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Intimidad(es). Lecturas psicoanalíticas sobre lo íntimo.

Leda Martyniuk y Gastón Nuñez reflexionan sobre el carácter paradójico de la intimidad, adelanto de un futuro libro en clave psicoanalítica.

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I

La concentración de la vida cotidiana a través de dispositivos digitales y redes que se denominan sociales, plantea vínculos y formas de encuentro con un otro (semejante) bajo ciertas premisas que interpelan subjetividades constituidas a través de imágenes y relatos que muestran fragmentos de una vida, fragmentos de lo íntimo en lo público, impregnando relaciones cuya consistencia se desenvuelve en esos márgenes. Este movimiento en la cultura y la sociedad posmoderna que avanzó desde el correo electrónico, una poderosa síntesis entre el teléfono y la vieja correspondencia difundiéndose a toda velocidad, multiplicando la cantidad y celeridad de contactos conformando una especie de red donde lo in-comuni-cable resulta posible. Rápidamente, surgieron los canales de conversación (chats) convirtiendo las pantallas de las computadoras y los celulares en canales comunicacionales fulltime donde prevalece la inmediatez dando lugar a la labilidad de los lazos sociales. Miles de jóvenes hablando al mismo tiempo, en un mismo chat, en una misma red social, sin conocerse más que por la pantalla donde la imagen es lo único que tiene relevancia.  Otra vertiente de la misma imago-íntima son los diarios íntimos que, si bien antes pertenecían al ámbito de lo personal de un individuo, constituyendo un texto destinado a una lectura interior y privada de quien lo confeccionó, hoy son publicados en la web para cuya confección se usan palabras escritas, fotografías y videos. Es amplia la variedad de estilos y asuntos tratados en los blogs y todos los dispositivos que han tendido a digitalizar la vida en la actualidad, siendo el modelo confesional del diario íntimo el que perdura en sus diversas manifestaciones. O, mejor dicho, diario éxtimo.

Nos encontramos con una consideración paradójica sobre la intimidad, ya que ésta en su etimología alude a lo que es privativo de cada uno y permanece dentro de sí sin exposición pública. ¿Por dónde pasa hoy la intimidad cuando todo parece indicar que hay que mostrarse a un público que todo lo ve, una intimidad que deja de ser tal para nombrarse en una semántica de miradas anónimas? ¿Qué lugar tiene el otro (Otro) cuando la intimidad no parece serle propia a un sujeto que convoca desde su posición un encuentro que genere lazo? Podemos decir que se configura la existencia a partir de la mirada del Otro y es justamente esa mirada particular la que produce una transformación en los cuerpos y los ideales donde se imprimen las nuevas subjetividades. “Existo porque el Otro me ve o me clava el visto”, dirán los jóvenes de ahora, pero esa existencia pareciera estar más ligada a la servidumbre de la mirada que al sentido genuino de una relación intersubjetiva que provoque resonancias en la complejidad de sus matices donde algo de lo humano y del encuentro se hacen presentes. Con esto no negamos que puedan darse vínculos en todo el escenario que las redes sociales proponen, sino que existe una imposibilidad para poder enlazar dichos vínculos dentro del juego de encuentros y desencuentros a través de la mirada del Otro. Es aquí donde el recorrido nos lleva nuevamente a la intimidad.

Tenemos, entonces, por una parte, lo íntimo en relación a uno mismo y, por otra parte, lo más íntimo de las relaciones cuando pasan por otro. En esta segunda vertiente es donde el Otro o los otros Otros cumplen un rol fundamental para que ese íntimo pueda darse. Es sumamente necesario manifestar la posibilidad de lo escondido como una ganancia o conquista, es decir, como una condición absoluta del sujeto que se presenta si no puede ser visto. Siendo que nuestra subjetividad está dada en palabras, nunca sabemos cuál es el delgado borde entre el afuera y el adentro que la aloja. En concordancia con esto, en los tiempos hipermodernos, lo íntimo se vuelve una cuestión de fronteras, exigiendo una política que formalice su territorio, renombrando lo propio de su extimidad. Así es como sucede en las relaciones de pareja, por ejemplo, donde ya el término “pareja” requiere de una intimidad dual, hay algo que se realiza de a dos para que funcione: Inti(a)mar con alguien, el partenaire. Al hablar de intimidad en este sentido no podemos obviar la relación existente entre los términos intimidad-amor-deseo. En la relación amorosa existe ese entre o campo abierto por lo íntimo en dónde lo íntimo es el acontecimiento que cambia todo, tan solo basta con que haya un Otro para que esa chispa se encienda, para que algo en el medio de ambos se produzca.

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II

En este sentido es que a través de lo íntimo se quiebran las relaciones tradicionales del adentro y del afuera, se produce una transformación de lo más secreto de uno mismo a todo aquello que pueda vincular-se. “Intimó con él” es como se justifica y se fundamenta la unión. No obstante, se puede decir que estamos viviendo una crisis de lo “común”, donde las formas que antes parecían garantizarles a los individuos un entorno común y seguro generado en una consistencia del lazo social, han perdido su pregnancia, derivando en diversas esferas de lo público, como ser lo comunitario, nacional, ideológico, partidario, etc.

Por ello, hoy lo común es el espacio productivo por excelencia en el que se apunta a conjugar las individualidades bajo un término que las singularice y esos efectos son los que en algún punto permiten sostener una inventiva sintonía que es generada en la virtualidad de los vínculos.

Las subjetividades que anidan a lo íntimo, en este contexto, son convocadas a un uso del lenguaje que sature la posibilidad de comunicar, de relacionarse, de asociar, de cooperar, de compartir acontecimientos, de forjar nuevas conexiones y hacer proliferar las redes. Como consecuencia, en una sociedad del espectáculo que pretende mostrarlo todo, aun aquello que no puede ser visto porque pertenece a lo íntimo y los avatares que lo conforman, la expropiación del lenguaje se instituye como el síntoma donde el lugar del Otro se pervierte.

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