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La comunidad en montaje

Luis García, filósofo y ensayista, está a punto de publicar su nuevo libro La comunidad en montaje. Imaginación política y postdictadura (Editorial Prometeo). He aquí un adelanto de sus palabras preliminares.

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.arden imágenes en la memoria
arden imágenes en la memoria

y ahí seguirían ardiendo, aunque nadie viniese
para recomenzar el fuego que las une a nosotros

Fogwill

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La memoria no refiere a una relación con el pasado sino a un estado del presente. Nunca es el recuerdo de lo que fue sino la apertura del ahora. No se propone la reconstrucción de lo sido sino la expansión de la experiencia. De un modo u otro, muchas veces se ha dicho esto y sin embargo se sigue escribiendo sobre la memoria en términos “culturales”, se sigue hablando de “políticas de la memoria”, o de “cultura de la memoria”, como si ella tuviera que ver con contextos de sentido, horizontes de expectativas o programáticas cívicas. La memoria, más bien, es la brecha que arruina cualquier marco de sentido, mostrando el exceso que lo hace trastabillar. Es el agujero que trabaja desde dentro toda conciencia cívica, exponiéndola a su reverso salvaje. Es el pliegue impolítico de todo programa. Una “política de la memoria” sólo es pensable si la entendemos como un poner a la política en estado de memoria. La memoria es lo que, en la política, mantiene la apertura de una exigencia incondicional. Y lo hace a viva voz, en pleno “espacio público”, en el terreno mismo de la “política”, de las condiciones, el cálculo y las negociaciones. Esa aporía es su imperceptible fuerza: el movimiento que expone la plaza a lo abierto. Es el pliegue entre derecho y justicia, es el desajuste del presente consigo mismo. Ella es el nombre que lo absoluto puede asumir en la política una vez que ya fue realizado el balance (auto)crítico del siglo XX, una vez que ha sido ya asumida la deconstrucción de todos los trascendentales sobre los que las políticas emancipatorias del pasado se asentaron, y con los que sucumbieron. La memoria es el envío emancipatorio, pero ya no como programa o fin de la historia, sino en la forma de la insistencia y del acecho. La vida verdadera del siglo de la revolución nos ha sido legada bajo su signo espectral.

Pero la vida verdadera, por supuesto, no es ningún algo a transmitir. En sentido estricto, la memoria no es aquello a través de lo cual nos es legada la vida verdadera. Pues así como la vida verdadera no es algo a transmitir, tampoco es la memoria la transmisión de nada. Nunca es el medio neutro de una transmisión de valores o historias, de cosas o programáticas. Ella es el territorio de la transmisión de lo intransmisible, esto es, de la experiencia. Y la comunicación de lo incomunicable sólo puede suceder en acto, más allá de la diferencia (cultural) entre lo que se transmite (los “bienes culturales”) y el acto de transmisión (la “historia”, la “tradición”). Por eso, la memoria no es mediación, sino medium, no es aquello a través de lo cual nos es legada la vida verdadera, sino aquello en lo cual se nos da. La memoria no es la transmisión de algo, sino la experiencia, siempre actual, de una pura transmisibilidad: el com/partir la experiencia en acto. Ella elimina la desunión entre lo que hay que transmitir y el acto de transmisión, involucrando enteramente al sujeto de la herencia, en un acontecimiento que debe ser entendido como la revolución del ahora, esto es, una mutación radical de nuestra experiencia del tiempo, siempre aquí y ahora. Eso es lo que implica decir que la memoria es el acto de poner al presente en estado de memoria: ella no le trae algo al ahora, sino que más bien le quita, le sustrae su propio estatuto de “presente”. Podríamos decir: lo afecta. Este gesto se juega en todas aquellas experiencias en las que el presente es abierto a su propio auto-extrañamiento.

La vida verdadera expone el presente a su reverso. Y podríamos decir que hoy ella es este mismo exponerse, o sólo se da en él. Allí, en ese afuera (lo abierto que horada lo “público”, haciéndolo así posible otra vez), es donde vida verdadera y memoria se encuentran. Y de allí la importancia del arte. La vida verdadera, después de la verdad, se convierte en un problema de ex-posición. ¿Cuáles son las formas de poner al presente fuera de sí? El arte contemporáneo, en cuanto territorio de experimentación con la forma, ha planteado y asumido de manera radical esta pregunta. El arte de la memoria interrogó por las formas de lo común a la luz del descoyuntamiento del presente operado por la memoria. En él se trabajó con los materiales vivos de una imaginación pública activa, cuya dinámica se extiende en tiempos más lentos y aplomados que los de las urgencias políticas de coyuntura. Él insiste en la descoyuntura. En el arte de la memoria encontramos un laboratorio de experimentación con las formas de una comunidad política abierta a lo común de aquella transmisibilidad pura, de aquel mandato incondicional. En él, y del modo más intenso cuando supo socializarse en las estrategias visuales del movimiento de derechos humanos, se tramitó el eje de una política emancipatoria por venir, esto es, el juego de desplazamiento entre la plaza pública y su desfondamiento en lo abierto, entre las ruinas del pasado y la configuración de un porvenir, entre derecho y justicia, entre documento y ficción. Su insistencia cobra una fuerza crítica estratégica y decisiva en los tiempos oscuros en que el presente insiste en cerrarse sobre sí.

Por supuesto, así como la memoria resulta de este modo irreductible a cualquier abordaje culturalista, del mismo modo el arte escapa a cualquier determinación sociologista. Decir esto no parece irrelevante en el contexto de los estudios sobre arte argentino y latinoamericano en nuestro medio. El arte es aquí lo que inscribe la ruptura de las tramas de sentido, lo que excede todo relato de modernización cultural. Esto no implica proyectar un prejuicio “vanguardista” o “romantizante” sobre el rol del arte, sino simplemente ensayar perspectivas que no reduzcan su dinámica a las escaramuzas entre agentes que buscan posicionarse en un campo, sino que la asuman como un litigio permanente e irreductible por los límites mismos del sentido, por su institución, sus violencias, su mutación. Y así como nos hemos habituado a la reducción culturalista de la memoria y a la subsunción sociologista del arte, también nos hemos acostumbrado a la jibarización historicista de la filosofía argentina. Hablar de “filosofía argentina” ha consistido, con demasiada frecuencia, en reconstruir su historia. En este libro no hablaremos de esa historia, sino que intentaremos ejercerla tomando los paradigmas de algunas de sus más intensas experiencias, tanto estéticas como estrictamente filosóficas. Nuevamente, no buscaremos representar un discurso, sino ponerlo en juego. Como la transmisión intransmisible de la memoria, la auténtica tradición de la filosofía argentina nada tiene que ver con la transmisión de obras filosóficas, de “debates” entre autores, sino con la herencia de un ejercicio, con la puesta en acto, en cada caso singular, del gesto monádico del pensar.

A todo ello nos lleva la locura de las madres, que sostuvieron la exposición de la política al desfondamiento abismal de la memoria en las últimas cuatro décadas en nuestro país; que supieron mantener la política como reclamo incondicional cuando la historia parecía condenarla a su fin, entre su espectacularización en la melancolía de izquierdas y su neoliberalización en la gestión de derechas. A todo ello nos lleva la locura de los hijos que, en sus estrategias sensibles, en sus ficciones subjetivas, en sus experimentaciones con la imagen y con el tiempo, perforaron los regímenes de representación del arte y la política, exponiéndolos al abismo que ellos mismos encarnaban como identidad imposible. Esa locura del tiempo y de la imagen jamás podrá ser comprendida, ni mucho menos heredada, en aquella crítica que continúa sometiendo estos experimentos con lo común venidero a las jerarquías del control epistémico o de las programáticas políticas, que sigue queriendo explicarlas, con el saber o con la historia. La otra política que en ellos se promete sólo puede ser testimoniada en una lengua otra, inmanente a su desafío.

¿Cómo pretender hablar, entonces, de ese desafío? Por lo pronto, bajo la admisión del ritmo doble de su política: el vacío inquebrantable no paralizó a estas madres, no intimidó a estos hijos. Las ruinas no fueron el peso inerte de un objeto indefinidamente perdido con el que desplegar el espectáculo narcisista del horror. Por el contrario, fueron la materia invisible de nuevos montajes de sentido después de la muerte del sentido. El testimonio de la pérdida convivió siempre, en esta política en estado de memoria, con el trabajo sobre el resto. El testimonio de la pérdida y del desalojo fue uno con la apuesta por el resto y la construcción de una política del resto. En el arte de la memoria, esta doble faz de la tarea histórica de un recomienzo de la política encontró en el montaje un dispositivo a la altura de su desafío. La lengua de esa otra política prometida parece ser la lengua destructiva/constructiva del montaje. En él confluyen, y se potencian recíprocamente, la exigencia anamnética y la pasión militante de las tareas políticas del presente.

Este libro habla sobre un conjunto de experiencias del arte, el pensamiento y la política de los últimos años. Pero quiere, más bien, hablar junto a ellos, a su lado, ensayando formas que se resistan a las jerarquías entre teoría y arte, entre documento y ficción, entre historia y memoria, entre saber y testimonio. Quiere dejarse hablar por las obras de las que habla. No hay metalenguaje para estas experiencias. En sentido estricto, ellas no son referibles. Intentaremos ser fieles a esa disolución del metalenguaje que en estas experiencias se pone en juego. Este libro busca adentrarse en la inmanencia de la ruina. No quiere juzgar. Quiere ser sólo testimonio del testimonio. Y preguntar por las formas que se despejan en un nuevo uso de esas ruinas, de esos restos. Quiere ser parte de un mismo montaje de lo común por venir que en estas experiencias se testimonia y se promete.

 

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