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Una película vuelve a casa

El autor de Un tapado arena (Alcion, 2005), Prosa del cedido por el oro (Paradiso, 2007) y Aquilea. Crónicas de una librería (Bajo la luna, 2013) comparte un fragmento de su próximo libro Una película vuelve a casa (Paisanita).

“Los artistas” viven en un departamento de cuatro ambientes de la torre dos. Son dos hermanos y una chica de unos veinticinco años. Sé que uno de ellos estudia arquitectura. La vez que vinieron al consejo a proponer lo de montar una huerta en un cantero del patio, no me había quedado claro si ella era novia de alguno de los hermanos o una amiga. Los padres de ellos, los dueños del departamento, se habían ido a vivir afuera. “Los artistas” cubrían los gastos y nunca se atrasaron con las expensas.

Un sábado a la tarde, esperé a que terminaran de ensayar, bajé al patio, le pedí al empleado de seguridad que me abriera la puerta de la torre dos, y subí por la escalera a su departamento, en el primer piso. Para que no pensaran que había ido a quejarme por el ruido, delante de la mirilla puse mi mejor sonrisa.

Me abrió uno de los hermanos. Le dije que si tenía un minuto le quería contar algo. No sabía qué tan buena onda podrían tener conmigo. La vez que habían ido al Consejo a proponer lo de la huerta me mantuve más bien neutral, y un par de veces les había pedido a los gritos que bajaran el volumen de la música.

Ya instalados en la cocina, le dije a mi interlocutor que quería hacerles una propuesta. ¿A quiénes? me preguntó. A los que quieran, y señalé con un dedo en dirección al living, que es donde estaban los demás: su otro hermano y el resto de la banda. Mi interlocutor se asomó y los llamó. Vinieron su hermano y uno más.

Más que en el living, la vida en los departamentos de las torres suele transcurrir en estas cocinas, que son enormes y por lo general están ampliadas con estos cerramientos que tanto enfurecen a Pagoda y que crean espacio para lavaderos. Las alacenas originales son naranja, igual que los pollitos que decoran las paredes. Así es; hacia la mitad, las paredes de la cocina tienen una línea horizontal que las recorre por completo, decorada con hileras de veinticuatro pollitos y una gallina al final. En cada azulejo hay tres pollitos: dos con la cabeza erguida y uno, el de atrás, con la cabeza gacha, como picoteando el suelo. A veces pienso que este motivo representa el libre albedrío porque, bajo las mismas condiciones, los tres pollitos no se comportan igual. El resto de los azulejos es de un color crema muy claro, igual que los del baño. En el baño es común (Pagoda me contó que a él le pasa lo mismo) que gracias a este color tan claro, más el sol que entra por el ventanuco a eso de las cinco de la tarde, uno crea que quedó la luz prendida y vaya a apagarla.

Volviendo a “los artistas”, con ellos sentía que no tenía que venderles el proyecto citando instituciones o estrellas de televisión, que no tenía que pronunciar lentamente la expresión “clásico del cine nacional” o cosas por el estilo. Estaban al tanto del evento y les encantaba la idea. Pienso que verían en ella algo de esa huerta que no les habían permitido hacer. Algo comunitario y, a la vez, fuera de lo común. Incluso me animé a explayarme en mis ideas respecto de la película, que ante el consorcio había preferido guardarme. En mi opinión, el gran mérito de Últimos días es lograr decir, en plena dictadura, que el Estado es quien contrata al asesino (el personaje interpretado por Luppi). Se comenta, les dije, que para despistar el ojo del censor, Aristarain usó como señuelos escenas de sexo. El censor, entonces, se puso a tijeretear por el lado del sexo y se le pasó… ¿qué se le pasó? Sería imposible tijeretear lo que esta película dice sin decir, y por eso, en mi opinión, es tan buena.

Pasé a explicarles mi nuevo plan. Todos en las torres sabíamos que la casa de enfrente, en la que estaba “la piecita de Luppi”, estaba desocupada porque pronto la irían a demoler para construir un edificio. Tendría que pedirle autorización a la constructora del futuro edificio. Era bastante improbable que me la diesen, pero había algo que tal vez jugara a nuestro favor: la constructora era la misma que había levantado las torres. Tal vez con este antecedente, sumado al apoyo que ya había conseguido del FNA y el INCAA, si les llevaba una carpeta atractiva, lograra convencerlos. Después de todo, lo único que necesitaba era que, el día del evento, dejasen entrar a “los artistas” (si lograba convencerlos) a la piecita de la terraza, con el proyector y la cámara.

Viendo en sus caras arremolinarse las nubes de la desconfianza, me apuré a aclararles que sabía que lo que estaba proponiéndoles era medio raro, pero que valía la pena. ¿Y por qué a nosotros?”, me preguntó uno de ellos con carita suspicaz (era como ver a un gato con sus bigotes alerta). Bueno le respondí primero se lo propuse a Ofelia, pero me dijo que esa noche no podría porque tiene una fiesta electrónica. Se rieron bastante, y prendieron un porro.

Hablamos del plan; les expliqué mis dudas, pero me resultaba difícil (había dado unas pitadas) definir cuáles eran nuestros obstáculos. A ellos en cambio les costaba menos. Me dijeron que no sería fácil conseguir el permiso de la constructora; pero que si lograba eso, ellos podrían resolver el tema del proyector.

Nos pasamos los teléfonos y seguimos charlando un rato más. Casi cuando me iba, entró al departamento la tercera dueña de casa. Se asomó a la cocina con un bebé en brazos. No sabía que había tenido un hijo, pero no me sorprendió, porque antes de que llegara había visto ropa de bebé colgada en el ténder del lavadero. Era pelirroja y se parecía a la cantante de Velvet Underground, aunque un poco más gordita. Nos saludó y se fue a su cuarto.

Quedamos en que los llamaría en cuanto tuviera alguna novedad. Me acompañaron a la puerta. Al salir de la cocina, le di un vistazo al living. Era una mezcla rara de muebles y adornos “de adultos” (los que habrían dejado sus padres, supongo) con otros más hippies. Cuando bajaba por la escalera hacia la puerta del edificio, me di cuenta de que no tenía llave, pero en vez de volver preferí sentarme en el banco del hall a esperar a que alguien me abriera.

Ahí sentado, me di cuenta de lo siguiente: la noche del evento, la película se proyectaría sobre la medianera de la torre dos. El ventanuco del baño de “los artistas” está en esa medianera. Es más, como se trata de un departamento del primer piso, probablemente ese fuese el único ventanuco que quedaría cubierto por la imagen proyectada. Tal vez, pensé, esto sea la señal de que me estoy asociando con las personas correctas. Por lo visto, el porro me había producido una paranoia al revés: el universo se confabulaba a mi favor.

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