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Niña Psicodélica

Agostina Luz López, escritora, actriz y directora de teatro, autora de Weiwei (Notanpuan, 2016), comparte con nosotros este relato inédito de iniciación en las pasiones.

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Me levantaba para ir al colegio, iba al baño y me miraba en el espejo. Mi mamá no me dejaba cortarme el pelo porque decía que así, largo, podía hacerme trenzas. A mí no me gustaban las trenzas pero amaba a mi mamá. Las palabras de mi madre parecían siempre adecuadas no por su contenido sino porque parecían canciones, sintonizaban genial en mi pequeño cerebro de niña psicodélica.

Imitaba su forma de hablar en todos los lugares que iba, era el arma perfecta: mis compañeras se sentían atraídas por mi voz. Hechizadas por estas vibraciones sonoras, me seguían hasta el baño del colegio. Nos encerrábamos, las miraba el mayor tiempo posible pero urgida por un deseo irrefrenable las besaba y ellas correspondían. Parecían enamoradas fieles y subterráneas. Sus caras eran de estar soñando, como poseídas, disueltas en mi fantasía. Estoy segura de que debían pasar entre ellas el rumor de un laberinto que yo creaba entre el patio y las aulas. Un laberinto que solo ellas y yo veíamos. Yo las ayudaba a encontrarme, y a atravesar los obstáculos que las llevaban a mí. Las agarraba de la mano y ellas, sonámbulas, me seguían. Las despertaba la traba del baño, que era como si fuera un reloj que marcaba el comienzo del hechizo. Me calentaba mucho con todas y ellas conmigo. Al final del día era como si todas nos hubiéramos estado besando infinitamente perdidas en un sueño del deseo que se contagiaba. Yo elegí el segundo baño a la derecha, que se transformó en la casa de mis deseos, empecé a ponerle stickers, a dejar objetos que eran invisibles para los demás que no fuéramos esta comunidad mágica de chicas ardientes.

Después, en un momento, como cuando el sol se esconde, desaparecía mi laberinto, y ahí ellas cambiaban, me miraban con asco, como si yo fuera un monstruo y no quisieran abrir los ojos y verme. Era un animal deforme solo porque en la parte de atrás de sus cabezas habitaba una rabia de querer agarrar mi cuerpo y frotarse contra mis piernas. Yo sabía que se iban a volver a inducir en ese sueño profundo, inconsciente, un sueño que era como viajar en barco donde morían por llegar a la isla de enfrente para meter sus lenguas en mi boca. Lo sabía con clarividencia porque a veces abandonaba a una por unos días y sus ojos me seguían, se les caía la baba como derritiéndose por mí.

Todas las niñas estaban domesticadas por mi encanto, viviendo su vida mecánica pero en otro plano, en otra dimensión estaban descansando en mi laberinto, junto a árboles con frutas, con montañas gigantes, plantas carnívoras esperando como bellas durmientes el momento en que las despertara y el colegio se pusiera en pausa, y fuéramos al baño, por veinte minutos, lo que duraba el recreo, meterles los dedos bien profundos, y así sus caras parecían soñar más, irse a los lugares más recónditos de su cabeza, los ojos se iban para dentro, y su tensión desaparecía, era todo gracia divina que quedaba concentrada en ese baño. Tal fuerza se generó ahí mismo, que sin saberlo, eran como una bandada de pájaros moviéndose al unísono hacia ese lugar;  juntas, pegadas, creaban una superficie etérea por fuera pero de fuego por dentro, morían por desgarrarse cada vez más, con la cabeza dada vuelta pero ansiosas de que por fin yo en algún momento les baje las bombachas, les toque las tetas y por fin, venga el alivio.

A veces llamaban a mi casa otras madres pero mi mamá no llegaba a escuchar lo que querían decir. Mi mamá no quería escuchar algo sobre mí que no viniera de mí. Seguía hablándome en forma de canciones y solo insistía con mi pelo largo. Aunque alguna vez alertada por otras voces que venían en forma de profesores, me revisó diarios íntimos y cuadernos del colegio pero no encontró nada porque yo sabía muy bien guardar mis secretos. Los guardaba en el aire para que nadie los pudiera ver ni tocar. Lo que era mío, era mío. Como ellas, que eran todas mías. Y eso ni siquiera mi madre lo podía saber.

De noche a veces soñaba que les daba unas plantas venenosas llamadas yerbas del diablo, ellas inducidas por mi voz, las tomaban y me hacían un ritual de fuego alrededor para destruirme. Pero eso no hacía que yo tuviera miedo. Porque no estaba dispuesta a dejar entrar ese sentimiento. Me levantaba cada día, llegaba al colegio y planeaba a la perfección cómo iba a ser el laberinto. Mi mente práctica y mi fuerza intuitiva iban a poder hacer el recorrido secreto una vez más.

Este deseo masculino que habita en mí sé que tiene la fuerza de mis antepasados. Lo sé porque lo siento y con eso alcanza para mí. Pero fue Eleonor, la chica que me cuidaba de chica, la que me hizo vivirlo con intensidad y verlo claramente como impreso en el cuaderno del colegio, como una nota de la maestra que algún día le iba a llegar a mi mamá.

De Eleonor yo era fanática. Esperaba que llegara para mirarla con precisión científica. Todo de ella me interesaba. Lo que podía decir, hacer o pensar. Porque de tanto mirarla ya leía sus pensamientos. A Eleonor un día la besé dormida. Era delgada, tan delgada que parecía transparente. Los brazos chicos, las piernas chicas, el torso chico. Pero los ojos grandes y altones, como búhos, la hacían hermosa y rara. Eleonor me cuidaba como lo hacen las madres pero era tan sensual al hacerlo que yo me enamoraba. Ella me quería hacer dormir y yo solo quería no dormirme para poder seguir mirándola. Cuando se iba de mi casa, mi corazón se destrozaba porque entendía que estar conmigo era un trabajo. Y para mi estar con ella, era un trabajo en el sentido de la concentración. Me concentraba en ella exclusivamente, no me distraía, era un objeto de estudio, una reliquia que analizaba cada día.

Un día Eleonor se fue, al irse dejo una zanja de la cual yo no podía salir, pero fue esa ausencia abismal la que me hizo descubrir a mi propia madre. Fue ahí, en un camino roto donde su voz tóxica hermosa extraña me hizo vibrar. Una canción de ensueño que me llevó al exterior, por fin pude empezar a mirar lo que había a mi alrededor. Iba al colegio y me empecé a enamorar de forma drástica cada día. Era un pájaro sobrenatural, levanté vuelo, y al emerger de la superficie y estar en los cielos, todas ellas me parecieron un lugar donde proyectar mi canal de pasión.

Cuando abrí esa puerta, el mundo fue embestida, lista para recorrer las bifurcaciones del deseo.

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