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El infierno somos nosotros

Una puesta original e intimista de A puerta cerrada de Jean-Paul Sartre, a cargo de Jimena del Pozo Peñalva, nos atrapa con un clima de agobiante cercanía, todos los domingos a las 21 hs. en Milion.

Una mujer nos avisa que falta un determinado tiempo para que empiece la obra. Y pienso: en realidad ya empezó la obra o acaso eso sea todo, nosotros tomando vino en la barra, y una mujer que se acercará, de vez en cuando, a decirnos que en cualquier momento comenzará la obra. Devenimos actores. Estamos siendo observados por otros. Casi que puedo escuchar sus pensamientos: suenan como un reloj. O tal vez no haya tiempo. Y sólo estemos desnudos, para siempre, frente a unos ojos que nunca se cierran.

Pero la obra comienza. El clima, mejor dicho. Porque lo maravilloso de esta versión de la ya clásica A puerta cerrada de Sartre, es la generación de un clima único, espeso. De muebles de madera, de habitaciones sin ventanas. Cada palabra dura más de lo esperado y pesa mucho, como la estatua de bronce que nos mira fijamente desde el rincón de la sala.
De la mano de un teatro poco convencional, la directora Jimena del Pozo Peñalva apuesta por la cercanía, notamos cada detalle de los rostros de los actores, cada expresión y cada gesto. Sus suspiros. Al punto de que en cierto momento, y casi sin darse cuenta, el espectador mismo se ha vuelto protagonista de la obra, de su propio infierno. Las máscaras ya no pueden cubrir el horror al vacío.

¿Pero dónde están los palos, las estacas en punta,  las  parrillas  ardientes? ¿Y dónde  está el verdugo? “Decime si soy un cobarde o no”, le suplica Garcin a  Inés, a Estelle, a todos los que lo estamos mirando. Necesito verme, ¿dónde hay un espejo?

No hay respuesta ni interrupción. El hombre se asfixia, se hunde, se ahoga. Sólo su mirada está fuera del agua.  No hay evasión, ni parpadeos. Y de repente, el mozo nos avisa que podemos salir de la sala. Un alivio repentino, ¿aunque salir adónde? ¿hacia otros pasillos, hacia otras salas?

Las escaleras retumban bajo nuestros pies. Estamos en silencio, preguntándonos, ahora, si todo ha terminado. El rojo de las máscaras se vuelve el rojo de un vestido que viste a una mujer que canta en francés. Nos sentamos a disfrutar de una voz excepcional.  Los oídos también son ojos sin párpados. Y no sabemos si reír o llorar: esa indeterminación que parece definir a las mejores experiencias.

 

 

 

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