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Ahmed, Anita y la traición

La política cultural de las emociones de Sara Ahmed nos permite repensar el feminismo y las posibilidades críticas que surgirían al volcarnos hacia los afectos sin prejuicio alguno.

La política cultural de las emociones de Sara Ahmed tiene una carga extraordinaria de virtudes que muchos de nosotros conocemos –entre ellas una retórica que nunca teme ser irónica e incluso, a veces, paródica-. Me atrevería a decir que las virtudes centrales de ese largo eventual listado pueden reproducirse en una frase: los afectos son ineludiblemente colectivos y su análisis , un arma crítica voraz. Esas dos ideas centrales –y su vínculo- conforman seguramente el corazón de aquello que me impactó del libro en una primera lectura. Incómoda con cierta “utopía afectiva” que creo identificar en autores como Brian Massumi, la mirada crítica de Ahmed me permitió confirmar que no se trataba de encontrar en los afectos potencias emancipatorias o de distinguir entre afectos más eficazmente políticos que otros, sino de mostrar el potencial crítico que tenemos a la mano si nos volcamos sobre ellos sin prejuicio alguno.

Sin embargo, hoy me gustaría detenerme en una virtud que atiende a la filosofía política en su relación con el pasado: la posibilidad de desarmar modos estereotipados de aproximación que muchas veces lo son aún a su pesar. Para dar cuenta de esta cuestión me va a resultar inevitable citar aquí dos libros posteriores de Sara Ahmed por los que siento particular admiración, Sujetos tercos y Vivir una vida feminista. Tampoco voy a poder evitar la referencia a un libro reciente dedicado a la militante montonera desaparecida Ana María Gonzalez, Cenizas que te rodearon al caer del historiador argentino Federico Lorenz. Los argumentos de Ahmed que sostienen su perspectiva crítica sobre las emociones impactan sobre cuestiones que exceden el feminismo –ayuda a desgranar, por ejemplo, el racismo, los nacionalismos, las fobias hacia personas LGTBIQ, la xenofobia -, pero me gustaría encarar este breve recorrido exhibiendo una de sus consecuencias.

La pregunta que intentaré responder aquí es: ¿Por qué una perspectiva crítica sobre los afectos puede generar una perspectiva de género? Es que si rechazamos pensar la dimensión afectiva como típicamente femenina –una suerte de mantra del patriarcado infelizmente reproducido por algunas feministas- pero si a la vez reivindicamos la potencia del movimiento feminista en términos de una “desestructura de sentimientos” –para faltarle un poco el respeto a Raymond Williams- podríamos decir que una de las características del feminismo en sus distintas versiones –liberal, marxista, anarquista, posmoderna, posmarxista- reside justamente en su vocación por desarmar la estructura de sentimientos patriarcal. No se trató/trata meramente de rechazar el argumento que legitima la opresión a las mujeres por su naturaleza sentimental –donde “sentimental” refiere al estereotipo patriarcal de las emociones femeninas-, sino de demoler concepciones clásicas de emociones tales como el amor, el odio, la compasión, la envidia, la ira –muy particularmente, la ira—teniendo especialmente en cuenta el papel del cuerpo en estos procesos. Es decir, que se instituyó la refiguración del orden de lo afectivo implantando consecuencias políticas radicales para lo público.

Se trata de generar una narrativa sobre las emociones colectivas, un colectivo sostenido en emociones, o lo que de colectivo tienen las emociones –y, probablemente las tres cosas a la vez- de modo tal que, a la manera de Ahmed, se logren demoler las presunciones que dividen las emociones elevadas de las bajas, las positivas de las negativas, las feas de las bellas, las comunes de las extraordinarias. Implica también tener siempre presente dos cuestiones clave: que las emociones son esencialmente intencionales, es decir que son sobre algo -nuevamente en los términos de Ahmed- y que son performativas, es decir que actúan. Enfrentamos entonces la generación de economías afectivas desplegadas como efecto de la circulación capaces de devenir prácticas culturales y de evadir su propia reificación. Así como Ahmed ha argumentado sobre el modo en que la experiencia emocional nunca es privada –como es el caso de cualquiera de las emociones que analiza en el libro: el miedo, la ansiedad , el odio, la repugnancia, la vergüenza, el amor-, también ha insistido en recordarnos que el apego emocional no necesariamente es conservador y/o negativo, sino que puede ser orientado hacia el futuro impulsando posibilidades de cambio (y viceversa).

Pero, ¿en qué se traducen estos argumentos a la hora de dar cuenta del pasado?, ¿cómo sacar a la luz el modo en que estas afirmaciones pueden ser demolidas en muchos casos sin advertirlo? Es aquí donde la reciente biografia de la militante montonera Ana María Gonzalez, Cenizas que te rodearon al caer, escrita por Lorenz, puede funcionar como una suerte de respuesta más o menos metafórica.

Gonzalez fue una militante montonera asesinada en 1977, famosa por haber sido responsable del eficaz atentado contra el entonces Jefe de la Policía Federal Cesáreo Cardozo. Al momento de la operación Gonzalez tenía 20 años, poco tiempo de militancia y escasísimo entrenamiento militar. Su fama inmediata y su pervivencia como personaje siniestro y emblemático para la publicidad de la dictadura se debió al modo en que fue perpetrado el atentado. Una suerte de segunda Norma Arrostito, como bien señala Lorenz. Durante meses Gonzalez se ocupó de ganarse la confianza de la hija de Cardozo, su compañera de clases en el profesorado donde se habían conocido. Aprovechando el acceso que consiguió a la familia Cardozo a fuerza de la falsificación de su amistad colocó la bomba que mató al militar interventor de la Policía debajo de la su cama. Aun cuando fue un atentado eficaz –Cardozo muere en el acto, pero no hay otras víctimas- Gonzalez había dejado estampada su firma. La reconstrucción que realiza Lorenz tiene muchas virtudes –entre ellas lograr en un libro no académico exhibir de manera magistral la tensión entre agencia y estructura históricas-, pero en ningún momento advierte que introducir la perspectiva de género resulta central para iluminar el caso.

Gracias a la intervención de Ahmed me gustaría esbozar una cuestión que puede colaborar en este sentido: me refiero a la figura de la “amiga traidora”, utilizada durante décadas para describir a Gonzalez como un “monstruo”, un cliché que forma parte del arsenal patriarcal. Sabemos que la figura de la traición entre mujeres ha sido utilizada para esparcir los prejucios más variados. Del mismo modo la figura utópica de la amistad femenina ha sido desplegada en tren de expresar disidencia y resistencia en términos bien concretos. No estoy diciendo aquí que Ana María Gonzalez haya sido una activista feminista, sino que a través de la sucesión de sus acciones saca a la luz la posibilidad de ver cómo en el pasado se desafió la estructura de sentimientos patriarcal de las maneras más variadas. Es que tal como señala Ahmed en Vivir una vida feminista, “no todos los movimientos feministas son fácilmente registrados en forma pública. Un movimiento feminista puede estar sucediendo en el momento en que una mujer se quiebra y quiebra, en el momento en que ya no aguanta más”. Allí es cuando la opresión sale fatalmente a la luz desafiando cualquier estereotipo sobre los modos de hacer política. En sus palabras también: “la función de la aguafiestas feminista es justamente la de causar problemas”. Y los problemas que causa Gonzalez no se reducen a la mera detonación de una bomba, sino también al haber generado un desafío al orden. Una perturbación que, sin dudas, involucra el orden de lo emocional por su punto de partida – y llegada- claramente visceral.

Lo que me interesa señalar aquí poniendo en juego algunos de los argumentos de La política cultural de las emociones es que las ideas de traición y de amistad involucradas en la descripción del accionar de Gonzalez deben ser pensadas en términos de emociones o afectos que son por definición colectivos pero que además impugnan el estereotipo que divide los afectos privados de los politicos y los positivos de los negativos. El análisis de Lorenz hace a un lado la perspectiva de género, no solo porque no evalúa en esos términos, por ejemplo, el lugar de Ana María en la organización, el modo en que fue reclutada o las descripciones que circulan sobre su vida sexual, sino también porque acepta la oposición que entiende privada y sentimental–en los términos que presenté más arriba- entre amistad y traición: como si la amistad fuera del orden de lo privado y la traición un virus destructivo que llega desde la vida pública. ¿Hubo alguna vez amistad –pensada como una forma de la felicidad- entre las dos compañeras de clase?, ¿no la hubo con sus pares femeninas dentro de la organización armada?, ¿hubo entonces traición o una fidelidad arrolladora a una entidad colectiva más bien abstracta?. No, felizmente no hubo sentimentalismo en las acciones de Ana. Sí, odio a aquello que representaba Cardozo –mucho más que a Cardozo mismo-, e incluso tal vez al modo probablemente burgués de entender la docencia por parte de su hija. En cualquiera de esos casos se trataba de poner en funcionamiento la dimensión esencialmente colectiva de los afectos: la amistad y la traición presentadas en términos públicos y más allá de la distinción entre una dimensión afectiva positiva y una negativa o una heroica y otra ordinaria.

En Cenizas que te rodearon al caer la referencia al orden emocional de la reconstrucción de la vida de Ana María Gonzalez resulta limitada así al cliché patriarcal del sentimentalismo evitando sistemáticamente indagar en el aspecto disruptivo, alterado –en el mejor sentido- de la ráfaga de desjerarquizaciones afectivas de su activismo.

Se trata, en los términos de Ahmed, de la posibilidad de revisar el pasado en tanto plagado de subjetividades donde la voluntad, el deseo -los “sujetos tercos”
a los que hace referencia- encarnan un tipo de desobediencia que destruye cualquier matriz emocional. Como dice Ahmed: “cuando las feministas hablamos hacemos que el flujo se corte”.

Ana María fue claramente una aguafiestas en los términos de Ahmed, pero no solo por haberse involucrado en un acto terrorista con consecuencias más bien negativas para la propia organización Montoneros, sino también por haber arrasado con modos de entender ideas como amistad, traición, compañerismo, odio, amor.

Creo entonces que el giro afectivo tal como es presentado por Ahmed en La cultura política de las emociones nos ayuda a despertar de uno de los tantos sueños dogmáticos a los que se enfrentó el feminismo como activismo y como reflexión: la evidencia de los efectos devastadores sobre el patriarcado al arrasar su estructura del sentir. “Anita” –como le gusta evocar a Lorenz- fue amiga y traidora a la vez, pero ¿de quienes? ¿por qué?, ¿para qué?. Fiel a una organización subversiva e infiel a un estado ejecutor del terrorismo de estado, dejó claramente de lado ideas como la de felicidad.

Así como Lorenz elige para el título de su libro un fragmento de un poema de Juan Gelman, me gustaría terminar leyendo unas líneas de la poeta chilena Teresa Wilms Montt escritas a principios del siglo XX que ayudan a entender cuan iluminador puede ser el planteo de Ahmed –y las acciones de Anita- :

Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.

Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.

Cuando trataron de callarme, grité. Cuando me golpearon, contesté”

Fui crucificada, muerta y sepultada, por mi familia y la sociedad.

Nací cien años antes que tú sin embargo te veo igual a mí.

(…) no soy apta para señoritas».

 

                                                 “No soy feliz ni podría serlo; porque,

entonces, no sería hermana de los

miserables; porque no tendría el alma

ilimitada de indulgencia”.

 

 

 

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