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Nombres de verdad

La escritora y periodista comparte con nosotros dos inéditos poemas en prosa.

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Nombres de verdad

De todas las versiones que circulaban del verdad-consecuencia la que más nos gustaba era la clásica, sin semáforos ni promesas. Las consecuencias sin varones eran aburridas así que todas elegíamos la verdad. Y entonces nos preguntábamos de todo. Más bien nos enroscábamos —todos los dedos de la lengua— en las mismas preguntas. Esa vez me tocó a mí. La verdad que me preguntaron fue si había transado.

Cuando me preguntaron con quién contesté con toda serenidad —como había aprendido— que eso ya era otra pregunta y que la que correspondía a mi verdad yo ya la había contestado.

Cuando llegué a casa les conté una versión de la noche a las nenas: mis hermanas. La parte del verdad-consecuencia la encontraron aburrida. Lo que más les gustó fueron los nombres de mis amigas. Anabela Sofía Camila Mariela. Parecen nombres de cuento, decía Debi y Mijal asentía, tenía 7 años pero entendía y asentía. Yo sabía lo que querían decir pero me divertía hacerlas explicarlo. Nombres de cuentos cómo; qué es un nombre de cuento. Y claro: un nombre de cuento es Ana Sofía Camila Mariana. Así se llaman las chicas en los cuentos. No Shirly Malka Tamara Débora o Mijal.

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Ahora que tengo los lentes bien calibrados

Veo una chica que nació con la vocación religiosa, pero como nació judía en lugar de encerrarse a convivir con sus compañeras en silencio y en voz baja a masturbarse sin imágenes tuvo que casarse y dejarse montar y embarazar, todo así cada 9 meses, cocinar, ser montura, ser mamá.

Veo a otra chica: tiene el pelo cortísimo sin ninguna razón, ni siquiera es que le gusta: le pareció cómodo y ahora no se le ocurre que se pueda vivir de ninguna otra manera. Estudia medicina porque se lo dijo un psicólogo después de tomarle un test de orientación vocacional. Jamás se le hubiera ocurrido: no le gusta la sangre, le da miedo, la hace desmayar, no le da miedo. Le da vértigo: es algo que viene de los oídos, de una vez que se puso plastilina en las orejas de chiquita. La última pregunta que le hizo el psicólogo fue cuál era su color preferido. Ella le contestó que verde y así se disiparon todas las dudas.

A mí sí me gusta la sangre. Lo que más me gusta es tener en casa toallas negras, para sangrar sin que nadie me pregunte por qué.

Veo una verdulería que tiene lima y plátano verde pero no regala el perejil.

Veo un piso de madera: todo luz, decía el aviso, y los avisos siempre mienten pero en este caso tenía razón. Lo del piso de madera lo aprendí de la mamá de un ex novio: se puede vivir en una villa miseria si tiene parquet. Yo no sé nada de detalles: se nota en cómo escribo, las cosas chiquitas se me escapan por los costados. Me cuestan las escenas y los adjetivos. Por eso me apropié de ese capricho de ella con la madera y la hice una cosa chiquita que me importa mucho.

Veo unos chicos que caminan y fuman y juegan por el lado oscuro de la playa, las piedras que están ahí oscuras para aquellos que hacen las cosas oscuras mientras yo camino con mi mamá y sus amigas por el camino iluminado de faroles.

Dos nenas tienen el pelo lacio guardado en trenzas. Una nena se acerca a mí y me saca la lengua. Otra me llena de arena. Me río pero me enojo. No está en el repertorio de mi mamá enojarse con nenas. En el mío sí.

Algún día voy sentirme más lejos de las nenas. O más cerca de las madres.

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