años ochentas que hace tiempo veníamos necesitando, discutiendo en los pasillos, pero nunca concretando como escritura. Y ahora que pongo ambos títulos en máxima proximidad, quizá aparezca su máxima distancia. Terán escribía el libro sobre los 60 que la post-izquierda de los 80 necesitaba. Porque el libro de Terán no es sólo el libro de Terán. El libro de Terán es el emergente más elegante de todo ese dispositivo ideológico que Schwarzböck denomina justamente “postdictadura”, que se fue montando a lo largo de los 80 y que, ya con Menem en el poder, realiza esta síntesis distanciada y melancólica de los juveniles años de la política. ¿Emergente de qué sería Los espantos? ¿Hay algún dispositivo más general que se deje ver en él? ¿O la fascinación que nos genera el libro tiene entre sus causas el vacío de dispositivo que hace visible a su alrededor? Schwarzböck también nos ofrece un balance de la izquierda en un momento de crisis o transición, ya con Macri en el poder, y para ello, del mismo modo, vuelve sobre las inercias ideológicas de la izquierda actual. Pero ¿podríamos imaginar que Nuestros años sesentas es al alfonsinismo lo que Los espantos al kirchnerismo? La implacable crítica al progresismo que el libro despliega parecería excluir esta posibilidad, a la vez que su enfática negatividad parece excluir cualquier tipo de adhesión orgánica. Y sin embargo, aún sin organicidad, hay un matiz, o dos, que nos hacen pensar también a Los espantos como emergente de época, aunque sea por vía negativa: el poskirchnerismo será no-progresista o no será.

 

4.

Pero entonces, ¿desde dónde y para quién fue escrito este libro? Diego Caramés y Gabriel D’Iorio, los editores, proponen desde el prólogo un nombre: la postderrota. ¿Qué sería la posderrota? La posderrota es atravesar el núcleo de la derrota, es decir, entender de una buena vez que los 80 no son los años del retorno a la democracia y el fin de la dictadura, sino los años de la victoria de la dictadura en tanto retorno a la democracia. Por eso, como pocas veces en la Argentina (a diferencia, por ejemplo, de Chile), se enuncia en este libro a la democracia como posdictadura, es decir, como la posteridad, económica y simbólica, de la propia dictadura. O dicho en los términos de libro: la dictadura dejó de ser desaparición de personas y pasó a ser victoria de la vida de derecha, que era lo único que le interesaba al dispositivo desaparecedor. Con el progresismo cantando León Gieco, la derecha consuma su victoria mejor: la que no se deja ver sino como derrota. En los años 80 Fogwill reescribe este guión, que ya había escrito Borges en su Deutsches réquiem. Para glosar a Otto Dietrich zur Linde, los militares dirían: que la vida de derecha exista, aunque nuestro lugar sea el infierno. ¿Qué importa que Alfonsín sea el martillo y los militares el yunque? El punto era que se forjara, al calor de la violencia de estado, la vida de derecha como única vida posible. Eso: la muerte del fantasma del comunismo entre el martillo socialdemócrata y el yunque militar, eso es la posderrota. La insospechada muerte de un fantasma, de un resto. El fin de un asecho. El desmoronamiento de lo sublime. El fin de la dialéctica Estado/contrainformación. El paso al Estado “postwalshiano” de lo explícito, de lo obsceno. El peronismo como antigüedad y el menemismo como juventud. El menemismo como explicitación obscena del trono vacío, del fuera de escena, como estética del trono vacío, como derecha sin ismo. El neoliberalismo como religión capitalista, es decir, como culto sin dogma, como celebración ininterrumpida de un culto sin ismo. Este libro podría estar dirigido a la generación que vivió su juventud como posderrota. Carlos Godoy, en pleno kirchnerismo, dedicaba su Escolástica peronista ilustrada “a las generaciones sin revolución perdida”. Aprender a vivir sin el horizonte de la revolución fue la gran tarea de la postizquierda en la posdictadura: estetizar la derrota. Quizá lo que el horizonte kirchnerista, apenas sugerido en el libro, planteó como tarea a la posdictadura sea cómo vivir sin el agobio de la revolución perdida: elaborar la posderrota. ¿Puede sugerirse que este es el lazo entre el libro y el kirchnerismo? Quizás. Pero entonces: ¿qué nos ofrece a los habitantes de la postderrota?

 

5.

Hasta el momento, la división de las tareas intelectuales de la izquierda postdictatorial parecía alternarse entre el kitsch progresista y el malditismo post-fogwilliano. Uno de los logros del libro de Schwarzböck es la forma en que reordena el tablero y muestra la copertenencia de progresismo y cinismo a una misma dialéctica de la ilustración argentina. Fogwill, retratado aquí como “ilustrado oscuro”, forma parte del mismo juego del salón literario. El libro de Schwarzböck logra apropiarse del diagnóstico fogwilliano prescindiendo de su juego. Vale decir, salva a Fogwill de sí mismo, y no por Fogwill, sino por lo que de su lectura necesitamos en las tareas de la postderrota. El dispositivo del libro permite reconocer la estetización fogwilliana del habla de los vencedores: él no busca el punto de vista de la contrainteligencia, o los contrapoderes, sino sencillamente el punto de vista del mal. Y ello lo utiliza como otro insumo más en la disputa de poderes del salón literario: el antiprogresismo como condición necesaria de una escritura no ramplona. Schwarzböck logra sustraerse de las tentaciones del malditismo, a diferencia de esa camada de post-jóvenes prematuramente cínicos que pueblan las revistas de crítica hipster en la actualidad. Quizá haya sido ella la primera que logra la distancia justa en relación a la hipótesis Fogwill: no podemos no suscribir al teorema de la continuidad de la dictadura en democracia, modulada finalmente como postdictadura, pero ello no implica mimetizarse con el gesto del cinismo maldito, esa forma envejecida del ironismo postdictatorial, ironismo esteticista que configuraba, justamente, el núcleo que la hipótesis Fogwill venía a desmontar. Después de Los espantos, la crítica al progresismo no necesita ataviarse de malditismo canchero que de tanto desear hablar como los vencedores termine confundiéndose con ellos.

 

6.

Habría entonces un desde dónde cripto-kirchnerista, hay un para quién de la posderrota, hay una hipótesis pos-fogwilliana. Pero aún quisiera decir una palabra sobre el cómo. La fuerte negatividad del texto hace difícil la tarea de reconocer su dispositivo de enunciación. Pero amolda su despliegue al género acaso más adecuado a esa negatividad: el ensayo. El libro, oportunamente, critica hasta al propio ensayismo, al menos en tanto elevado a género oficial y oficioso del pensamiento nacional. Schwarzböck lo reconoce como un género espurio en un país sin tradición filosófica fuerte: si el ensayo se postuló como una forma que se resiste a la filosofía sistemática, no tendría sentido en una tradición sin sistema. Y sin embargo, Los espantos es un tremendo ensayo: piensa, de una manera asistemática pero muy cuidadosa del modo de exposición, los grandes dilemas de la historia político-cultural del país, la tarea que siempre se propuso el ensayo entre nosotros. Pero sin embargo, su escritura es un astro solitario en el cielo vacilante del ensayismo nacional. Si el ensayo, acaso por ejercerse, como lo señala el libro, sin el telón de fondo de una tradición filosófica fuerte y sistemática, ha sido demasiadas veces entre nosotros la blanda y complaciente forma de la pereza intelectual, en Los espantos se convierte en la geometría de lo categórico, en el ritmo de la crispación. El ensayo vuelve a ser el cultivo de los enunciados como puños, de la frase cortante, la aristocracia escrituraria de la falta de explicaciones. Para decirlo con Schwarzböck, en su libro el ensayo significa “libertad para el objeto, en lugar de libertad para el sujeto”. El ensayo como resguardo del “primado del objeto”, y no de la ignorancia autocomplaciente del sujeto.

 

7.

Y sí, no es inadecuado terminar una presentación de este libro con una alusión a Theodor Adorno. Es su nombre el que acaso nos permita enlazar del modo más articulado la forma del libro con sus materiales y con su noción negativa de verdad. La forma es el ensayo en un sentido adorniano en cuanto propone un pensamiento antisistemático que no por ello renuncie a la filosofía. Los materiales son diversos, pero priman lo que podemos llamar obras de arte de la posdictadura: Fogwill, Benesdra o Gambarotta no son utilizados como “corpus” para una interpretación externa, sino puestos a hablar como dispositivos de inteligibilidad de la historia argentina. Y por último: la verdad en el libro de Schwarzböck no es nunca una verdad positiva, sino una verdad que se anuncia negativamente, y antes que nada, en la propia obra de arte. La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel, es en el libro una forma ejemplar de resguardo de la “vida verdadera” en la época en que ésta ya no es más posible, es decir: como imagen invertida de su contrario. Dije antes que la verdad sublime de la vida de izquierdas ocupa un lugar singular en este trabajo: como la cosa en sí kantiana, sin ella no podemos ingresar al libro, pero con ella no podemos permanecer en él. Adorno nos permite entender la negatividad de este libro no como receloso escepticismo ante la enunciación positiva, sino como única forma de preparar una enunciación positiva en medio de la gestión neoliberal del discurso. La cartografía exhaustiva de la vida no-verdadera es el único modo que le queda a la filosofía de responsabilizarse a la vista de la desesperación. Y la vida verdadera que se prepara en la negatividad de este libro no es ya la vida sublime de los 60, sino una vida otra que se anuncia como imagen invertida de la vida dañada de los 90.

 

 

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