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La casa azul

Christian Kupchik, narrador, poeta y traductor, autor de Fuera de lugar entre tantos libros, director de la notable revista Siwa, comparte con nosotros este relato inédito.

 

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Es una noche de sol resplandeciente. En la espesura del bosque, el Viejo desvía la mirada hacia la casa que se sostiene sobre el sólido azul de sus paredes. Como si hubiese muerto hace poco y viera la casa desde un nuevo ángulo.

Pero no ha muerto. La casa conoció la caricia de ochenta veranos y sus maderas están impregnadas con cuatro momentos de felicidad y tres de tristeza. Cuando algún habitante pronuncie su definitivo adiós, ella volverá a vestirse de azul.

Al otro lado, donde alguna vez hubo un delicado jardín, espera el terreno abierto. Olas inmóviles de pastizales, pagodas de malas hierbas, texto surgente, una flota pirata, cabezas de dragón, hongos mohosos, lanzas. Un imperio de yuyos brutales lanzados a la conquista de la nada. El Viejo emprende con esfuerzo el camino hacia la mancha azul, se desentiende con dificultad de esa maleza incomprensible que habla una lengua ignota, y llega. Aguarda un instante a que alguien le permita el paso. Sabe que nadie habrá de venir.

Revolotea la sombra de un boomerang arrojado décadas atrás por un niño antes del tiempo. Casi un niño. La casa parece un dibujo infantil. Un sustituto de la infancia que creció porque alguien se impuso demasiado pronto la misión de ser niño. Abrir la puerta, cerrar. Hay preocupación en el techo, paz en las paredes. Sobre la cama cuelga un dibujo imperfecto: un barco con diecisiete velas, crestas marinas, un viento que el tosco marco dorado no puede detener.

Siempre es demasiado temprano aquí dentro, piensa el Viejo. Pronto llegarán las encrucijadas, pronto las irrevocables elecciones. Gracias por esta vida, dice, aunque no tenga más alternativa. Todos los bocetos quieren verse realizados.

Ahora observa el rescoldo en la chimenea. Quiere hablar. Comprende lo imposible que resultará volver a decir algo alguna vez. A fin de cuentas, ¿por qué deberíamos proponernos restablecer una relación exacta entre acontecimientos y palabras? No es removiendo las cenizas como se aprende algo del fuego. Cuando se llega a comprender la lengua cenicienta el significado se ha desvanecido.

A lo lejos, un motor extiende el horizonte. La felicidad y la tristeza continuarán creciendo como las uñas bajo la lupa de los días. El Viejo se rasca la barba incipiente. Va hasta la alacena y toma un jarro de lentejas. Lo abre con esfuerzo y las mira algo sorprendido. Arroja el contenido sobre la mesa y las lentejas se dispersan como estrellas furtivas de la Vía Láctea. Ahora estudia la disposición del dibujo. “Esta es mi cosmogonía”, piensa.

Entonces arriba la reverberación. El viento que corre entre los árboles es el mismo de siempre, y todo el tiempo se resume en ese momento. El Viejo recuerda un sueño que aún no se presentó. Es un pez, ni grande ni chico, que nada despreocupado por el río en tanto siente la caricia de las ondas sobre las escamas tornasoladas. Busca un poco más de luz y se acerca a la superficie. Siente entonces una mano áspera que lo atrapa y, aturdido, sólo distingue una jungla capilar. La desesperación lo lleva a agitarse en busca de una huida y es cuando escucha la voz de su captor: un mono. El simio lo observa con dulzura y le dice con tono suave: “No te preocupes, amigo, vi que te ahogabas en ese río, pero ya estás a salvo, puedes sentirte feliz.” El aire ya desertó de las branquias y el desfallecimiento no demora. Aún así, ante lo irrevocable, el Viejo-Pez tendrá tiempo de escuchar: “Una pena. Tal vez, de haber llegado antes…”

No lo sabemos en realidad, pero lo suponemos: hay un navío gemelo a nuestra vida que parte rumbo a un destino completamente distinto mientras, en la fatiga final, buscamos el refugio de un puerto.

La casa azul bebió de todos los mares.

Aún hay quien la recuerda. O la confunde con un barco.

En tanto, el sol brilla detrás de las islas.

 

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