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El sueño de la razón produce monstruos

Cuando la ciencia despertaba fantasías de Soledad Quereilhac (Siglo XXI Editores, 2016), explora el vínculo entre ciencia, ocultismo y el modo en que puede volverse verosímil lo imaginario.

TapaQuereilhac

 

 

Cuando la ciencia despertaba fantasías
Soledad Quereilhac
Siglo XXI Editores, 2016
301 págs.

 

 

 

 

 

 

A pesar de su antigüedad y exhaustiva bibliografía al respecto, el género fantástico sigue abriendo debates y generando nuevos hallazgos. En esta línea se encuentra Cuando la ciencia despertaba fantasías: prensa, literatura y ocultismo en la argentina de entresiglos de Soledad Quereilhac, Doctora en Letras (UBA) e investigadora de CONICET. Centrado precisamente en esa instancia intermedia entre el final del siglo XIX y el principio del siglo XX, el libro explora los alcances del método positivista decimonónico aplicado a las ciencias ocultas en el único momento de la historia contemporánea en que casi adquieren un estatuto de veracidad. Ese encuentro fortuito entre ciencia y ocultismo es el que produce la llamada “fantasía científica”, un género literario que invierte los roles de manera tal que ya no es el imaginario el que produce la razón, sino la razón la que produce imaginarios. El resultado es una forma del fantástico que en su momento por poco se vuelve realista.

El trabajo de Soledad Quereilhac se focaliza principalmente en la prensa y en su doble función: por un lado, divulgación científica, información dirigida al público en general sobre temas supuestamente serios y rigurosos; por el otro, divulgación literaria, publicación de cuentos y folletines dirigidos a la incipiente clase popular. En esta dialéctica aparece el objeto de estudio: los modos en que ciertos temas trascendieron la barrera entre periodismo y ficción y resultaron productivos para ambos lados de la frontera. En todo caso, se trató de implementar las herramientas de la ciencia para volver verosímil lo imaginario. El método positivista probó ser tan efectivo a lo largo del siglo XIX que terminó por producir una “utopía del conocimiento”, es decir, un deseo desmedido de poder incluir en el campo científico (aplicándole sus herramientas) fenómenos que claramente escapaban a la razón y que, sin embargo, fueron parcialmente aceptados por una parte de la comunidad científica como objetos de estudio.

El trabajo se divide en cuatro partes. En la primera, Quereilhac estudia el fenómeno de la divulgación científica en la prensa y el papel de los periódicos, revistas, semanarios, etc. a la hora de formar un imaginario social de lo científico y, sobre todo, de lo científicamente posible en un contexto de alfabetización ampliada como es el fin del siglo XIX y el principio del siglo XX. En la segunda parte, se estudian diferentes escuelas de pensamiento esotérico y su desembarco e impacto en la cultura argentina, como es el caso del espiritismo, el magnetismo y la teosofía, que encontró a Leopoldo Lugones como uno de sus más famosos adeptos. La tercera parte del libro funciona como bisagra entre el trabajo sobre la prensa y su aplicación literaria. Allí Quereilhac articula los modos en que el imaginario científico de la época produce su propia fantasía e incluso un subgénero dentro del fantástico. Por último, en la cuarta parte se estudian distintos casos particulares como el de Eduardo L. Holmberg, Leopoldo Lugones, Atilio Chiappori y Horacio Quiroga, los cuales transitan la delgada línea que separa al libro siempre en dos: el siglo XIX y el siglo XX, la ciencia y la fantasía, la prensa y la literatura, la ficción y la realidad.

Resulta interesante el modo en que Soledad Quereilhac consigue ampliar la noción de género fantástico, explorando una de las vertientes menos estudiadas por la crítica argentina, como es su encarnación de entresiglos, en contraposición al fantástico propuesto por el grupo Sur (sobre todo por Jorge Luis Borges, escoltado por Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y hasta José Bianco). A diferencia de éste, que presenta una estética en la línea de Edgar Allan Poe y Henry James, la “fantasía científica” claramente excede cualquier tipo de intelectualidad y trabaja sobre un horizonte de recepción muy distinto. No se trata de un juego de palabras o de una trama vacilante, en palabras de Tzvetan Todorov, sino de una posible realidad, acechando para ser aceptada.

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