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A la sombra del deseo

Alejandro Boverio, ensayista y filósofo, aborda la figura de la sombra para pensar las dimensiones del entre-lugar que constituyen a la existencia y al deseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todos los amantes, cuando se aman, se dan
la vuelta sobre su sombra, y al abrazarse la aplastan.

Pascal Quignard, Vida secreta

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A veces, al entreabrir los ojos, vemos aquello que no hubiéramos debido. Miramos pero, al mismo tiempo, fingimos que no. Sabemos que ver de frente, ciega. O lo intuimos. No hay verdad que pueda ser vista con los ojos completamente abiertos. Entonces miramos de reojo, al pasar, o incluso entrecerramos los ojos. Para ver. Así vemos algo que de otra forma no podríamos. O que no deberíamos. Ver sin ser visto, he allí la cifra del poder.

¿Qué es ese entreabrir los ojos? Puede pensarse que, después de todo, el problema de la verdad es un problema de posicionamiento. Estar bien posicionado, en el lugar correcto. ¿Es el problema de la verdad un problema del lugar? Y si lo es, ¿en qué medida podemos dominarlo?

En el comienzo de la Ciencia de la lógica, Hegel nos dice que la verdad del Ser (y de la Nada) está dada en cierto modo por el lugar, un entre-lugar, aquel que se juega entre el Ser y la Nada. La verdad de ambos constituiría su traspaso de uno al otro. Ese atravesamiento, el entre-lugar originario, que es el movimiento del devenir el uno en el otro. Ello es el entre-lugar por excelencia, ese movimiento por el que cada uno de los polos se encuentran traspasados. El entre-lugar no es sino un a-través: “Lo que constituye la verdad no es ni el ser ni la nada, sino aquello que no traspasa sino que ha traspasado, vale decir el ser [traspasado] en la nada y la nada [traspasada] en el ser”. Ese a-través es el movimiento entre el nacer (que va de la nada al ser) y el perecer (que va del ser a la nada). Mientras existimos estamos en el entre-lugar del Ser y la Nada. No hay entre-lugar ontológico más primordial que la existencia. El existente (Dasein) es un entre-lugar.

El advenir del Ser siempre es luminoso. De Platón a Descartes la verdad es la claridad absoluta. Nos equivocaríamos si pusiéramos a Hegel como un mojón más en esa genealogía. Para Hegel la claridad absoluta ciega, nada puede determinarse en ella, es lo absoluto indeterminado. Del mismo modo sucede con la cerrada oscuridad de la noche, nada en ella puede distinguirse. Como con el Ser y la Nada, luz y oscuridad comparten una indeterminación general que las mancomuna: “La pura luz y la pura oscuridad son dos vacíos que son la misma cosa. Sólo en una luz determinada -y la luz se halla determinada por medio de la oscuridad-, y por lo tanto en la luz enturbiada, puede distinguirse algo; así como solo en la oscuridad determinada -y la oscuridad se halla determinada por medio de la luz-, y por lo tanto en la oscuridad aclarada, es posible distinguir algo, porque sólo la luz enturbiada y la oscuridad aclarada tienen en sí mismas la distinción y por lo tanto son un ser determinado, una existencia concreta (Dasein)”.

No podemos ver nada en la claridad absoluta, pero tampoco en la total oscuridad. Luz y oscuridad son el reverso de lo mismo. Es en el entre-lugar en donde puede advenir su verdad, la verdad de la luz y de la oscuridad, sí, pero también del Ser y la Nada. Podemos entonces decir que la existencia sucede en la penumbra: El entre-lugar de la existencia es un lugar de sombras. Y la sombra es, pues, el entre-lugar de la verdad.

Siempre que se pone en juego una verdad, lo que se juega es el deseo de la existencia. Leímos en Petronio: In umbra voluptatis lusi, jugué en las sombras del placer. El goce sucede en las sombras, esto es, en el entre-lugar. La absoluta luz encandila, la oscuridad total ciega. En la sombra se muestra el movimiento.

La sombra no es lo mismo que las tinieblas, pero sí es un vestigio de las tinieblas en la luz o un vestigio de la luz en las tinieblas, escribe Giordano Bruno en In umbris idearum. Se podría así estar bajo dos tipos de sombra: bajo la sombra de las tinieblas, esto es, de la muerte, cuando nos dominan las fuerzas inferiores que marchitan a las superiores; bajo la sombra de la luz cuando son las fuerzas más excelsas las que someten a las inferiores. Pero nunca estamos sino bajo la sombra. Nuestra naturaleza, para Bruno, no está destinada a morar en la luz absoluta, en el mismo campo de la verdad. No podemos ver la luz directamente, sino a través de las sombras. Por ello puede citar a Salomón, el más sabio de los hebreos, que en el Cantar de los Cantares, aludiendo a la obtención del bien más preciado que puede haber en este mundo, escribe las palabras de su amada: “Me senté a la sombra de aquél al que yo deseaba”. Es en la sombra en donde se encuentra la verdad del deseo.

Así deseaba Psyché a Eros. En la penumbra, sin poder ver su rostro. El mito cuenta que Venus, al no soportar que confundieran a Psyché –de una belleza casi divina- con ella misma, envió a su hijo Eros para que ejerciera su arte con ella, hija de reyes, y la enamorara de un hombre de bajo linaje. Sin embargo, Eros en vez de flecharla a ella, por torpeza se flechó a sí mismo y así fue él quien cayó enamorado. Eros la llevó entonces a su morada, un soberbio palacio repleto de riquezas, y la hizo su mujer. Pero le brindó una advertencia: que ella no podría verlo nunca. Así, su deseo advino siempre en la penumbra. El dios supo que las hermanas de Psyché irían a persuadirla para que ella violara esta prescripción, por lo que, según cuenta Apuleyo, le dijo: “Ellas te quieren persuadir que tú veas mi cara, la cual, como muchas veces te he dicho, tú no la verás más, si la ves” (El asno de oro, Libro V, Cap. III). Y de ese modo fue como sucedió: al violar Psyché la prescripción encendiendo la luz de un candil por la noche, Eros desapareció.

La claridad absoluta despeja, a su vez, toda verdadera posibilidad de deseo. Fue la claridad del espejo la que hizo perecer a Narciso, un espejo que reflejaba absolutamente y de manera directa. Por el contrario, es la sombra, su profundidad, la que permite acrecentarlo. La sombra conecta a los cuerpos, los hace entrar en procesos de fricción y de efectualidad entre ellos. La sombra habilita esos efectos. Y esto es así porque la sombra es, justamente, el entre-lugar: aquello que está entre los cuerpos. Es el manto de profundidad que vemos en la superficie, en alta mar, en el que nos movemos al existir, el manto en donde los cuerpos pueden co-existir, en donde pueden reconocerse mutuamente. Así Deleuze, a partir de Spinoza, puede decir que “Los efectos o los signos son sombras que actúan en la superficie de los cuerpos, siempre entre dos cuerpos. La sombra siempre está en la linde. Siempre es un cuerpo el que hace sombra a otro. Así que conocemos los cuerpos por su sombra sobre nosotros, y nos conocemos a nosotros mismos y nuestro cuerpo por nuestra sombra”.

No es casual, entonces, que en la antigüedad la sombra haya sido considerada el origen del arte. ¿No se busca mediante la pintura, y a través del trabajo con la luz y la oscuridad, darle lugar a la sombra? ¿Qué es el arte sino el espacio en donde el espíritu hace su mayor esfuerzo para capturar la sombra? Plinio cuenta que el origen de la pintura, según los griegos, su técnica, consistía en circunscribir con líneas el contorno de la sombra de un hombre (omnes umbra hominis lineis circumducta), y agrega que la primera obra plástica la hizo en arcilla el alfarero Butades de Sición, en Corinto, “sobre una idea de su hija, enamorada de un joven que iba a dejar la ciudad: la muchacha fijó con líneas los contornos del perfil de su amante sobre la pared a la luz de una vela. Su padre aplicó después arcilla sobre el dibujo, al que dotó de relieve, e hizo endurecer al fuego esta arcilla con otras piezas de alfarería” (Historia Natural, XXXV).

La imagen, nacida de la sombra, no busca otra cosa que retener a ésta, tan mudable y variable como la conocemos. Si la sombra es devenir, el mayor desafío de la imagen es el de capturar ese devenir sin anularlo. Capturar la sombra manteniendo su movimiento. ¿Qué otra cosa que el movimiento del deseo es la sombra? ¿Y qué busca el arte más que mantener ese deseo en circulación? Que la leyenda que cuenta Plinio introduzca el problema de un amor que parte para referirse al origen del arte pareciera indicar esto mismo. La enamorada no quiere más que retener su deseo en la ausencia del deseado, por eso crea el arte. La sombra no es más que el deseo en fuga y el arte el notable intento de atraparlo.

En la imagen se encuentra el vestigio de la sombra. La imagen circunda la sombra, es el trazo que la recorre, una y otra vez, para perderse en ella. La imagen es entonces lo que, doblando a la sombra, la ilumina. La exigencia del gran arte pictórico es así un cuidadoso trabajo con las sombras: por ello es comprensible que Alberto Durero y Leonardo da Vinci se hayan dedicado sensiblemente a esta cuestión. Por su parte, el cine como tal, en tanto proyección de sombras, es un procedimiento que pone de manifiesto aquello que se enunciaba en la leyenda del origen del arte: la sombra es la que produce la imagen. La imagen es el resultado de la sombra. Pero el cine nos lleva a decir algo más. Con el cine podemos decir que la imagen es la sombra.

La forma más antigua en que los egipcios visualizaron el alma –ka– fue la sombra y, por su parte, en Oriente la sombra siempre fue mejor considerada que en Occidente –El elogio de la sombra de Tanizaki da cuenta de ello–. Nuestra cultura en cierta medida desconfió de la sombra (con excepción, quizás, del Barroco) y le dio preeminencia a la luz de la imagen. Sin embargo, sombra e imagen son el reverso de lo mismo: el entre-lugar a partir del cual es posible el devenir del deseo y de la existencia.

En Ser y Tiempo, Heidegger lo señala sin más: “En cuanto cuidado, el Dasein es el ‘entre’”. El existente, la existencia en cuanto tal es el entre del nacimiento y la muerte, pero por supuesto no como un suceso que se produce entre ambos extremos, si no como lo abierto en donde el estar yecto y el estar vuelto a la muerte encuentran su indisoluble unidad: “En la unidad del estar arrojado y del estar vuelto rehuyente o precursantemente hacia la muerte, nacimiento y muerte se conectan en la forma característica del Dasein”. Entre el alumbramiento del nacer y la oscuridad de la muerte sucede la existencia: la existencia es, entonces, el crepúsculo.

En otro lugar Heidegger vuelve sobre este mismo problema, pero a propósito de la verdad. La esencia de la verdad estaría dada por el paradójico entre del desocultamiento del ente y su ocultamiento, en tanto toda aletheia, es decir, develamiento, tendría junto consigo un dejar ser que mantiene intacto el encubrimiento de lo que está oculto en su totalidad: esto es, el misterio. En este sentido, no se podría develar algo absolutamente sino traicionando su esencia. El absoluto develamiento, y su consecuente claridad, traicionarían la oscuridad propia de todo lo que es, su misterio. La existencia, entonces, es este entre-lugar en donde lo que se desoculta no puede sino guardar para sí una dimensión ocultadora. Ni pura luz, ni pura oscuridad: sombra.

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