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La borgeana identidad de Gombrowicz

El carácter inclasificable de la obra de Gombrowicz es objeto del presente texto, en el que se aborda su identidad borgeana según apunta Piglia en “¿Existe la novela argentina?”.

 

Soy. Soy en exceso. (Gombrowicz, Diario)

 

“¿Qué pasa cuando uno pertenece a una cultura secundaria? ¿Qué pasa cuando uno escribe en una lengua marginal?”, se pregunta Ricardo Piglia en “¿Existe la novela argentina?”. Y agrega: ”¿Cómo llegar a ser universal en este suburbio del mundo? ¿Cómo zafarse del nacionalismo sin dejar de ser “argentino” (o “polaco”)? ¿Hay que ser “polaco” (o “argentino”) o resignarse a ser un “europeo exiliado” (como Gombrowicz en Buenos Aires)? En el Corán, ya se sabe, no hay camellos, pero el universo, cifrado en un aleph (quizás apócrifo, quizás un falso aleph), puede estar en el sótano de una casa de la calle Garay, en el barrio de Constitución, invadido por los italianos y la modernidad kitsch”.

Piglia no es el primero en trazar paralelismos entre Borges y Gombrowicz, algo que ya aparecía cuando los dos estaban vivos, con la posibilidad de encontrarse en los círculos literarios de Buenos Aires. No está de más decirlo, ambos se esquivaban cuando sabían que el otro podía estar ahí, pese a los reiterados intentos del único amigo en común que compartían: Carlos Mastronardi. Hubo dos únicas excepciones: una cena compartida en la casa de Silvina Ocampo y Bioy Casares, y un día en que Gombrowicz se lo cruzó a Borges por la calle, lo asustó y siguió su rumbo. Por diferentes motivos, los dos se repelían abiertamente. Eduardo González Lanuza contó que una vez le preguntó a Gombrowicz si había leído a Borges, y que la respuesta fue que naturalmente no, con la opinión que tenía de él. Cosa que, para González Lanuza, constituía el argumento más borgiano contra Borges que había escuchado en toda su vida.

Piglia toma como base “El escritor argentino y la tradición”, y de ahí trabaja con una hipótesis de Borges muy polémica: la literatura de aquellos autores que no se rigen por los movimientos culturales inmediatos de las grandes corrientes europeas es, básicamente, más libre. Los ejemplos que pone Borges son los de la literatura argentina, la cultura judía y la literatura irlandesa (“Creo que los argentinos podemos parecernos a Mahoma, podemos creer en la posibilidad de ser argentinos sin abundar en color local”), pero, asegura Piglia, es indudable que ahí también se puede poner la obra de Gombrowicz, y se pregunta qué hubiera pasado si Witoldo “se hubiera hecho el Conrad”. Es decir, si Gombrowicz se hubiera adaptado a la lengua local, si hubiera escrito en español en lugar de continuar haciéndolo en polaco, como sí lo hizo Józef Teodor Konrad Korzeniowski, que alcanzó la fama después de mudarse a Gran Bretaña y escribir en inglés.

Gombrowicz redactaba primero un borrador, trasladando el polaco a un español horrible, que por momentos balbuceaba. Por eso Piglia dice que estamos frente a “Un escritor que escribe en una lengua que no conoce o que conoce apenas y con la que mantiene una relación externa y fascinada. O si ustedes prefieren: un gran novelista que explora una lengua desconocida, tratando de llevar del otro lado los ritmos de su prosa polaca”. Gombrowicz no solamente inventaba neologismos (en polaco o en español), sino que permanentemente forzaba a las palabras a decir cosas que no significaban en ningún otro contexto que no fuera su propia obra.

Finalmente, Piglia termina su ensayo con humor gombrowicziano, y es a partir de ahí que empieza a sostener una de sus grandes provocaciones: que Gombrowicz es uno de los grandes escritores argentinos, por encima de muchos otros que ya tienen un lugar asegurado en el canon local: “La novela argentina sería una novela polaca. Quiero decir una novela polaca traducida a un español futuro, en un café de Buenos Aires, por una banda de conspiradores liderados por un conde apócrifo. Toda verdadera tradición es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot”.

Leer a un autor de ficción, al que sea, presupone siempre sumergirse en un juego de espejos, distorsiones, ambigüedades. Leer a Gombrowicz implica exacerbar esa mezcolanza que paradójicamente, topológicamente, separa la brecha que existe entre su ficción y su no ficción, y a la vez las une inexorablemente, transformándolo a él mismo en personaje de su obra, en actor verdadero de su imaginación. En todo caso hay algo que es seguro: Gombrowicz sabía muy bien lo que estaba haciendo, operaba de manera muy concreta en la construcción de ese escritor que parecía girar en círculos (pero no, o no tan así), y no había en eso, para él, ningún motivo de extrañeza. Los que tenemos el problema somos los otros, nosotros: los lectores, los críticos, los detractores, los admiradores, que seguimos incomodándonos a casi medio siglo de su muerte, sin saber cómo encasillarlo.

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