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Nodaléctica: filosofía, psicoanálisis y política

Roque Farrán, filósofo cordobés, reflexiona sobre lo que denomina “Nodaléctica”, un proceso enunciativo de composibilidad entre filosofía, psicoanálisis y política.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I. Quisiera comenzar por propiciar el despeje de un lugar de enunciación donde se produzcan enunciados-conceptos que, allende las diferencias irreductibles entre prácticas, puedan mostrar un uso productivo tanto de la filosofía, como de la política y el psicoanálisis. Composibilidad, como le llama Badiou, que no supone identidad ni simple contradicción. Considero que en este tiempo de dispersiones y homogeneizaciones es clave sostener un trabajo conjunto de composibilidad de las prácticas. Quiero decir, hay una verdadera potencia en ese anudamiento conjunto sin exclusiones ni privilegios que, muchas veces, se debilita cuando desde el psicoanálisis por ejemplo, o de la política se desestima el trabajo filosófico; o, cuando desde este último, se desestima los otros dos, etc. Puede ser por diferencias personales, institucionales, desencuentros o falta de lecturas cruzadas; no importa el motivo. Es el caso de las instituciones psicoanalíticas que excluyen a políticos y militantes, de estos últimos cuando consideran que la filosofía es muy abstracta o meramente académica, o de los filósofos y políticos cuando subestiman a los psicoanalistas porque éstos se ocuparían de lo meramente individual. Sin negar diferencias en los respectivos campos, es necesario habilitar discursos que hagan un uso liberado de conceptos, dispositivos y prácticas: composibilidad, anudamiento, nodaléctica. Es un modo de empezar a organizarnos en el pensamiento, en el cuerpo y la palabra, en simultaneidad.

No concibo el ejercicio del psicoanálisis, es decir, la atención por la singularidad del sujeto, la producción de una diferencia absoluta, sin un claro y decidido posicionamiento político en torno a la potencia común que nos constituye, y sin un uso lúcido de la tradición de pensamiento filosófico en función de la invención conceptual necesaria para conectar lo uno y lo otro: lo singular y lo común, por múltiples bordes, hasta dar con la efectividad real del anudamiento. La libertad y la felicidad alcanzadas por el sujeto responden justamente al modo en que se haya trabajado, en rigor, ese entrelazamiento ontológico que es metódico.

No concibo la práctica política, es decir, los modos de organización e interpelación colectivos, sin una especial atención y cuidado por la singularidad de los sujetos en pos de su constitución y formación decididas, y sin una apelación a la tradición filosófica que le dé espesor y vuelo a las conexiones que anudan lo singular y lo colectivo, que exponen y anudan a su vez multiplicidad de formas y procedimientos.

No concibo la práctica de la filosofía, es decir, la reinvención rigurosa del concepto en función de una transformación existencial que vuelve indiscernibles lo singular y lo genérico, sin encontrar y trabajar psicoanalíticamente, uno por uno, aquella serie de imposibles que nos constituyen (no hay relación sexual, no hay Otro del Otro, no hay universo del discurso ni metalenguaje), y sin apostar a modos de organización e institución colectivos que busquen abrir lugares efectivos para la reunión de esos procedimientos dispares.

El anudamiento de filosofía, política y psicoanálisis, supone que en cada una de estas prácticas las otras se encuentran implicadas, aunque sean irreductibles. Es decir, sin que sean lo mismo ni respondan a iguales procedimientos, la inmixión entre ellas hace que en ciertos puntos nodales aparezcan sobredeterminando (condensando y desplazando) los contenidos y formas respectivas de cada una. Así, la filosofía encuentra en su práctica aspectos irreductibles que la detienen en su deriva conceptual, puramente teórica, para abocarse a la constitución efectiva del sujeto que (se) piensa. En este sentido, la recalificación de la filosofía antigua como práctica de sí o ejercicio espiritual, llevada a cabo por Hadot o Foucault, resulta clave pero no suficiente; el psicoanálisis muestra un modo de proceder que ha atravesado la modernidad y el desafío que la ciencia moderna arroja como saldo de saber sobre el sujeto: el indestructible deseo inconsciente cifrado en letras de goce. Por tanto, no basta tampoco con identificar allí el efecto de la ideología, como se ha intentado desde la tradición althusseriana; el tratamiento político y el psicoanalítico no se confunden. A su vez, el marxismo también ha mostrado que existe un plusvalor irreductible al mecanismo por el cual se instaura el lazo social alienante, y Foucault que las relaciones de poder son constitutivas y pueden ser invertidas. Por otra parte, el psicoanálisis mismo recibe iluminación retroactiva de estas genealogías filosóficas que le muestran que su modo singular de circunscribir al sujeto del deseo participa de antiguas tradiciones de pensamiento y su rigurosidad no le debe nada a teorías cognoscitivas actuales. También se entiende que el psicoanálisis toque la dimensión irreductiblemente política que atañe al sujeto; de allí el apotegma lacaniano: el inconsciente es la política. Porque en torno al deseo del Otro las posiciones subjetivas pueden defeccionar, quedar horrorizadas ante la angustia, inmovilizadas ante la inhibición, o girando en círculos viciosos ante el síntoma; nada garantiza que ante el agujero abierto en lo real, la grieta ontológica, se responda decidida y sosegadamente con un acto implacable. Por último, la política entendida como práctica de organización colectiva no puede soslayar los procedimientos que hacen al sujeto, es más, encuentra allí mismo el modo más efectivo de producir verdaderos enlaces que respeten la singularidad y su potencia común, junto a los modos más rigurosos de practicar cognitiva y afectivamente la reflexividad.

Cuando afirmo que el pensamiento nodaléctico es ante todo ontológico, esto involucra pues una serie de cuestiones en la constitución discursiva y práctica del ser: simultaneidad (temporal), co-implicación (lógica), solidaridad (estructural), alternancia (movimiento), heterogeneidad e irreductibilidad (de sus componentes). Algunas de ellas serán expuestas.

 

II. Tres instrumentos, herramientas o armas, pertenecientes a tres planos o dimensiones distintas, hay que saber y poder y tener el cuidado de usar en la actualidad: la palabra, el cuerpo y el concepto. La famosa metáfora foucaultiana de la caja de herramientas, que divide aguas en el campo teórico, debe ser pensada en verdad como un lugar vacío, de posible resonancia y encuentro, donde cada quien pone su precarias herramientas en común para desarrollarlas y afinarlas en función del trabajo conjunto y de la tarea propuesta a consideración; es decir, las herramientas no están dadas, solo la caja.

i). El psicoanálisis nos permite, a través de la escucha atenta y el corte justo, hacer uso de la palabra y circunscribir el goce irreductible que nos singulariza, uno por uno.

ii). La política nos permite a partir de la movilización, organización y disposición de los cuerpos, resistir, invertir y transformar las relaciones de poder que nos constituyen, en conjunto (no importa el número: tres son multitud).

iii). La filosofía nos permite, a través del estudio sostenido y la lectura minuciosa de obras y tradiciones, inventar conceptos y reescribirnos a nosotros mismos (singular-plural).

Por eso, intervenir en el presente de la manera más adecuada y efectiva, exige darles un uso liberado a esas tres herramientas, forjadas a través de tres prácticas irreductibles que nos constituyen, al mismo tiempo que hacemos uso de ellas. Y sobre todo -o después de Todo- encontrar su anudamiento. Es cuestión de deseo, de hábito y de potencia. El verdadero deseo, al igual que la potencia que encarna, no se verifican solo por la posibilidad que abren de cierto ejercicio, de cierta práctica, de cierto gusto, que compelen a pasar al acto ineluctablemente, sino por la misma posibilidad de no hacerlo. Eso es tener una potencia y esa es la mentada división del sujeto, en su funcionamiento adecuado y no esquizoide, no una cosa o la otra: poder ser activo en una pasividad esencial, cultivar un hábito, un ethos, un modo de implicarse a cierta distancia del síntoma, de lo que anuda las palabras y las cosas, de los distintos dispositivos de saber, poder y cuidado. Filosofía, política y psicoanálisis, en ese punto, se vuelven indiscernibles. O bien, en un punto indiscernible, en un cruce justo son, como cualquier práctica liberadora, lo mismo: permiten a un individuo singular conectar con su deseo, que es deseo de deseo, o sea, deseo del Otro. Es esa apertura, localizada en torno a un vacío que abre al infinito de la potencia, lo que libera. Pero, como uno queda expuesto ante la infinidad de infinitos, tal apertura nos devuelve de rebote a nuestra propia finitud, lo cual no es tranquilizador. Por ende, la operación de apertura no está asegurada de una vez y para siempre: hay que recomenzar cada vez y, allí, poder contar al menos hasta tres (uno, vacío, infinito); anudar del modo adecuado para no abismarse resulta imprescindible.

 

III. En la actualidad hay varios intentos de recalificar al psicoanálisis por vías accesorias: poesía, ciencia, filosofía o política. Esas alternativas suelen ser o bien excluyentes, o bien subordinantes. Sin impugnar ninguna de ellas, en particular, considero que solo el nudo adecuado de ciertas prácticas puede resultar efectivo para volver a poner al psicoanálisis a la altura de su época. Por otra parte, no creo que hoy sea posible ni fructífero un simple retorno a Lacan. Las operaciones de retorno están agotadas. Más bien se trata de reinventar el psicoanálisis a partir de volver a enlazarlo con aquellas prácticas ineludibles de nuestro tiempo que, a su vez, requieren del contragolpe renovador que les proporciona el psicoanálisis, ejemplarmente: filosofía y política. La ciencia, el arte y el amor, pueden venir a anudarse también allí, pero con aquéllas tres basta para comenzar a hacer el nudo. La filosofía como práctica de invención conceptual que sigue diversos procedimientos, ejemplarmente el poema y el matema; la política como práctica ineludible de posicionamiento, demarcación, táctica y estrategia en torno a las relaciones de poder. El psicoanálisis solo puede ser efectivo si vuelve indiscernibles, en su práctica, las dicotomías habituales: individuo-colectivo, activo-pasivo, sujeto-objeto, teoría-práctica; para ello, filosofía y política resultan cruciales. El cruce sucede en las superficies discursivas, es un acontecimiento. Desde un punto de vista más teórico-conceptual, si se quiere, el concepto de sujeto del psicoanálisis resulta ineludible para pensar en el presente, o en la coyuntura, la práctica política y filosófica efectiva.

El psicoanálisis no ayuda a escarbar más profundo, al contrario, trata de detenerse en los fenómenos de superficie, allí donde se pliegan y despliegan con sutileza los efectos del decir y los afectos concomitantes. Por eso, para quien se apresta a iniciar un tratamiento psicoanalítico, imbuido de todas las creencias populares sobre el inconsciente, lo más difícil es producir esta inversión de perspectiva: que el sujeto -del cual participan el analista y el analizante- deje de escarbar, buscando el terrible trauma de la infancia, lo verdadero de lo verdadero (cuestión que replican desde antiguos discípulos de Lacan hasta el mismo Zizek), y se aplique a volver sobre las huellas del decir y aquello que hace obstáculo al momento mismo que lo enuncia: lo que se olvida tras lo que se oye en lo que se dice. El inconsciente es un fenómeno de superficie, efecto de una estructura unilateral y plegada (banda de Moebius); la interpretación es el corte justo que co-incide con el acontecimiento discursivo y el desprendimiento del afecto concomitante. La transformación del sujeto responde a un cambio de dimensiones que sale del plano, toma cuerpo, las calza y anuda de otra forma. Esa es la única verdad: no hay verdadero sobre lo verdadero, ni profundidad abisal, ni metalenguaje trascendental; por eso, en cada caso se trata de lidiar con las torsiones del lenguaje, con los agujeros del cuerpo, con lo real imposible en su mutuo anudamiento.

Dejando de lado el lastre psicopatológico y las clasificaciones diagnósticas, como cualquier otra receta de orientación curativa o excavación de las profundidades inconscientes, el psicoanálisis entonces ha de ser simplemente un espacio de apertura a esa experiencia de lo incontable -lógico y afectivo- que nos atraviesa y constituye, aislando los significantes y la estructura mínima por la cual el sujeto se pierde en cuentas y relatos interminables tratando de buscar la representación cabal de su deseo. El sujeto se encuentra con su deseo en un impasse de la estructura y su representación, signado por el significante que hace las veces de representante entre ellas, y el pase del sujeto se precipita cuando puede hacer ese mínimo gesto liberado que prescinde de las segundas a condición de servirse del primero; cuando la estructura real se muestra en su juego libre coaccionado, como nudo solidario, y el afecto transmuta de angustia a sosegada felicidad.

Aunque también se podría reformular la cuestión de la siguiente manera. El psicoanálisis es una práctica de sí -como aquellas de la antigüedad grecorromana que indaga Foucault- pero, he aquí la novedad, resulta que moderna. En tanto práctica de sí habilita la constitución del sujeto a través de múltiples operaciones de descentramiento y rectificación subjetiva en torno al deseo, produciendo un corte inexorable con su identificación primaria a un yo que, por definición, es estulto y goza sin saber. En tanto moderna implica asumir dos consecuencias también inexorables: una es científica y la otra es política. La consecuencia científica atañe al infinito actual y al infinito de infinitos, cuestiones que los antiguos desconocían y cuya formalización matemática avanzada por Cantor -y desarrollada por Cohen, como muestra Badiou- destituye radicalmente tanto al sujeto como al ser de cualquier colusión con el Uno y el Todo; colocando a ambos en su justo lugar. La consecuencia política atañe en cambio a las paradojas de la democracia y la soberanía popular, donde el sujeto es súbdito y soberano a la vez (esto lo han desarrollado muy bien Kantorowicz y Balibar), y por ende tiene que responder de manera inventiva a esta inaudita forma de organización social, sin fundamentos últimos, ni castas, ni privilegios eternos; y cuyo desconocimiento de esto conduce a la locura o la canallada.

Por eso pienso que el psicoanálisis, si desea sostener su efectividad y estar a la altura de su tiempo (y no devenir psicoterapia pseudocientífica, estafa moral o coartada impolítica), tiene que abrir y dar lugar al entrecruzamiento riguroso de estas múltiples dimensiones del sujeto. Tiene que estar atento y nutrirse de otros dispositivos y prácticas de su época, sin perder su singularidad pero apostando al cruce productivo entre ellos (como hacía Lacan).

 

IV. El analista para producir efectos propiamente analíticos y no caer en la simple estafa: sugestión, terapia o nulidad, ha de ser al menos tres. El que produce efectos (psicoanálisis propiamente dicho), el que a esos efectos los teoriza (invención conceptual filosófica que combina matemas y poemas), y el que se posiciona claramente ante el malestar en la cultura contemporánea (posicionamiento político decidido que asume el coraje de la verdad). Si no se da ese triple anudamiento, con inventiva, rigor y coraje, para mí no hay, o no habrá habido (pues la naturaleza del acto se evalúa aprés coup), efecto analítico de verdad. También se podría decir que el analista es al menos tres en otro sentido: es aquél que produce efectos (simbólico), aquél que se posiciona en torno a la causa inmanente de todas las cosas (real) y por eso los produce, y aquél que a esos efectos en-causa los teoriza (imaginario). Finalmente, si hay un efecto suplementario que lo sostiene en la práctica analítica, sin caer en la imitación o la simple estafa, es porque sabe anudar allí aquéllas dimensiones irreductibles del ser hablante y recomenzar la partida, cada vez. Uno solo debe hacerse presente allí donde puede sustraerse y dejar de ser uno, al devenir múltiple: vacío, indiscernible, genérico, infinito. Ese es el único secreto de la efectividad de cualquier práctica.

Por último, redefiniendo y ajustando mejor los términos anteriores, repito, el psicoanalista es al menos tres: i) el que produce efectos (de descentramiento del yo, de rectificación subjetiva en torno a la palabra, de circunscripción de un plus-de-goce irreductible),  ii) el que a esos efectos para producirlos los teoriza (con lo cual ha de transitar por los puntos más álgidos de los saberes y debates contemporáneos en torno a la ciencia, el arte, la filosofía, para servirse de ellos en su forja de conceptos y matemas), y iii) el que se posiciona ante las relaciones de poder imperantes para que lo anterior tenga lugar y se despliegue de la manera más amplia y potente posible (por ello debe trabajar simultáneamente en la extensión del psicoanálisis, elaborando otros dispositivos de transferencia, transmisión y enseñanza, produciendo enlaces con otras prácticas y, llegado el caso, emitiendo declaraciones públicas donde tome claramente posición en torno a cuáles políticas dan lugar a la singularidad y potencia del sujeto y cuáles no). Psicoanalista entonces no se es, en todo caso se adviene allí como función capaz de anudar aquéllos tres irreductibles, pues ninguno se sostiene sin los otros. Quizás otro modo de concebir el ser. Es la pregunta por el deseo del analista lo que está en juego: ¿Qué sería un deseo que no se soporte más que de esos nudos, que no remita a un ser ni a una posición estructural-institucional? Pues aquí se esboza una respuesta, a verificar singularmente, claro.

 

V. La efectividad del psicoanálisis pasa por la palabra, la efectividad de la política por los cuerpos, la efectividad de la filosofía por el pensamiento. Pero, como no hay palabra que no afecte el cuerpo, y viceversa; como no hay pensamiento que no concite palabras, y viceversa; como no hay cuerpo sin pensamiento, y viceversa; entonces siempre está en juego algo de la política y de la filosofía en la efectividad del psicoanálisis; siempre está en juego algo del psicoanálisis y de la política en la efectividad de la filosofía; siempre está en juego algo de la filosofía y del psicoanálisis en la efectividad de la política. De la inescindibilidad entre palabra, cuerpo y pensamiento, se sigue la necesidad discursiva de pensar e incorporar en simultáneo el psicoanálisis, la política y la filosofía para que algo, en efecto, se produzca. Creer en cambio que cada disciplina tiene su concepción de la palabra, el cuerpo y el pensamiento, resulta empobrecedor en extremo y debilitante; sería concederle demasiado al paradigma disciplinario en retroceso y al sistema de ganancias que fagocita sus restos.

El concepto no es definición ni relación, es fundamentalmente movimiento, desplazamiento y anudamiento incesante de dimensiones, dispositivos y prácticas; no hay relación ni proporción entre las partes involucradas, de allí que el concepto pueda implicar el infinito, la eternidad, el deseo o lo real, sin contradicción ni paradoja. El efecto paradojal o el absurdo sólo se presenta ante quienes quedan pegados a una sola dimensión, por ejemplo el significado. Es importante en la producción y captación del concepto entender el plano de inmanencia y el espacio concreto en que éste se despliega, porque ellos están involucrados, constituyen su materialidad. El contextualismo y el análisis lógico o semántico nos han extraviado, es necesario reencontrar la materia del concepto y retrabajarla para no seguir rindiendo tributo al idealismo. Hay que entender que la producción del concepto atañe a la dimensión filosófica de la praxis, pero eso no quiere decir que haya división del trabajo disciplinar, si pensamos en el entrelazamiento o anudamiento de las prácticas, es porque hay transferencia y la instancia de conceptualización puede acaecer en cualquiera de ellas.

 

VI. Y aquí, se dirá, ¿dónde está la política?, ¿dónde se juega verdaderamente? No creo que la política sea todo, como se dice a menudo, pero sí resulta fundamental. Pues pienso, con Aristóteles, que el ser humano es esencialmente un animal político, lo sepa y lo asuma o no. La política se juega en todas partes, a veces de manera imprevista, pero esas partes son indiscernibles y no remiten a ninguna totalidad; la política tiene que ver con el modo singular en que somos afectados y tenemos a su vez la posibilidad de afectar; es muy importante remarcar esto: afectar y ser afectados, ser activos en una pasividad esencial, ser pacientes en una actividad que nos excede y nos forma. Sea donde sea que se juegue esa gramática formativa, allí estará la política, allí anudaremos de manera conveniente con otros, las cosas y nosotros mismos. No todos podemos con todo, ni todos cumplimos las mismas actividades específicas, pero en la singular medida que cada quien se implique de aquél modo formativo (modo de uso, modo de cuidado), estará dando lugar a la política en cuestión. Y puede suceder en el campo del arte, en la organización familiar, en el trabajo, en la militancia barrial o partidaria, en el pensamiento de lo absoluto, en la práctica clínica, en los ejercicios espirituales, en el entrenamiento de las artes marciales, etc. Cada lugar en el que actúa y padece un sujeto su misma formación con otros, con saberes y poderes dispares y con la complejidad infinita de determinaciones en juego, en tanto las puede anudar del modo conveniente, hace en efecto política. La teoría política tiene que disponer todos los medios posibles para hacerlo notar, hacerlo saber, comunicarlo y potenciarlo. No es asunto del dominio de un lenguaje encriptado solo apto para especialistas, ni tampoco de un lenguaje vulgarizado y condescendiente, es asunto de encontrar la lengua, el lugar y el modo de intervenir oportunamente.

Justamente, finalicé mi análisis personal tramitando el duelo por el significante amo “política” y operando una transferencia efectiva hacia el psicoanálisis que me condujo a afirmar sin ambages, en la última sesión, que el inconsciente no era un mero reservorio de pulsiones demoníacas e imaginerías fantasiosas que se trata de convocar y exorcizar (pagana o cristianamente), pero tampoco se reducía a una liviana indisposición del sujeto que se trata de modificar mediante actos asépticos bien indicados técnicamente (escolar o universitariamente). He anotado en otra parte el afecto de calma irreductible que sobrevino al final del análisis, pero no así el tratamiento de los significantes en juego y el anudamiento de prácticas y dispositivos que retroactivamente se vislumbró; cada desprendimiento de la verdad lleva su tiempo. Pues el inconsciente no sólo es un término negativo o un concepto paradójico, sino un método o procedimiento que implica una lógica singular y se trata de seguir al pie de la letra, en su reverso, hasta el punto en que el sujeto encuentra el corte justo -luego de una serie de cortes anticipados- que lo capta retroactivamente y por el cual se constituye como tal: operación a recomenzar cada vez que se toma la palabra, advertido del irreductible envés, para hacer resonar en la oquedad de lo que no hay ese pequeño ¡ay! de goce cuya inexistencia haría vano el universo. Ese pequeño resto de goce irreductible que se desprende al final, es lo que ahora deseo reinscribir en aquellas extrañas vías que habían insistido anteriormente, sin saber de su eficacia anudante: filosofía, política y psicoanálisis.

 

VII. Con el término nodaléctica he tratado de nombrar un método y, también, de generar el espacio que habilite su despliegue en el encuentro con otros. Afectar y ser afectado por la potencia del pensamiento (en) común, exige ciertas condiciones de cuidado, poder y saber, que se dan en simultaneidad. Es una práctica accesible a cualquiera que desee en verdad prescindir de los padres, tutores y referentes, a condición de servirse de ellos. Por ende, no se trata de practicar parricidios, sacrificios o exorcismos, sino, simplemente, la constitución crítica y delicada de nosotros mismos. Nodaléctica es, pues, un movimiento de pensamiento que involucra el cuerpo y la palabra por igual; es un movimiento transversal a todas las divisiones y oblicuo a todas las posiciones: transdisciplinario, transgénero y transpolítico. Nodaléctica es un método sin reglas ni procedimientos establecidos, que se muestra an(u)dando, que se desea ejemplo-ejemplar y no modelo o arquetipo; los resultados de su saber-hacer-allí nunca están asegurados de antemano, pero sí la implicación libre que genera en sus consecuencias decididas. Nodaléctica es, también, una invitación de pensamiento abierta a cualquiera: el tiempo que cada quien pueda suspender su locura de creerse uno unificado o múltiple dispar y poner en juego la triplicidad irreductible que nos constituye, junto a otros. Nodaléctica es, para resumir, una palabra inventada, un método filosófico, un lugar en gestación, pero sobre todo es un llamado al pensamiento conjunto, anudado y solidario de las partes sin parte que se sientan interpeladas a generarlo; con el tiempo se verá si tal conjunción hace sujeto y qué nombre llevará, o cómo se resignificará el nombre en cuestión; eso no se puede saber a priori sino en la retroactividad del gesto de apertura que, en cualquier caso, habrá sido; habrá tenido lugar; habrá acontecido. Nodaléctica es un proceso de pensamiento y de asunción del deseo que nos constituye, siempre singular y siempre Otro, a fin de efectuar el pasaje y la inversión del deseo de reconocimiento al reconocimiento del deseo, en su otredad característica. El punto clave no es el reconocimiento del otro, siempre narcisista y especular, sino el del deseo ilimitado o infinito que nos conecta, puesto en acto y asumido como tal, sin coartadas ni escapatorias. Un punto singular circunscrito por tres bordes genéricos: en relación a la política de los cuerpos, a la materialidad del pensamiento y a la valentía de tomar la palabra, cada vez. La apuesta es que esa práctica, repetida y creadora a la vez, anude los términos en que el deseo resulte habitable, vivible y vivificante.

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