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La pueblada del deseo

Luis O. Tedesco prologa el nuevo libro de poemas de Samuel Cabanchik, Mantel de hule, (Ediciones en Danza, 2018), adelanto del libro que será presentado el martes 24 de abril en Caburé Libros.

 

Mantel de hule

Samuel M. Cabanchik

Ediciones en Danza, 2018.

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre el rigor conceptual y su desatino voluptuoso  media una zanja, una frontera expresiva donde el idioma hace de las suyas entre la voluntad de dominio del saber heredado -o incluso adquirido, a veces  conquistado mediante salvas de tribulaciones teóricas- y la introspección desordenada y salvaje, murmullo insaciable del inconsciente. En esa frontera escribe Samuel Cabanchik, viajero racional que en la demarcación del límite entre la tierra del Todo y el espacio de Nadie se deja llevar desde las fisuras del conocimiento y las naderías del sentido hacia el dolmen tembloroso, gigantesco, impreciso, de lo inhallable desconocido. “Entrar en uno como en otro / y seguir siendo uno. // … Flotar en la intemperie de lo por venir / sin caer en ninguna parte. // Hundirse ahora, aparecer detrás, / tomado por lo que no existe. // Invertir el tiempo, / sentir la carne, / disolverse en el lugar”, escribe. La trama angustiosa de la escena no anonada la implacable voluntad del poeta de concebir la disolución como energía natural de lo viviente. Esta energía, conviene señalar, no se manifiesta en el cabalgar épico de las hazañas espirituales; tampoco en el demonismo abstracto de los surtidores del mal ni en el apocamiento febril de los peregrinos serviles de algún dios. En la poesía de Cabanchik el héroe-sujeto viene enfundado por el mantón plebeyo de lo inminente, de la caída en el desierto que presagia la conjetura de lo inanimado; aquí el infortunio domestica lo visible: “ropa vieja”, “mantel de hule”, “el fondo de la olla” rascado hasta que el pobrerío de la dicha encuentre “esa palabra / deshecha en sentimiento”. No hay teoría ni alucinaciones teológicas para que el cándido dibujo del chiquilín que fuimos se convierta en borrón, y para responder a la pregunta: “Por qué todo hombre es un pibe roto?”

La racionalidad de este poemario adquiere celebración de acecho a medida que el texto avanza en el desprendimiento corporal del idioma dependiente: “Debo arrancarme las palabras / para renacer con el grano de la letra / en los elementos del paisaje, // Quiero penetrar como onda / y estallar / en el sonido de las cosas, / estrellar el ojo / y arquear colores / en la lluvia del aire”. ¿Utopía? ¿Disolución en lo trascendente? La manía de clasificar, como suele ocurrir, se queda a medio camino cuando es la pueblada del deseo, su rigor desatinado, la cualidad que eleva la quietud del decir hacia el vacío cósmico, hacia lo desconocido que la sensación lingüística raspa en la mugre de su finitud. No hay contenido en la esgrima poética de Cabanchik, hay la pura voluptuosidad de lo que falta, desacato, raspaje en la representación del mundo conocido.

Hay, sin embargo, y afortunadamente, una instancia decisiva que arremete sin mediaciones retóricas ni apelación a la lucha entre el lenguaje heredado y el significante que arde en el respiradero del aire. Hay un Absoluto que se plasma en lo que es, en su puro estar en lo que está, sin origen ni destino, sin formato previo que lo prive de su discurrir resplandeciente en el acontecer eterno-fugaz, libre de toda coyuntura, expansión definitiva de belleza y transparencia carnal que se modela a sí misma… Es el Amor, y así lo escribe Cabanchik: “Ya de frente caí en tus labios / y me abraszó el sol. / Travesuras de a dos lo abrieron todo, / lo dieron vuelta como si al mundo / le vaciáramos los bolsillos… / Sin resto buscamos la orilla / y te seguí sin creerte / que bailaríamos sobre las nubes. / Me alejé mirando el arco iris / en tus ojos llovidos / por la mañana repentina”.

Enhorabuena tu libro, Samuel. Un hallazgo el título, Mantel de hule: el brillo opaco de su materia permite que un enérgico paseo del repasador húmedo le devuelva, una y otra vez, siempre, la prolijidad anterior a la mesa servida para el alimento diario. La prolijidad es el decoro de las casas sin pretensiones de manierismo ni alardes de abundancia. Así el éxtasis en la medida de tus versos.     No hay límites para la razón, tampoco hay límites para el desatino y la alucinación, pero sólo el Amor respira en la transparencia del Absoluto.

 

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