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Lulú

Mariana Docampo, autora de V (Bajo la luna, 2017), entre otros libros de narrativa, comparte con nosotros este sórdido relato inédito.

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Traen a la perrita recién peinada y perfumada al country.  Tiene un moño en la cabeza, ajustado a un mechoncito de pelo que sobresale de la frente.  Se abre la puerta de la camioneta y una joven en jeans y remera blanca le entrega la perrita a la dueña, que le acaricia la cabeza.

—¡Pero qué linda la dejaste a Lulú!—le da un besito.

Apenas entra en la casa, la perra se suelta de los brazos de la dueña y sale al jardín.  Corre hasta un rectángulo de barro que está detrás de los álamos y se refriega la frente con el moño.  Se da vuelta y comienza a escarbar con las dos patas delanteras, salpicándose el hocico de tierra. Luego lo hunde hasta dejar metida toda la cabeza adentro del hoyo. Va hacia el parque y arranca algunos pastos de raíz. Comienza a girar alrededor del fresno y se detiene frente a una flor del cantero. Tras un instante de duda, la arranca con los dientes y sigue corriendo con la flor en la boca.  Va hasta la pileta y escupe la flor en el agua. Sumerge el hocico embarrado en el agua fresca, y suelta la lengua para beber. Ahora está frotándose de espaldas al pasto para rascarse. Y vuelve a correr, a toda velocidad, su carrera enloquecida hasta la casa en donde la dueña, angustiada, la mira desde el sofá.  La perrita posó ahora sus garras sucias sobre la alfombra y saltó al sillón impecable, donde se pone a defecar un hilo fino. La mujer se hace a un lado.

—¡Pero qué hacés!

Lulú vuelve a saltar a la alfombra, corre hasta el parquet y sigue defecando su líquido marrón.  Le cayó mal el paté que le dieron por la mañana. La dueña la mira con una mano en la boca y la perra salta hacia ella y rompe el encaje finísimo de la blusa.  La mujer la expele de un empujón.

—Salííííí.

Se levanta, y va hacia la habitación.  Pero la perra corre detrás, le muerde los talones.  Da un tarascón y le rompe los zapatos caros. La mujer se da vuelta y sacude la pierna y la cachorrita sale despedida contra la pared; pero enseguida vuelve a la carga.  Pega ladridos agudos, comienza a girar alrededor de la dueña y da saltos. La otra toma un palo de golf para defenderse y empuja a la perra con firmeza. No quiere lastimarla, pero la otra insiste, muerde el palo.  Ahora se para en sus dos patas traseras y se agarra de la pollera impoluta de la dueña. Está prendida a la falda, la rompe con sus uñas recién cortadas en la peluquería para perros y con los dientes filosos arranca un pedazo de tela.  La dueña deja caer el palo de golf al suelo y se saca la pollera, entregándosela a la perrita. Ésta huele la prenda pero se desinteresa y vuelve hacia la mujer, se prende a sus medias de seda. La mujer se saca las medias y se las entrega.

—¿Pero qué te pasa? –se pone a llorar. Lulú la mira un instante y luego se concentra en las medias, las mordisquea. La mujer advierte, con desesperación, que la perrita se puso a oler ahora su cartera, rompe el cierre y agarra su billetera con los dientes.

—Nachoooo—grita al hijo, con lágrimas de angustia— Vení a jugar con Lulú.

El niño está concentrado en la Play Station 3D sin darle importancia a la perrita.

—Vení por favor, Nachito, jugale a Lulú que para eso te la traje de los Estados Unidos, y bastante cara me salió.

El hijo se asoma al living, y se acerca a la cachorra con el casco y la espada luminosa, se le para adelante con las piernas abiertas y ella ladra; quiere morder la espada.  Pero cuando ve que la madre no está, el niño le da una patada a la perra. Ésta choca contra el sillón pero enseguida se recompone y vuelve a ubicarse delante de él; se queda mirándolo fijo.  Gruñe, como dispuesta a atacar.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Qué miedo, bobita! —dice, pero mira alrededor y al ver que sigue solo, vuelve a jugar a la Play Station.

La mujer aprovechó para meterse en la habitación y cerró la puerta detrás de ella, pero Lulú empieza ahora a rasgar la madera y ladra nuevamente.  La dueña enciende el televisor a todo volumen para no escuchar los ladridos. Oye llegar al marido y corre hasta la puerta cerrada. Grita desde adentro, en un ataque de histeria:

—Facundo, por favor, hacé algo.  ¡Esta perra de mierda me está enloqueciendo!

Pero el hombre abre de afuera la puerta de la habitación y Lulú se le tira encima a la mujer.  La va empujando hasta la cama y luego salta a su pecho y comienza a lamerle la cara. La mujer forcejea con la perrita.  En un momento, levanta la cabeza y ve que entra el marido, con una gorra azul y un rifle.

—¡¿Qué hacés?! ¡¿Qué hacés?!

Él da unos pasos adelante y le pega un tiro a la perra.

Lulú se desplomó, su sangre está manchando la alfombra.  La dueña tiembla, de rodillas, en un rincón de la cama; llora toda salpicada de sangre. A su lado yace la perra, con las patas abiertas y sucias, el vientre sucio, el moño aplastado.

—¡Animal!

Mira furiosa al marido desde la cama.

—¡Bruto!  ¡Animal! ¡Animal!

Él hace un gesto de desprecio y se va a la cocina. Tira el rifle al sillón manchado de barro y luego saca una Coca Cola de la heladera. La mujer se le para al lado y le grita, con el pelo revuelto.

—¡Hijo de puta! Está la perra ahí, muerta, ¿y vos te vas a tomar una Coca Cola?

—Pst —murmura él.

—Bestia.  Egoísta. ¿Y ahora quién limpia todo esto? Marta se fue y yo estoy sola.  Y vos te vas a dormir tranquilo a tu cuarto. Y yo con eso en la cama.

El hijo se asoma a la puerta y mira al padre.  Él le guiña un ojo y el niño se ríe.

—Uh, uh,  —dice en tono burlón a la madre— ¿dónde está la perrita tontita?

Camina hasta la habitación de la madre en puntas de pie y se asoma a la puerta haciéndose el payaso.  En la cama está el cadáver de Lulú. El hijo se queda un instante en silencio y luego sale corriendo y se encierra en su habitación. La mujer llora.  Está sentada en el sofá, se agarra la cara con las manos.

El hombre se asoma también a la habitación y luego cierra la puerta.  Se acerca a la mujer; se sienta a su lado. Le da un golpecito en el hombro, como queriendo amigarse.  Ella comienza a pegarle en el pecho con los puños, suavemente.

—¡Bruto! —llora—Me hacés mal.

Él saca el celular del bolsillo y marca.

—¿Hola, José? ¿Podés venir ahora? Hubo un accidente.

Corta.  El hombre le da una palmadita en la pierna a la mujer, y luego la abraza y se balancea con ella.  Ella sigue sin mirarlo.

—Ya está, no seas melodramática—le dice—.  Hoy dormí en la habitación con Nacho. José viene ahora para acá y limpia todo. Y yo mañana a primera hora te hago traer una cama nueva.  Una mucho mejor que ésta, la mejor —le toca la nariz con el índice—. Todo lo mejor para mi princesa.

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