FacebookFacebookTwitterTwitter

El triunfo del oriental

Gonzalo León, autor de Serrano y Cocainómanos chilenos (Mansalva), entre otros libros de ficción, comparte con nosotros este relato inédito sobre un artista por venir.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Más que un artista, Iván Rosado era un pintor, al menos eso le gustaba aclarar. Sin embargo, para los demás más que pintor era un artista, debido a su inconsistencia, ya que él no planeaba exposiciones, ni tampoco invitaba a gente al taller para vender sus obras. Iván, o Rosado como le gustaba que le dijeran, sólo pintaba en un tiempo en que pintar había quedado obsoleto, hablo de un tiempo en que todo era lenguaje digital, instalaciones audiovisuales o expresiones telepáticas. Quizá por eso era un artista conocido e invitado a dar a conocer sus singulares opiniones sobre el arte en Internet o aquellos lugares que habían reemplazado a los museos: los estudios de televisión. Era un tiempo en el futuro, pero no a muchos años de este presente.

Su rutina arrancaba temprano o lo que en esta época se consideraba temprano para cualquier artista. De ahí se ponía un barbijo y deambulaba sin rumbo aparente por la ciudad, enseguida regresaba a su departamento y tomaba dos pastillas para bajar esa ansiedad que rodeaba su creación artística. Contrariamente a lo que se había pensado, para él el arte era muerte y debía enfrentarse con esa angustia a diario. Luego enfilaba al taller, que tenía en unos abandonados estudios de televisión para pintar lo que él denominaba La derrota del oriental, una serie de obras figurativas destinadas a retratar los artículos electrodomésticos, que por esos años habían caído en desuso: heladeras, lectores de cedés, blue rays, devedés, MP3 y MP4, Ipod, LCD y plasmas, poniendo especial énfasis en las aspiradoras de todos los modelos y años. Según él, en ellas estaba el secreto de la decadencia de oriente, de la derrota de todos aquellos trabajadores japoneses, chinos, coreanos y afganos que habían inundado el mundo con esos artículos eléctricos. Para Rosado, esa era la derrota del oriental: un trabajo hecho para el consumo que se había consumido en pocas décadas.

Pero lo interesante de su obra estaba en sus planteamientos que iban más allá de estas pinturas figurativas. Él era heterosexual en un tiempo en el que todos los artistas eran homosexuales, lesbianas o transgéneros, así que cuando lo invitaban a hablar a algún hotel, que ahora funcionaban como centros de estudio, él insistía en que hablaba desde su diferencia, desde su heterosexualidad, y que en un principio había sentido esa discriminación, por lo que su arte reflejaba lo que estaba fuera del arte, mal visto por la sociedad. A algunos de sus colegas les irritaba esta actitud tan plantada, pero en general era respetado en medio de gritos destemplados y muecas de adónde vamos a llegar con artistas tan decadentes como Iván Rosado, pero él no hacía caso y seguía su exposición como si nada.

A mí no me afectan sus grititos o sus muecas, solía decir, porque precisamente mi arte, o lo que hago, tiene que ver con una opción sexual antigua pero a la vez radical, o si así quieren, trasnochada. Mi arte entonces, concluía, es mi opción sexual y ese trasnoche. No soy un artista contemporáneo, soy el artista por venir.

Yo puedo ser etéreo, pero jamás hétero, bromeaba uno que otro en estas ocasiones, lo que de inmediato hacía que las risas surgieran espontáneas.

Lo etéreo de mi heterosexualidad intimida a muchos, lo sé, y no es mi intención hacerlos cambiar de opinión, porque mi arte no es didáctico ni moral. No quiero que sean como yo.

Rosado a veces se convertía en el centro de estos coloquios y, aunque costara creer, recibía la admiración y el respeto de sus colegas, pese a que en la intimidad sabía que ellos se mofaban de su heterosexualidad. Se imaginaba a varios de esos afeminados haciendo las veces de macho e imitándolo. Pero él guardaba un secreto: su pareja. Nadie sabía de ella ni se había visto antes, al menos en público. ¿Quién sería ese otro heterosexual?, y lo preguntaban como si ese otro fuera un espécimen: ¿Acaso otro artista o lo que todos pensaban: una economista? Sí, porque en este futuro los economistas eran todos héteros, y la población mundial, en su mayoría homosexual y lesbiana, aunque partidaria de la fertilización in vitro, se burlaba de ellos, motivos sobraban, entre ellos, no haber predicho el fin del neoliberalismo y el comienzo de una época postcapitalista. Se especulaba sobre qué economista podría ser la pareja de Rosado, así que cuando nacía un niño producto de un parto natural, todos se preguntaban si ese niño era de él. El morbo perseguía a nuestro artista trasnochado hasta la madrugada y de la madrugada a la noche en fiestas, verssinages, almuerzos de camaradería, reuniones de galerías, coffee breaks, remates, orgías y negociaciones de última hora.

Como era de suponer, el morbo aumentaba para las bienales, aunque el tema a tratar en ésta en particular fuera la pintura como lenguaje en extinción y sus posibilidades de reciclaje. Rosado y varios artistas héteros de la región eran el centro de atención, y una luz los seguía donde fueran. Ucranianos y uzbekistanos eran, pese a él, los mayores exponentes de la pintura o los que habían mantenido este lenguaje vivo por décadas. Digamos que Iván Rosado sólo se había colgado de este tradición con uñas, dientes y pinceles.

El día de la inauguración, el curador de la bienal observaba extrañado cómo él y los demás artistas colgaban sus cuadros. Y señalo extrañado, porque esto de colgar obras de arte había pasado de moda, en esta época el resto de los artistas proyectaba sobre esas paredes sus instalaciones audiovisuales, otros acudían a sus poderes telepáticos, pero como pocos habían desarrollado la telepatía, se prefería en general las proyecciones sobre las paredes. Les dan otro uso, pensó el curador asombrado y enseguida recordó a Marcel Duchamp, el padre de la civilización de ese momento donde todo era reciclable, reutilizable pero de distinto modo: un automóvil en desuso podía ser un congelador, un televisor, una chimenea de luz, y así con todo.

¿Trajiste el texto que leerás esta noche?, preguntó el curador, acercándose a Rosado, quien lucía sudoroso mientras golpeaba un clavo con un martillo. El curador imaginó que ese hecho ya era arte.

Sí, contestó él algo indiferente, pero lo escribí a mano.

¡¿¿A mano??!

Rosado extrajo de un bolsillo unos papeles doblados. En ellos había escrito su ponencia. Al quedarse contemplándolos, el curador pensó que él efectivamente vivía en el pasado. De ahí su arte, agregó a modo de nota mental, de ahí su heterosexualidad.

¿Estás bien?

No te preocupes, respondió el curador y luego lo imaginó como el artista total, el Leonardo da Vinci de este tiempo. Todo, hasta una simple ponencia lo hacía de manera artesanal, concluyó en el preciso momento en que Rosado se martilló casualmente el dedo y de él comenzó a brotar sangre. ¿Arte gore?, se dijo a sí mismo sorprendido. Rosado, sin una muestra de dolor, se llevó el dedo a la boca y bromeó con las veces en que se había lastimado por culpa de su arte. Mientras en otro lado de la sala de aquel hotel abandonado ucranianos y uzbekistanos, con una habilidad sin igual, terminaban de colgar sus obras. Rosado los miró con envidia, pero a la vez consciente de que las escuelas ucraniana y uzbekistana eran famosas por su precisión en el montaje. Y no sólo en eso, sino también en la confección de perfectos bastidores de madera. ¿De dónde sacarán madera?, se preguntaba cuando veía sus pinturas.

Luego de comer algo con los ucranianos y los pocos pintores de la región, Rosado estaba de vuelta en el hotel para la inauguración de la bienal. Entre el público divisó a algunos famosos arqueólogos, periodistas y esas economistas que tanto lo acosaban en el último tiempo. Rosado lucía un diminuto vendaje en su dedo pulgar, cosa que muchos interpretaron como… arte.

Hablar sobre lenguajes en extinción, empezó el curador, es extinguirse de cierto modo, o sea morir. Ese sentimiento me acompañó cuando seleccionaba las obras y los artistas que participarían en la bienal de este año. Ucrania y Uzbekistán han demostrado, con un vigor sin precedentes, cómo un lenguaje agonizante puede gozar de tan buena salud. Es precisamente esta contradicción la que me ha motivado a…

Después de las palabras, el asado de gluten, preparado especialmente para la ocasión por chefs veganos, circuló entre artistas, arqueólogos, periodistas y economistas. Los periodistas, casi todos homosexuales y transgéneros, se fijaban en los arqueólogos, que no despegaban su vista de los artistas, y los artistas observaban a las economistas para ver quién era la pareja de Iván Rosado, y bueno, a decir verdad, las economistas babeaban por él. También algunos arqueólogos se fijaban en él, que ahora subía a un pequeño estrado, que en su pasado había sido una tarima donde había bailado una famosa vedette, era el único objeto de madera además de los marcos de los cuadros. Repentinamente la música así como las conversaciones cesaron, y comenzó a leer:

Pintar es hoy día hablar desde la diferencia y no de un lenguaje en extinción, sentenció con voz fuerte y clara. Pintar es afirmar la heterosexualidad, una opción anacrónica como la vida misma. Desde este punto de vista, pintar es un acto vital que se vincula con el cuerpo, con las manos, con los brazos, con los dedos, con la sangre.

En este punto Rosado levantó su pulgar, quitó la diminuta venda y un hilito rojo cayó en dirección a su palma. La sala era una gran boca abierta.

Pintar es entregar esa vitalidad, prosiguió ocultando su pulgar, y es una forma de desangrarse, pero de ninguna manera de extinción o muerte, aunque en el proceso uno, o por lo menos yo, sienta que me enfrento con ella. Yo me puedo hacer una pequeña herida y no morir, pero si la herida es más grande tengo mayores probabilidades de morir. En definitiva, no pintar es agrandar la herida y extinguir el lenguaje, no lo contrario.

Poco a poco las economistas, algunos arqueólogos transgéneros y hasta el curador se habían colocado en primera fila a observar el rostro de Rosado, que irradiaba una extraña luz.

Como heterosexuales, pintamos la vida tal como fue concebida. La vida animal, no esta vida civilizada llena de comodidades.

Rosado, que como era usual vestía de rosado, arrugó el papel y lo lanzó lejos. El aplauso fue cerrado. Las economistas al borde del colapso se peleaban por tocarlo y llevárselo a sus PH, otros se peleaban por el papel que había tirado como perros tras un hueso. La compostura se perdió por unos instantes, pero todo continuó cuando se dio cuenta de que los demás artistas continuaban con su morbo. Ella debe ser, intentó adivinar uno cuando una de las economistas jaló de su brazo.

No, ¡ella es! Mira cómo lo observa, parece cuidarlo manteniendo la distancia, replicó otro.

Para mí que es marica, al igual que todos nosotros, terció el díscolo del grupo, un tipo que había sido hétero de joven.

Noooo, ¡cómo se te ocurre!

Después de las felicitaciones y de lo que quedó del asado de gluten, Iván Rosado abandonó la sala escoltado por un arqueólogo transexual y una economista. Pero cuando llegaron a la planta baja se despidió de ambas. Ya en la calle, nervioso y sorprendido por los resultados de su ponencia, no atinó qué hacer: si ir a su departamento o caminar por la ciudad.

Se puso su barbijo y mientras decidía qué hacer caminó y caminó, hasta que oscureció y llegó a un barrio peligroso que quedaba en el límite de la ciudad. Miró para todos lados antes de cruzar una calle y enfiló hacia una modestísima construcción de cartón y chapa. Adentro había un sujeto musculoso, alto, de rasgos orientales muy marcados, pelo negro, que echado en una cama desecha veía una película porno en un televisor que quién sabe cómo había logrado hacerlo funcionar.

Pensé que ya no llegabas, dijo el sujeto como si conociera a Rosado, y luego lo invitó a meterse a la cama.

Nuestro artista, con toda familiaridad, saltó sobre la cama, se acomodó al lado del oriental para ver la película.

¿Has pensado decir alguna vez la verdad?, preguntó el oriental sin siquiera mirarlo.

¡No, cómo se te ocurre! De hecho, lo que he pensado últimamente es agrandar la mentira y casarme o, no sé, tener algo con ésa que tanto me sigue.

¿Con la economista rubia?

Rosado agitó la cabeza y del bolsillo de su chaqueta rosa sacó restos del asado de gluten y se los ofreció al oriental.

¿Y cómo se llama la economista, digo, sabes su nombre al menos, o es sólo una fantasía tuya?

Se llama Paola Brando y es lo último que diré, porque estoy cansado de hablar y siento que estoy extinguiéndome.

¿De nuevo?

Y de pronto, comenzó a desaparecer, primero su figura se pixeló y luego se fue volviendo invisible lentamente ante la atenta mirada del oriental, que mientras esto ocurría devoraba los restos del delicioso asado de gluten.

Parece que ahora de verdad te estás extinguiendo, dijo y en ese momento apagó el televisor y la luz de toda esa ciudad.

Notas relacionadas

Agostina Luz López, escritora, actriz y directora de teatro, autora de Weiwei (Notanpuan, 2016), comparte con nosotros este relato inédito de iniciación en las pasiones.

Leda Martyniuk y Gastón Nuñez reflexionan sobre el carácter paradójico de la intimidad, adelanto de un futuro libro en clave psicoanalítica.

Fabián O. Iriarte, autor de Sópola temprar (Baltasara Editora, 2017) y Al comienzo era sólo un murmullo (UNL Ediciones / EUDEM, 2017), entre otros libros, comparte con nosotros dos poemas inéditos.

Alejandro Boverio, ensayista y filósofo, aborda la figura de la sombra para pensar las dimensiones del entre-lugar que constituyen a la existencia y al deseo.

Mariana Docampo, autora de V (Bajo la luna, 2017), entre otros libros de narrativa, comparte con nosotros este sórdido relato inédito.

Luis García, filósofo y ensayista, está a punto de publicar su nuevo libro La comunidad en montaje. Imaginación política y postdictadura (Editorial Prometeo). He aquí un adelanto de sus palabras preliminares.

Flor Defelippe, autora de Parrhesia (Editorial CILC, 2009) y Las malas elecciones (Pánico el pánico, 2014), comparte con nosotros dos poemas inéditos.

Christian Kupchik, narrador, poeta y traductor, autor de Fuera de lugar entre tantos libros, director de la notable revista Siwa, comparte con nosotros este relato inédito en donde cohabitan múltiples versiones de un hecho.

La ensayista reflexiona sobre los sentidos de la visión y la audición como formas opuestas de concebir la comunidad, la política, el tiempo.

Natalia Leiderman, autora de Animales dorándose al sol (El ojo del mármol, 2016), comparte con nosotros tres poemas de su próximo libro Stařenka.