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Taxis

Laura Isola, docente de “Literatura del siglo XX” en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y autora de artículos sobre crítica literaria y de arte, comparte con nosotros dos relatos inéditos.

Interior of taxi at night

 

 

Trasplante

 

El taxista señala el hospital y me dice que ahí se hizo, o se está por hacer, el trasplante. No le entiendo bien: habla con la boca muy cerrada, repite la última palabra. Por eso sólo entiendo “trasplante”.

¿Cómo dijo?, le pregunto. Entre la dicción dificultosa, la ventanilla abierta y el cansancio que tengo me arrepiento de haber empezado la conversación. Pero no sé: nunca sé cómo hacer para no contestar. No puedo poner cara, un ajá, y seguir con lo mío. La gente que no habla con los conductores de taxis me genera entre envidia y misterio. Haría un curso para aprender conductas que disuadan el disparo sobre el tiempo, la circunstancia, el tránsito. Soy una adicta a ese small talk insoportable para cualquier persona de bien.

“Yo ya estoy trasplantado. Tuve suerte. Justo se dio una cadavera. Tuve suerte, una cadavera“. “Una, ¿qué?”, le hago repetir la frase una vez más de lo que él mismo está dispuesto. “Sí, una cadavera. Una chica de 27 años que tenía una moto;  le dijo a la mamá, vos me donás todo el cuerpo entero, en Misiones, me donás”, quiere explicarme. “¿Se murió en un accidente?”, me enredo en su relato imposible. Lo de la moto me tiende una trampa. Intuyo que tuvo algo que ver con la muerte.

“No, de un CV en el banco”. “¿Qué le pasó en el banco?”, le grito un poco, fastidiada. Gira y saca los ojos del espejo para darle, en el centro de los míos, una mirada fulminante. Deletreando, como si fuera una maestra en el dictado, por fin, vocaliza las consonantes fricativas: “tuvo un Ce Ve”.

 

 

Despacito

 

Hace media hora que estamos parados en el mismo lugar. La calle por la que veníamos con el taxi llega a una avenida y allí todo se detiene: es el semáforo de esa que no deja avanzar, me dice el conductor. Es la hora pico de camino al aeropuerto de Lima y lo de no moverse por media hora es literal. Nada, ni un centímetro.

En ese tiempo suspendido miro por la ventana y leo una pintada a lo largo de un paredón: Jesús Moreno. Clases de reiki y yoga para la tercera edad. Las letras se van separando y se acomodan a lo largo de una cuadra. Reiki y yoga están en mi campo de visión. Justo en este momento, dos prácticas que serían invalorables para soportar esta tremenda congestión. Atrapados y sin atisbos de cómo se va a despejar. Cantidad de autos que ocupa hasta el último milímetro de la calzada, incluso, otro tanto subido a la vereda.

La bocina es un tema en Lima: hay anuncios que piden que se controle el uso del claxon, como es que le dicen. Se escuchan a cada segundo y en calles aparentemente desiertas. No he podido determinar qué rige para hacerlo a las tres de la mañana andando por una calle vacía de Miraflores, por ejemplo. En este embotellamiento se llega a la apoteosis. Todos tocan el claxon sin parar. Aún detenidos, sin esperanzas de avanzar, presionan y emiten las infinitas variedades que cada auto posee. Un rezo citadino, una plegaria al santo del tránsito ligero, una forma de comunicación. En fin, una molestia más.

Wendy de Chorrillos pide en el programa de FM que estamos escuchando por la radio del taxi “Despacito”. Parece un chiste, le comento a Alexander, con quien ya nos presentamos y estamos hace más de una hora en el mismo cubil, de la cual media, –insisto–, exactamente en la misma posición: detrás de una camioneta, delante de otro auto. Pero la broma no es sólo por el título sino porque la canción que pide ahora Wendy y comienza con la intro de Justin Bieber  la pasaron dos veces antes: la pidió Jessy de Pueblo Libre y la pidió Fanny de Canta. ¡Deberían ponerse de acuerdo, juntar los mensajes y pasarla una vez para todos! Trato de organizar mentalmente ese programa de radio que me está desesperando tanto como el tránsito.

Ya, ya me estás gustando más de lo normal,/ todos mis sentidos van pidiendo más,/ estoy hay que tomarlo sin ningún apuro. No serán los versos más logrados pero intento, entre el yoga y el reiki del cartel y lo irónico de la letra desopilante, aquietar el espíritu. Pasito a pasito, suave, suavecito.

¿Por qué me suena tanto el nombre de Jesús Moreno? Antes de terminar de formularlo, me acuerdo de la conversación con otro taxista en Lima. Tomé muchos y conversé con todos. Este era un señor mayor,  había nacido en Arequipa. Dos razones que me suscitaron el diálogo más de corte de política latinoamericana.

Le pregunté por Abimael Guzmán. El presidente Gonzalo, me quise hacer la entendida. De hecho algo sé; de mis años en literatura latinoamericana del siglo XX, por haber enseñado a Vargas Llosa y sus textos sobre Uchuraccay. Me acordé: “el pueblo donde morían los que llegaban a pie”.

Abdón, mi taxista con conciencia social, coterráneo del fundador de Sendero Luminoso, no se inquieta. Me han dicho que Sendero y Guzmán, más precisamente, no son temas aptos para las conversaciones eventuales de viajes en taxi. Pero, con el tránsito de Lima, estas dejan de ser de ocasión y se transforman en largas disertaciones.

Que lo de Guzmán fue una locura, me explica. Ese tiempo de la guerrilla fue alucinado, continúa. Aunque razones para hacer lo que se hizo, por las injusticias que se comenten en este país, siempre va a haber, sentencia con profunda convicción. De Abimael pasamos a Jesús que nada tiene de mesiánico y es un político bandido y corrupto. Ahora mismo está preso. Su zona es el Callao, se ha metido allí y eso es tierra de narcos.

¿Estamos en el Callao?, le pregunto a Alexander para salir del sopor inmóvil en que me tienen los versos repetidos quieroverbailartupeloquieroserturitmoqueleenseñesamibocatuslugaresfavoritosdéjamesobrepasar

tuszonasdepeligrohastaprovocartusgritosyqueolvidestuapellido. Me pregunto quién piensa en su apellido al momento del orgasmo. Ya sé: no vale hacer Close Reading.

Alexander corrobora lo de las zonas de peligro, pero del Callao. Mucha delincuencia, robos, narcos, peleas. Quiero que llegue a la parte en la que atacaban a taxis detenidos en congestiones de tránsito por más de media hora y asesinaban a los pasajeros. Esa sería mi salvación a la tortura de la espera y de la letra. También, fantasear con la idea de que las huestes de Jesús Moreno cuelguen con las tripas de Luis Fonsi a Daddy Yankee, ahora cuando venga a tocar a Lima. Por meterse en esa avivada de cantar en español, a Justin Bieber lo pueden matar también.

A continuación, el taxi arranca unos metros y otros más y se mete en esa avenida a la que creí que nunca llegaríamos. Nuestra ruta devocional. Nuestro Guíame Señor de Muruhuay, Auxíliame Virgen de la Puerta, Señor de Cachuy, Señor de Huanca y todas las leyendas que se ven en los carteles de los frentes de las combis, lugares a los que los devotos van a implorar.

Ese desplazamiento coincide con que de la radio sale: Hey yo/ Vamo’ a hacerlo despacio/ Más lento que la palabra/ Suelta, ponte bonita y macabra/ Ladra, la ciladra/ Y mírame a los ojos/ Mientras mi taladro te descuadra.

La voz colocadísima del locutor me dice: “para ti, Nicky Jam te canta Despacio”.

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