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El proyecto olímpico

Presentamos una selección del nuevo libro de Guadalupe Wernicke, El proyecto olímpico, que acaba de editar la editorial Bajo la luna.

Presentamos una selección de poemas del nuevo libro de Guadalupe Wernicke, donde el cuerpo biológico y el cuerpo de la escritura se disputan una herencia; la poeta como una cirujana discierne, con precisión y sobriedad conmovedoras, lo que se apropia de lo que no se apropia, la manera en que se metaboliza el pasado del cuerpo y de la lengua.

 

 

Sigue la carrera cuando el cuerpo se distiende
y busca recuperar el potasio perdido en la energía
que cada músculo tomó del aire. Pliego como papel
el cuerpo en dos, las manos largan el peso del tronco
en los muslos, respiro mirando el suelo, la arena ladrillosa
sube por los gemelos y se pega a las astillas
de sudor que hay en mi cara. Más tiempo que la carrera,
tal vez el doble, tarda la garganta en recobrar un flujo propio.
Pero me detengo apenas cinco, seis segundos, después
camino mirando hacia adelante, nunca hacia el lugar
de donde vengo. Camino y respiro con el cerebro vacío.
Sin aire, una esponja. Alguien me da agua.
Muchas veces llora el ojo mientras se recupera, como si velara
al que era antes de salir, antes de que suene el disparo.

 

 

 

El cuerpo de piel, el cuerpo duele cuando se quema.
Puede más. Siempre algo más detrás de la corteza.
Y logra estirarse. Y logra desaparecer.
Los brazos de membrillo abren los poros al sol, reman, tosen.

 

 

 

Por un carril paralelo va el cuerpo de la vesícula,
su mecanismo que sirve y conforma
un atletismo, el que imagino tener.
Trato de conocer la voz de mis omóplatos
y algo que sentí atrapado en piedras
en el encastre del hombro como experiencia
de células o funciones
independientes de mí.
Preparo el lanzamiento,
el cerebro transmite la energía
al metabolismo de la mano
en mi conciencia de brazo que soporta
una vara, afuera del libro
veo el idioma que siente la historia de la jabalina
y no se corresponde con lo que pasa.
El cuerpo quebrado, todos los cuerpos
invisibles a mi ojo.
¿De cuál quiero hablar?
Hablo, siempre, de la herida
el proceso que la deja aparecer.
La lanza no se clava, se desliza:
no conocido,
el cuerpo duele.

 

 

 

Correr es terca necesidad, avanzo
y salto, la pierna izquierda lanzada
sobre la valla, la derecha
doblada en ángulo recto
no dura el impulso, caigo, vuelvo
al salto, sigo ciento diez metros:
rana resorte
correr o sonreír, cruzo la meta
y el estadio es un durazno
una electricidad.

 

 

 

El cuerpo vertical por un instante
entra en la vara que lo izó violenta
y en el juego de suspenderse
es la prisa, la roja ansiedad
quien queda colgando del salto
mientras esos amores: el brazo, la estaca
al encontrar su máxima altura
se separan, dos agujas precipitándose
cada una fiel a lo que la hace caer.

 

 

 

La vida pública y privada
de mis aductores: después
de una ducha caliente y refregar
con la toalla para que ablande el cemento
estiro un puñado de crema en procesión
baja a las piernas y las ronda, la madeja
del músculo se va hilando, pierde el peso
de la tarde, de la pista y su impacto.
Estoy por acostarme y no camino:
de cadera a rodilla
tengo un hueco, pero late.
Los muslos, en la parte en que se tocan,
saben y temen que me duerma
y los olvide mientras sueño
con un linaje inventado
de hombres y mujeres
sin cuerpo donde decir.

 

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