FacebookFacebookTwitterTwitter

Lo retiniano y lo simbólico: propaganda macrista versus propaganda kirchnerista

En este sutil ensayo, las autoras parten de la premisa de la estetización de la política para pensar dos modos opuestos de propagada: una vinculada a Eros, la otra a Narciso.

Nicolas Poussin, 1627-1628

 

I

Desde que Walter Benjamin estableció el vínculo entre la estetización de la política y el fascismo –en su célebre ensayo sobre “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” (1936)–, ambos términos han permanecido ligados de manera indisoluble. La estetización ha sido considerada como causa del éxito del fascismo, y el fascismo ha subsistido como una sombra en los análisis sobre la estetización de la política, aún después de su derrota histórica. Desde “Fascinating Fascism” de S. Sontag, los aportes sobre la problemática han tendido a sostener una lectura en que el embellecimiento de la política es igual a su fetichización, su espiritualización, su mitificación. Frente a este paradigma, se ha considerado (desde las vanguardias de principios del siglo XX hasta el propio W. Benjamin) que la politización de la esfera estética –que se contrapondría a la estetización de la política– exige develar lo desagradable, lo abyecto, lo doloroso.

El terror frente a la estetización de la política es el terror frente a los aspectos irracionales del hombre, al deseo (que es inconciente), a las pasiones, y en definitiva, a la inextinguible relación de la política con los afectos. Cuando Platón expulsa a los poetas de la República ideal, los motivos no son otros: la poesía apela al alma irracional, corrompe la razón. Se trata de un temor ilustrado, que coloca como antídoto contra el poder de las imágenes al conocimiento. La Ilustración libra una lucha contra la infancia del hombre, contra su creencia en los mitos, su carácter influenciable, su capacidad mimética. La exigencia ilustrada es bien conocida: salir de esa culpable minoría de edad. Pero es evidente que lo que preocupaba a Platón es el carácter inerradicable de la infancia, su pervivencia en el adulto: no dejamos nunca de ser permeables al entorno, extremadamente vulnerables frente a las imágenes del deseo.

Aun después de la crítica de la ideología a nivel teórico, y en el contexto de regímenes democráticos de diverso tipo, la estetización de la política es sospechada de fascismo encubierto, y vista como causa oculta del apoyo que puede recibir cierto partido o grupo. En la campaña presidencial argentina de 2015, el terror frente al relato kirchnerista y frente a los globos del macrismo respondía a un mismo supuesto: la estetización de la política representaba la irracionalidad, la banalidad. Sin embargo, quizás haya llegado el momento de aceptar que toda política está estetizada, utiliza propaganda, y esto tanto dentro de los mecanismos estatales como fuera de ellos. A partir de esta aceptación se abre una búsqueda diferente: ya no por determinar el carácter positivo o negativo del embellecimiento de la política, sino por la construcción de apariencias acordes al juego democrático, por una aísthesis política capaz de elaborar símbolos que respondan a las urgencias del momento presente. Este es sin duda uno de los desafíos que se le presentan a la política populista nacional.

 

II

Las formas de propaganda kirchnerista y macrista (2015) aparecen como casos especialmente contrastantes de estetización: la primera hace uso de la estrategia de la mitificación, mientras que la segunda apunta directamente a lo retiniano, intentando “descargar” de  simbolismo las imágenes. La clave de la estética kirchnerista –de su política estetizada– ha sido la comprensión y el uso de lo simbólico: renominación de lugares específicos, reevaluación de objetos simbólicos que parecían ya desecados (como las imágenes de los billetes), construcción de memoriales, conciencia plena de la importancia de las imágenes fotográficas hasta el punto de evitar aquella última foto de entrega del bastón presidencial a un rival político cuyo apellido resulta un símbolo de por sí. Más que Néstor, Cristina fue quien comprendió cabalmente la relevancia de lo simbólico: bajo su mandato se hizo la fiesta del Bicentenario, se pidió perdón a Paraguay, se construyeron los altares a Evita y a Néstor, y también se buscó la apropiación de símbolos radicales (estatización de YPF, autonomía universitaria, juventud radical k, vindicación de Alfonsín). Este movimiento de “resimbolización” se produce en un momento de la política-estética del país en que los símbolos parecían haber perdido completamente su peso. Lo simbólico supone una cierta solemnidad, una cierta seriedad. Esto se debe a que establece un régimen de creencia en el significado de lo simbólico: no puede convivir, entonces, con el escepticismo. Aquella idea frecuentemente repetida de que con el kirchnerismo la juventud volvió a “creer en la política” es inseparable de esta forma de estetización. El kirchnerismo apostó por la sublimidad, que desde Burke es hermana de la muerte. Ante la muerte se debe tener respeto. El término procede del verbo latino “respectare”, que significa mirar hacia el pasado. Como mostró Byung-Chul Han, este se opone a “spectare”, de donde procede la palabra espectáculo.

La lejanía del respeto permite que el vínculo del líder con el pueblo se erotice. Eros entraba a la habitación de Psique por las noches y tenía sexo con ella en completa oscuridad; ella jamás lo veía (no debía descubrir su identidad). El erotismo exige esa sublimidad, esa distancia. El kirchnerismo establece un vínculo erótico del pueblo con sus líderes, una relación pasional, donde el sufrimiento cumple un rol fundamental: se levantan las banderas de los caídos. La estética macrista se funda en la percepción de la saturación respecto del pathos asociado al mito: la mitificación resulta irritante y estúpida para cualquiera que no se sienta llevado por su fuerza (como afirmaba Adorno respecto del arte y el sexo). Porque esa fuerza es también afectiva. Frente a la distancia sublime, propone un vínculo narcisista con el líder, busca hacerlo aparecer como “uno más de nosotros”, un igual. Lo acerca y aniquila cualquier erotismo (Narciso y Eros son enemigos). El macrismo representa el apego narcisista a la imagen, en que el otro es sí mismo, en una búsqueda por anular el conflicto. La estética macrista recurre al mantra de la felicidad, y aspira a eliminar el dolor de acuerdo con los gurúes orientales a los que admira. Lo considera innecesario, del mismo modo que a la ideología. La estética retiniana del macrismo busca sobre todo desembarazarse del mito kirchnerista. Esa es la pesada herencia. Si el pasado es un objeto de lucha, el futuro es ese espacio en que cada cual puede proyectar sus deseos. Del mismo modo que el silencio del analista ortodoxo intenta posibilitar las proyecciones de la problemática del paciente, el macrismo aspiró a reunir, llevando la experiencia política a un mínimo de significado, el descontento de todos aquellos que se encontraban empalagados del pathos kirchnerista.

La esperanza que promovió el macrismo es innegable. Fue la esperanza frente a lo nuevo. Mauricio Macri aparece como un extranjero en el mundo de la política, “un diferente”. Su carácter de “millonario de  cuna” también lo coloca en un lugar inusitado (sabemos que Macri ganó sobre todo porque es millonario). La propaganda macrista apuntó entonces al acercamiento narcisista de alguien que a su vez era casi imposible de ver como un igual para el votante. Ese abismo fue el que cruzó Durán Barba. La figura de Macri en el PRO tiene una presencia mayor a la que cualquier peronista puede aspirar en su partido, incluso los Kirchner. El inventó el partido, es el partido. La referencia constante a los “equipos” no hace más que diluir la idea de soberanía que tanto irrita a la antipolítica. Es decir, diluir el poder, que no sepamos a ciencia cierta quién decide. Sin embargo, cierto sentido del término mito pervive en los globos amarillos. Aquel que remite al destino, a lo que no puede ya modificarse porque se encuentra en el círculo infernal de lo siempre igual. Es el mito del saber económico, el oráculo del que no podemos escapar: el macrismo no es otra cosa que el retorno a ese mito.

 

III

En una larga entrevista realizada por Diego Dillenberg durante los primeros meses de la presidencia de Macri, el asesor de imagen Jaime Durán Barba explicaba cuál había sido la estrategia de Cambiemos para ganar la campaña electoral: 1) aprovechar la crisis política del kirchnerismo para mostrar un proyecto no-kirchnerista, 2) construir un candidato no-solemne, cercano al pueblo. Según afirma, estas dos estrategias se basaron en encuestas y sondeos de opinión que sugerían que 1) el país “iba mal” y que 2) a la “opinión pública” no le importa la política. No se equivoca cuando señala la crisis política del kirchnerismo o la percepción de que el país “iba mal” en 2014-15. Pero distorsiona el concepto de opinión pública: lo toma como el conjunto de los temas de interés que aparecen en redes sociales, foros y encuestas, y concluye que solo un 5% de esas expresiones son sobre política, mientras el resto se reparte entre videos musicales, juegos virtuales y tiendas (véase su Conferencia Argentina 2030, Catamarca, septiembre de 2016). Es decir, confunde entre consumidores y ciudadanía.

En efecto, según el propagandista de Cambiemos, la política entendida no como respuesta al interés del consumidor, sino como dirección intelectual del pueblo (como diálogo, puja y negociación con este) es “anticuada”, ya no existe. Precisamente, en la mencionada Conferencia Argentina 2030, Durán se refiere a los años de Perón y Vargas como “la época de los seres divinos (…) excepcionales, sobrenaturales”. Esa relación con lo divino es en realidad la marca de la lejanía que está presente en cierta relación entre política y afectos: una relación erótica, atravesada por el misterio y la promesa. En cambio, la publicidad apela al narcisismo (invita a desear estereotipos ideales tranquilizadores). La nueva era que pretende vislumbrar Durán Barba no es otra que la de Narciso. “Macri se ve un tipo fresco (…) no es un líder solemne”, dice Durán (La hora de Maquiavelo, febrero de 2016). Y más tarde agrega, en el triunfo de Macri “no hay ningún milagro” (Diario Perfil, 4 de septiembre de 2016). En esta misma dirección apunta hoy Alejandro Rozitchner, autor de los discursos del presidente, cuando imputa a la intelectualidad antimacrista por estar “muy lejana” de la realidad (Diario Perfil, 7 de agosto de 2016) o cuando expresa que la anterior política “adolece mucho de esa simbología inútil que se interpone entre la gente y la realidad en vez de facilitarle las cosas” (La Nación, 3 de diciembre de 2016). Según Rozitchner, la oportunidad del peronismo está en adaptarse a los nuevos tiempos –los macristas­– y abandonar la figura de Perón y la del Pueblo.

La comunicación democrática tiene hoy la chance de obtener un aprendizaje del decálogo Durán-Rozitchner: no debe renunciar por un prejuicio ilustrado a los símbolos y al mito, pero debe evitar que esas imágenes se transformen en reflejo del “interés” de una sociedad entendida como conjunto de cuentas individuales de las redes sociales (“la gente”, “las personas”). Una buena lectura acerca de la historia de los caídos (los no vistos, los no oídos) y del deseo popular inconsciente (las posibilidades efectivas que ofrece el presente para una transformación democrática) abre la oportunidad para una nueva aísthesis política, una nueva propaganda. En los sucesivos conflictos con la clase trabajadora (especialmente los científicos y docentes) Macri apeló a la misma estrategia de campaña de 2015, y no todo bálsamo se aplica a la misma dolencia: recoger lugares comunes (“no quieren trabajar”) no sirve para todo (como se demostró a fines de diciembre con la toma del MinCyT). Que caiga el prejuicio ilustrado no implica de ningún modo que la propaganda deba adaptarse a los cánones del mercado. Más bien todo lo contrario: las nuevas apariencias vienen a poner en jaque todo aquello que se ha vuelto nefasto, no por estetizado, sino porque no hace justicia a las demandas sociales del momento presente.

Notas relacionadas