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Zama

Redimimos un fragmento de Zama de Antonio di Benedetto en ocasión de la aparición de la película de Lucrecia Martel.

Me empujó el sol que, desembarazado ya de las nubes de tantos días sin tormenta, se había encendido hasta el blanco y allí conjugaba su sin color y su tersura fija y ardiente con la arena limpia que da visiones. Pude ver un puma y creerlo estático e inofensivo como una decoración, muy liso, sin detalles, como si no tuviera garras ni dientes, como si las curvas de su cuerpo no denunciaran elasticidad para el salto, sino docilidad y blanda disposición para alguna mano cariñosa. Por este puma no visto pude pensar en los juegos que fueron o pueden ser terribles, no en el momento que se juegan, sino antes o después.

Busqué el reparo frondoso del arroyo y entre los primeros árboles debí quedarme, porque venían libres y confiadas, voces de mujeres excitadas por el goce del agua.

No obstante me adentré y, embozado por la vegetación, vi un instante de frente, desnudos cuerpos, morenos y dorado-oscuros, y de costado, ocultas las facciones, pues sólo distinguía una nuca y pelo recogido arriba, otro que no supe si era blanco o mulato. No quise seguir mirando, porque me arrebataba y podía ser mulata y yo ni verlas debía, para no soñar con ellas, y predisponerme y venir en derrota.

Huí. Pero era evidente que me habían notado y al percibirlo no precisé si entre el alboroto que escuchaba a mi espalda escuchaba alborozo.

Mis piernas se volvieron firmes en la zancada porque algo me advertía que era perseguido. Hombre no podía ser, porque los hombres no cuidan el baño de las mujeres; india sí o mulata, por la rapidez con que andaba fuera del sendero, donde hay maleza y los troncos se ponen delante.

Ella casi me daba alcance y este afán me advirtió que buscaba ver mi rostro, conocerme, que tal debía ser el mandato de su ama y, entonces, resultaba que ella era blanca.

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