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Seis apuntes rozitchnerianos: el sujeto como campo de batalla

El sujeto y su grieta constitutiva, el terror y la posibilidad de una política emancipatoria, son algunos de los ejes en estas interesantes reflexiones inspiradas en el pensamiento de León Rozitchner.

1. El sujeto es un absoluto-relativo

Todo sujeto es un cuerpo viviente, una carnalidad pensante y sintiente. En la historicidad subjetiva se verifica y despliega la llamada historicidad objetiva. Todo sujeto se encuentra arrojado sobre un campo social, es relativo a las luchas de una cultura y es la prolongación trágica de una temporalidad generacional heterogénea y conflictiva. El sujeto se constituye sobre el fondo de un colectivo humano que opera de soporte sensible y político. En las contradicciones de la subjetividad se extienden las rasgaduras del ser común. En nosotros mismos se torna eficaz la lucha de clases en un vínculo dialéctico y abierto con la lucha afectiva. Pero, asimismo, todo sujeto es también un espacio en donde se elabora una experiencia irrenunciable. Todo sujeto es por lo tanto absoluto y relativo, irreductible en su singularidad y sitio de vivificación del drama histórico.

 

2. El sujeto es índice de verdad histórica

No hay sujeto sin historia, tampoco historia sin sujeto. El sujeto no es mero soporte de estructuras discursivas, económicas, etc. Tampoco hay una mera inscripción simbólica exterior que operaria sobre un material subjetivo pasivo. En el origen de la subjetividad hay drama, conflicto, violencia. Y esto es así porque el sujeto es ese lugar en donde se construye la verdad histórica, donde se configura la experiencia singular y compartida. Por eso las afecciones del sujeto, su sensualidad, es decir, todos aquellos rasgos que podríamos llamar personales, son también signos de una época. Las fibras ultimas de la así llamada intimidad son, paradójicamente, índices de una exterioridad constitutiva, siempre abierta y combatida. De modo que en el sentir más profundo del sujeto, en lo más personal, se verifica y debate lo colectivo.

 

3. El sujeto es un nido de víboras

El mito del sujeto consciente de sí, con claridad absoluta sobre sus decisiones y representaciones ha quedado fuera de juego. Nosotros, lejos de ser sujetos soberanos, nos encontramos agrietados, con claros oscuros y puntos ciegos. Nuestra subjetividad está rasgada, se parece más a un pantano o a un volcán que a esas aguas claras en las que el sujeto cartesiano se miraba.

De este rasgo de la subjetividad, una de las lecciones más importantes que debemos sacar es que estamos habitados por el enemigo. Los mecanismos de dominación no son sólo los palos de la policía o las balas del ejército sino el miedo, la culpa y el terror que se encuentran inyectados en lo más profundo de nosotros mismos.

Así, nuestra interioridad, nuestra sensibilidad, nuestra carnalidad puede vibrar, puede sentir y puede pensar de modo que sea parte, profundice y haga sistema con los mecanismos de dominación. Pero también es posible sentir y crear en común otras formas de sensibilidad y pensamiento que disloquen ese poder del enemigo que se enquista bien adentro, en y contra nosotros mismos.

En el primer caso, describimos la carnalidad con la cual  hacemos sistema con el enemigo; en el segundo, se encuentra el suelo del cual partir para hacer cualquier cosa, de allí salen las ganas. Pero en ningún momento debemos olvidar que la carne que siente es una y la misma. La carne aterrorizada puede luchar por desentumecerse o por fortalecer aquello que la paraliza.

 

4. El capitalismo es un sistema productor de sujetos

El fetichismo de la mercancía que la lógica del capital despliega es inescindible de la producción de una subjetividad fetichista y fetichizada. Los sistemas económicos suelen ser descriptos como sistemas de intercambio y productores de mercancía. Se suele olvidar que todo sistema es, a su vez, un sistema productor de humanos. Es decir, el capitalismo crea los sujetos en donde se apoya y se reproduce el sistema. Los sujetos son así matrices vivas confeccionadas históricamente, fibras sintientes que reproducen el sistema. Así, todo sistema económico es también, un campo libidinal y pensante, una forma socialmente contradictoria de producir modos de sentir y maneras de moverse en el mundo. El capitalismo abre en el sujeto una doble distancia: distancia interior (separación desde el sujeto y contra el sujeto) y distancia exterior (separación de los otros, del mundo, de los medios y de los productos de la producción social y sintiente).

 

5. El terror constituye al sujeto

En El Eternauta de Oesterheld, hay un personaje que es un alienígena, un Mano. La raza a la que pertenece dicho personaje, la de los Manos, tiene una particularidad, son una raza de esclavos, en cuyo interior ha sido introducida una glándula que segrega veneno cada vez que sienten miedo. Por tanto, cada vez que los Manos piensan en enfrentarse a sus amos la gandula se activa produciendo la muerte del individuo. Es decir, que la glándula se activa cada vez que estos  piensan en ser libres.

El terror es un dispositivo de dominación objetiva (económica-social) y una tecnología de sujeción subjetiva (psíquica-afectiva). Por eso el terror es el motor material de la dominación social, he allí el principal mecanismo de la servidumbre y el método fundamental de la sujeción. El terror nos congela, obtura las ganas de ir más allá de los límites. Nos produce el sentimiento de muerte, una sensación de que es imposible ir más allá. El terror paraliza tanto el cuerpo como el pensamiento. Es el instrumento fundamental del sometimiento. Su eficacia radica en estar alojado, como la glándula del alienígena, en lo más profundo del sujeto y ser sentido como  propio. El terror detiene  los cuerpos, silencia las voces, impide pensar; impide ante todo que la vida brote como proyecto político. Aflora aquí una verdad, toda política es, o una ética de la vida, o una ética de la muerte.

Por esto una política que se presenta con fines emancipatorios, no depende solo de un partido, o de la política entendida como profesión administrativa. Una política que combata al terror, debe unificar todos los campos, nutrirse de todos los espacios  que diseminen la palabra y den lugar a la potencia creadora de nuevas formas de vida, de nuevos modos de establecer relaciones sociales y afectivas. Y es por eso mismo que pensar es pensar contra el terror.

 

6. El sujeto como terreno fundamental de las luchas históricas

El punto ciego de toda política con pretensiones emancipatorias ha sido, tradicionalmente, el campo conflictivo de la subjetividad. Carecemos de una concepción densa de la subjetividad; y la que tenemos se nos patentiza obsoleta. Pues en efecto, si el sujeto es siempre un sujeto situado, una mónada abierta y desquiciada por la historicidad colectiva, es decir, un ser atravesado por el mundo que habita. Entonces, en la interioridad más profunda de cada sujeto no se revela solo su propia singularidad sino también la totalidad de la que forma parte. De modo que para transformar el mundo y cambiar la vida, tal como deseaban Marx y Rimbaud, no alcanza con  interpretar lo subjetivo y lo objetivo de una manera novedosa o repleta de fraseología revolucionaria, tampoco alcanza con dar una incesante batalla cultural en torno a los sentidos comunitarios, y menos que menos, alcanza con tomar el poder o con esperar el determinismo de un  cataclismo meramente economicistas. Puesto que si no hay psicología social que no sea, desde el principio y radicalmente, psicología individual, entonces la cura colectiva es imposible sin la cura singular. Es decir, es necesario que tornemos en materia de política a la producción de nuestra propia subjetividad. La trasformación política y social de una totalidad humana se juega, también, en la modificación de lo más personal, en la invención de otros modos de ser humano y en la creación común de nuevas formas de sentir, imaginar y pensar. Hay que comprender y combatir aquello que somos.

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